LA FORMACIÓN DE NUESTROS JURISTAS

LA FORMACIÓN DE NUESTROS JURISTAS

 

Armando de la Torre

 

Una osada incursión por mi parte dado que nunca he obtenido el título de esa especialización universitaria porque me retiré de tales estudios en el tercer año de los mismos durante el lapso que estuve matriculado en la Universidad de la Habana ya que me convencí que ese no era mi camino, en particular tras haber tropezado con el curso de Derecho Administrativo y entonces preferí pasarme a los estudios más humanísticos y filosóficos dentro de las aulas de la Compañía de Jesús.

Tras esta breve aclaración, me permito añadir que siempre ha permanecido conmigo un interés profundo por ampliar lo aprendido en ciertos cursos tomados durante aquella ya mi lejana juventud como, por ejemplo, los de la Teoría General del Estado, el del Derecho Constitucional, o los del Derecho Romano y los de la Historia y Filosofía del Derecho. Cursos que me fueron complementados más tarde por los de la Ética, los de la Filosofía escolástica y los posteriores de Teología, tomados ulteriormente en la Universidad de Comillas, España, y complementados en Francfort, Alemania.

Y así, de nuevo ya en los Estados Unidos, pude enriquecerlos con el del Análisis Económico del Derecho, con el Derecho Comparado y, una vez en Guatemala, con el Derecho Penal Internacional reciente… y sigo de alumno.

Como muchos otros algo iluso, la pasión por la justicia me ha sido una constante algo ensombrecida por mis errores y por otras limitaciones personales.

Y así me encuentro ahora, después de peregrinar por ambas riberas del Atlántico, y haber anclado en esta bellísima tierra de Guatemala, la que me ha resultado por demás corporalmente la más favorable durante casi medio siglo de mi permanencia en ella.

Dados todos esos antecedentes, mal que bien por ellos me apasiona en la hora actual el tema concreto del episodio de la CICIG sufrido por mis queridos guatemaltecos. Porque en todo ello creo discernir la debilidad de los fundamentos de la práctica jurídica de hoy en casi toda nuestra América hispana.   

Por eso a Guatemala, como al resto del continente, la veo muy urgida de una profunda revisión ética, no menos que jurídica, para la formación de nuestros jueces y magistrados. Y hasta lo creo muy probable.

Porque décadas atrás defendí la tesis, y de la que puede ser testigo y corroborador mi amigo y colega en estas mismas páginas el doctor Roberto Blum, de que este rincón privilegiado de las américas pudiera estar llamado a repetir para el resto de nuestro hemisferio, salvados tiempos y distancias, el milagro asombroso de lo que fue la Atenas clásica para el resto del continente europeo.

Pues aquella Atenas rudimentaria y tosca del siglo octavo antes de Cristo, cuando los invasores Aqueos la consideraron ni siquiera digna de someterla y conquistarla por la fuerza, tre siglos después se trasmutó en la luz del Occidente.

¿De dónde ésta audacia por mi parte?

Simplemente del hecho que he aprendido que la libertad personal de los humanos hace del todo impredecible dónde y cuándo se producirá la respuesta a cada desafío que nos es inevitablemente decisivo, como nos lo ilustrara ha mediado del siglo pasado el historiador de Oxford, Arnold Toynbee.

Aunque siempre condicionado por otro prerrequisito: el del respeto a esa libertad individual de expresión y de creación por parte de los poderosos hacia aquellos que les son subordinados. Porque esta libertad es la única clave digna de ser tenida en cuenta. Lo demás, la abundancia de recursos naturales, el crecimiento demográfico, el flujo de las inversiones o hasta los arrebatos de la naturaleza con sus terremotos y sequías, me resultan muy secundarios.   

Y así, ¿quién hubiera podido predecir para más tarde aquel otro milagro que fue la República romana o, ese salto relampagueante del Japón contemporáneo, o hasta la resurrección de un Israel tras casi dos milenios de una muerte certificada, o de tantas revoluciones que siempre nos han pillado por sorpresa, las agrarias, las urbanas, las comerciales, las industriales, las científicas, las religiosas y hasta las tecnológicas de las que está tejida nuestra historia universal?

¡Nadie y nunca!

Otra constante ha sido por otra parte la previa confianza en sí mismos de sus autores, un déficit que noto, sea dicho de paso, en muchos guatemaltecos. O de lo que le equivale: saberse capaz de innovar y emprender exitosamente.     

Aunque en lo muy personal, mantengo que el prototipo de todas las revoluciones la constituyó aquella encarnada, hace dos mil años, en un intrépido artesano de la Galilea romana, Jesús de Nazaret, aun cuando esto también requiera de un acto de fe que algunos rehúsan profesar.

Sin embargo, independientemente de tal acto de fe, aquel momento trascendental centrado en la figura de un paupérrimo judío constituye hoy el punto de arranque para el calendario mundial.  

Por todo lo cual reitero que Guatemala también podría constituirse en otra sorpresa mayúscula de la historia para el mundo por venir.

Disponemos de lo mínimo: de hombres y mujeres talentosos y decididos, de una posición geográfica envidiable, y de suficiente recursos naturales.

Y la coyuntura histórica nos lo hace más propicio.

De nuevo, solo nos falta la chispa sobre la que nos advirtiera tan bellamente Gustavo Adolfo Becker en su oda al Arpa, una voz estentórea que nos grite: “¡Levántate y anda!”.

Algo de esto podría esperarse aun al corto plazo, por ejemplo, en cualquier proceso electoral; o lo mismo para dentro de un millón.

Sobre tales supuestos reitero: Guatemala podría sernos otra sorpresa transformadora para todos nosotros, los Cro-Magnones que llevamos cuarenta mil años de deambular a golpes por este bello y tan único planeta.

Y así, esa voz de que nos hablara Becker habría de tener hoy un timbre eminentemente jurídico, es decir, de erigirse como el criterio máximo de nuestra responsabilidad personal.

Y alrededor de tal eje habría de girar toda la enseñanza del Derecho, esa imprescindible articulación normativa para la consecución de la justicia entre todos, que no es lo mismo que memorizar códigos. Tampoco que teorizar de espaldas a la experiencia, ni mucho menos aplicar a pie juntillas la interpretación mecánica de la letra de la ley, siempre dictada por hombres no menos falibles que nosotros mismos, sino de su espíritu.  

Así el Derecho devendría lo más civilizador, y cada violación al mismo lo más rechazable.          

Hemos, por tanto, de principiar siempre por nosotros a aferrarnos en lo personal a esa voluntad recia de justicia, capaz de reconocerle a cada uno lo suyo aunque nos duela.

Porque, “Dura lex sed lex”.

Y esa actitud no se improvisa, sino que requiere de muchos años de ensayos y equivocaciones, de  lágrimas y  así mismo de logros a puro esfuerzo, no menos que de una mente disciplinada y educada en los valores supremos del espíritu.     

Si tantos otros lo han logrado, ¿por qué no nosotros?

La receta como nos la resumió un estadista: “sangre, sudor y lágrimas”. Esa fórmula ideal para hacernos en cuanto “pueblo” y en cuanto “personas”, plenamente adultos.

OTRA LECCIÓN PARA TODOS DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

OTRA LECCIÓN PARA TODOS

DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

 

Armando de la Torre

 

            De nuevo otra lección de talla histórica que nos llegó a todos, guatemaltecos o no guatemaltecos, desde allá hace tan solo tres semanas: la elevación a la Corte Suprema de Justica de los EE.UU de un pensante objetado por las masas impulsivas que nada relevante para la dispensación de la justicia equivocadamente lo juzgaban. Error típico, por otra parte, de tantos analfabetas en materia de principios y que suponen alocadamente que cada uno de sus alarido es un argumento lógico.  

En realidad, el más hondo significado de este hecho histórico, por otra parte, no se da entre nosotros, los humanos, nada tan sublime como el logro acertado de la dispensación de la justicia.   

Y que por eso mismo, nos habría de ser siempre el más deseado, aunque también el más arduo, de los emprendimientos humanos, al contrario de esa ligereza que habitualmente mostramos al respecto.     

            Los Estados Unidos de América todavía nos son el experimento social y jurídico más grandioso, aunque no menos el más incomprendido hasta por ellos mismo, del mundo moderno.

Sus inicios fueron poco promisorios y más bien ominosos, primero en Roanoke y después en Jamestown, hacia fines del siglo XVI y a los comienzos del XVII respectivamente. Pues por aquellos años la dinastía reinante de la Inglaterra de los Estuardo era muy débil militar y financieramente en comparación a las de los Habsburgos en Austria y España y a los Borbones en Francia, que monopolizaban los primeros el oro y la plata de América. Nada beneficioso, por tanto, para aquellos primeros colonizadores anglosajones, desharrapados, que pusieron pie por primera vez en el continente americano. Ello forzó a la corona británica a valerse de recursos ajenos mediante contratos con sociedades privadas y autónomas que colonizarían en nombre del Rey esas nuevas tierras.

Ventaja monumental en su momento no reconocida para aquellos primeros grupúsculos de aventureros que se lanzaron a la colonización sucesiva primero de Virginia y después de Massachusetts, abrumadoramente de religión o anglicana o puritana que hubieron de aprender así muy dolorosamente el noble saber del autogobierno.  

Por eso, el primer grito de independencia contra la autoridad imperial de algunos de los reyes del Occidente de Europa brotó entre esos mismos pioneros, que habrían de ser imitados medio siglo más tarde por nuestros antepasados hispanoamericanos con poca o ninguna preparación para el autogobierno.

            Una interesantísima eventualidad, comparable con la de los siglos clásicos de Grecia y Roma, pero muy en lo especial de aquella de la Atenas comerciante y librepensadora del siglo V antes de Cristo de la que también se alimentan todavía nuestra memoria histórica.

            Y así, la América del Norte aún permanece como el prototipo del autogobierno moderno, no siempre el de los más ilustrados pero sí el de los más innovadores y productivos. Aún más, asímismo permanece como la punta de lanza desde las revoluciones industriales y también políticas del entero planeta, incluso cuando ya algunos anticipaban creerla en los primeros pasos de una supuestamente inevitable decadencia imperial.  

            Pero todo esto confirma una vez más que, las sorpresas y los logros de la libertad individual nos son siempre al final imprevisibles y por lo tanto inesperadas. Ellos mismos son quienes nos aleccionan sobre que la justicia inevitablemente importa porque es la piedra angular para el enérgico progreso de toda sociedad de hombres y mujeres libres.

            No esa “justicia positiva” del Gran Hermano; tampoco la que imaginan las turbas en las calles, sino simplemente la más propia del pueblo: la del sentido común. Ya nos sea transmitida localmente por la costumbre o estimulada por las reflexiones lógicas de los mejores conocedores de nuestra naturaleza humana.

De regreso a nuestro mundo contemporáneo: el nombramiento en cuanto juez asociado para la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de América del jurista BrettKavanaugh acaba de constituir una vez más un ejemplo para lo que aquí quiero reiterar: que no hay mayor injusticia desde el inicio que la de negarle a cualquiera la presunción de inocencia mientras no se le haya probado lo contrario.

Como precisamente entre nosotros ha procedido con total impunidad, ¡y por once años!, esa banda de ineptos llamada CICIG, y de la que hemos sido indirectamente chivos expiatorios todos quienes habitamos en este territorio.

            Porque la justicia, pues, se ha demostrado como lo que humana y divinamente más importa.

Y también, por eso mismo, lo que nos es más difícil de alcanzar.

Por eso mantengo que constituye un crimen de lesa humanidad entregar a ciegas su impartición a cualquier leguleyo simplemente porque se halle en posesión de un diploma universitario otorgado por otros en el fondo no menos leguleyos. Porque la probidad en un juzgador supone muchos sacrificados años de estudios y de otras no menos interminables renuncias públicamente verificables al propio bienestar.

            La justicia así deviene la joya y la corona suprema de todo lo meramente humano, en cuanto reflejo incluso de lo divino.     

Su menosprecio siempre conduce al Gólgota, y para mí hoy constituye el supremo argumento de por qué todos, tarde o temprano, nos hallamos necesitados del apoyo de un Absoluto, el único que no necesita de evidenciación alguna porque constituye precisamente el criterio para corroborar cualquiera verdad.      

            Y así, el juez Kavanaugh acaba de ser formalmente instalado en la Corte “Suprema” de Justicia de nuestro vecino del Norte, a pesar de la rabiosa oposición en las calles y hasta en el mismo capitolio, la Casa supuestamente por excelencia del Pueblo, y por parte de aquellos Padres Fundadores de una “más perfecta Unión”, explícitamente eran los que más temían: “the mobe rule”, traducible como la justicia desde la calle o por la plebe.

De ahí también la ventaja que se nos comparte gratuitamente de escarmentar en cabeza ajena.

Y en este sentido, nosotros muchas veces ni siquiera hemos podido aprovechar de esas experiencias porque no estamos expuestos a tales eventualidades dado que la “administración” de la justicia ha quedado reservada con exclusividad (pretextada en esa filosofía altanera e inhumana del positivismo jurídico) a un grupillo de funcionarios del Estado identificables como “Magistrados, Jueces y Fiscales”, sin posible participación alguna del pueblo llano, como sí, por cierto, ocurre en esas otras partes con la institución del Jurado.

            Y así ha venido a resultar que aquella otra “dictadura de los jueces consuetudinarios”, de la que tanto se quejaron a su turno nuestros tatarabuelos del siglo XVIII, ha sido reconstituida por nosotros mismos, sus tataranietos, en la forma de la monopólica dispensación de la justicia por unos pocos y mal formados funcionarios del Estado.

            Con total olvido de aquel otro llamado sapientísimo del Profeta: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8).   

LA MEJOR HORA DE GUATEMALA

LA MEJOR HORA DE GUATEMALA

 

Armando de la Torre

 

            El Presidente Jimmy Morales restauró hace menos de tres semana el honor de Guatemala en el pleno de las Naciones Unidas, mancillado a instancias de sus peores hijos.  

            Algo que no dijo en su breve pero magnífica presentación ante las Naciones Unidas y que yo me permito recordar a todos desde aquí es que esa reciente desgracia nacional llamada CICIG tan degradante, y sufrida por todos los buenos guatemaltecos desde 2007, es que tal tragedia infamante era fácilmente de esperar al momento de la suscripción el acuerdo. Esperar otro resultado fue una ilusión infantil.  

Realmente, para mí algo del todo inconcebible.  

            La soberanía nacional constituye de hecho un escudo colectivo de valor inapreciable para todos y cada uno de quienes vivimos en esta bellísima tierra.

El fenómeno de la soberanía nacional ahora tan poco apreciado por quienes se creen ser mejores entendedores de la actualidad internacional se inició a partir de la segunda década del siglo XIII y desde la Francia del maquiavélico Felipe Augusto IV.

Dos siglos después, Francisco I, logró por la pluma de Bodin consolidar esa soberanía que empezó a proyectar a toda la Europa absolutista de entonces en contra del tradicionalmente férreo yugo uniformador de la Iglesia Católica medieval.

El posterior surgimiento de los ideales democráticos en la Inglaterra soberana de John Locke y de los republicanos en la Francia no menos soberana de Voltaire hubo de ser heredado también hasta por nuestra América independentista con las figuras de Bolívar y San Martín.

Y de esa manera por otros dos siglos el ideal de la soberanía de todo Estado nacional vino a hacerse aceleradamente regla universal tras la victoria de los aliados en la Primera Guerra Mundial. El proceso subsiguiente de descolonización generalizada desde la Segunda pareció haber cimentado universalmente el respeto por todos a la soberanía de cada pueblo organizado en Estado.

            Pero lamentablemente no para esta nueva Guatemala incubada bajo Vinicio Cerezo hasta el presente. Pues desde 1986 Guatemala se volvió irresponsablemente un Estado pordiosero, donde se ha hecho total realidad el vaticinio inteligente de Juan José Arévalo a fines de la década de los cuarenta: “si acepto ayuda económica del extranjero, con una mano embolso esa ayuda y con la otra entrego nuestra soberanía”.

            Algunos embajadores (el del Canadá me lo reiteró personalmente hace pocos años) ahora afirman que la defensa de esa soberanía tan costosamente lograda tras milenios de lágrimas y de mucha sangre es cosa del pasado, sobretodo de aquel siglo XIX tan teñido de colonialismos europeos, pero que hoy ya no es un problema serio, cuando las Naciones Unidas se han erigido en una sociedad de iguales.

            Falso de toda falsedad.

            El poder siempre tiende a corromper, y así, hoy únicamente los cinco más poderosos entre los ciento noventa y cuatro miembros en teoría soberanos gozan del privilegio soberano del veto hacia todo lo que les pueda afectar. Y de esa manera los Estados Unidos y la Unión Soviética pudieron dictar desde allí alternativamente y durante medio siglo la agenda mundial a seguir por todos, mantos imperiales que hoy la China Popular y los Estados Unidos de nuevo se disputan con crudeza creciente. De hecho, todos los demás nos hemos vuelto a ser otra vez meras comparsas.  

            Así se explica que un portugués ramplón y vanidoso le pudiera decir hace unas semanas a todo un Presidente guatemalteco electo por la gran mayoría de sus conciudadanos que solo le concedía graciosamente diez minutos para oír sus quejas respecto a la CICIG. Por supuesto, tal grosero y engreído patán burocrático ha sido elocuentemente por algún tiempo Secretario General de la Internacional Socialista, es decir, de la corriente más autoritaria de la izquierda organizada que todavía sobrevive, con la adoración usual por parte de Edgar Gutiérrez, Eduardo Stein, Helen Mack, Todd Robinson y otros ejemplares del atraso local.               

            Todo esto, además, en oposición al viejo y sapientísimo adagio de que “el gobierno más cercano al pueblo es el mejor”.  

            A manera de evidencia histórica me permito recordar aquí a mis lectores aquel episodio fundante de nuestro entero Occidente del siglo V antes de Cristo de las magníficas y resonantes victorias de las polis griegas en Maratón y Salamina, pobres y desunidas entre sí pero políticamente soberanas, y por tanto constituidas por ciudadanos conscientes, es decir, por hombres libres y autónomos para todo lo que les concernía en derechos y obligaciones, frente a aquel vasto Imperio autocrático, opulento, monolítico y tan estable, de los persas.

            Aquella experiencia helénica, duplicada más tarde por las tribus germánicas sobre Roma, las hordas mongólicas y los raudos vikingos, además de las experiencias vividas por las ciudades-Estado italianas del Renacimiento, preparó el camino para que al término de la Segunda Guerra Mundial se reconociera por todos el respeto a la respectiva soberanías de cada cual por medio de la creación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945 en San Francisco de California.

Una organización que hipotéticamente abraza a todos los Estados soberanos por igual y que pondría fin así a todas las guerras.

Ilusos ilustres, entre ellos Dag Hammarskjöld, su segundo Secretario General, alimentaron en todos nosotros esa ilusión de aquel entonces.

Pero la realidad humana se impuso de nuevo en la persona de José Stalin y de sus seguidores en el poder absoluto hasta la caída del muro de Berlín en 1989.

Desde entonces, de nuevo muy de lamentar, ciertas fuerzas ocultas y degradantes propugnan por un regreso a una voz única, la de un “Gran Hermano” mundial, como lo vaticinara George Orwell a fines de la década de los cuarenta del siglo pasado en su magnífico ensayo “1984”.

Esta predilección cada vez más acentuada por subordinar nuestras respectivas soberanías nacionales a un ente supranacional, digamos la UMA islámica o la ONU supuestamente igualitaria, se empeñan en realidad en consolidar los poderes hegemónicos de algunos pocos sobre los más. Por ejemplo, de los del Foro de Sao Paulo o hasta de una monarca subrepticio absoluto de nombre George Soros.

Por eso tampoco no hemos de olvidar que “el precio de la libertad es una eterna vigilancia”.

La victoria por parte de Guatemala sobre tantas tenebrosas tendencias imperialistas lo ha constituido ese último discurso del Presidente Morales ante la ONU. Y por eso lo felicito de todo corazón.

¡Viva para siempre la soberanía de los pueblos, y en primer lugar la del guatemalteco!