EL SOL AHORA SALE POR EL SUR

EL SOL AHORA SALE POR EL SUR

 

Armando de la Torre

 

            La República de Chile es la nación-Estado de nuestra Iberoamérica que se me antoja a un tiempo la más lograda y también la más exótica de todas nuestras repúblicas vistas desde este viejo suelo de los mayas que es Guatemala.

Sobre sus más remotos orígenes aprendí en mi infancia en la escuela francesa, en la que fui educado en Cuba hace ya muchas décadas, a propósito de la famosa relación histórica de Alonso de Ercilla “La Araucana”.

La imagen permanente que de Chile retengo es la de una franja en parte arenosa y muy alargada, pero en parte también de un espléndido alpino de bosques y cumbres nevadas, a un costado de América del Sur. Pero asimismo de tiempos más recientes, la de una sociedad dinámica y pionera en todas las dimensiones de la gobernanza más exitosa.

            La he visitado en diversas ocasiones y también he disfrutado de la amistad con algunos de sus prominentes hijos. Pero en este momento me fascina desde muy lejos un personaje relativamente inédito por estas latitudes más septentrionales, la de José Antonio Kast.  

            No es uno más de los famosos “Chicago Boys” de quienes se valió Arnold Herberger para impulsar a Chile a la vanguardia del desarrollo económico-social contemporáneo a nivel mundial, ni tampoco me quiero limitar a una mención exclusiva del genio del seguro social, José Piñera, pero sí me parece Kast una de las promesas más impresionantes de la generación de pensantes chilenos subsiguiente a aquellos otros.

            Se trata de todo un hombre, y recalco lo de todo, insólito para estos tiempos de generalizada ambigüedad sexual y permisiva decadencia moral.

            Kast es hijo de inmigrantes alemanes como tantos otros en ese país, de sólida profesión católica al mismo tiempo que filosóficamente un liberal clásico ortodoxo y bien documentado, quien por apoyarse deliberadamente en un Absoluto encarna el ideal muy escaso por estos días del hombre de carácter, es decir, de convicciones morales muy firmes, lo que tanto brilla por su ausencia en tantos ámbitos que nos son de lejos y de tan cerca contemporáneos.

Egresado de la excelente Pontificia Universidad Católica de Chile con un título de abogado, se ha destacado también en los afanes cívicos posteriores al Presidente Augusto Pinochet, y ha sabido mantener su distancia, encima, de todos los vaivenes ideológicos diseminados entre los católicos por esos simplistas teólogos de la Liberación, y proscritos según el espíritu de las Instrucciones de Juan Pablo II, “Libertatis Nuntius” y “Libertatis Conscientia” de 1984.

Es más, en esa posición se mantiene al tiempo de estar la Iglesia Católica presidida por un Sumo Pontífice, el Papa Francisco, de vecino origen argentino, y que ha mostrado en múltiples ocasiones compartir esas mismas preocupaciones por los más pobres, pero con un cierto olvido de las soluciones que puede aportar para su alivio la economía de mercado, como lo confirma su muy reciente aprobación del texto “Oeconomicae et pecuniariae quaestiones, consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y monetario”, entre las que no hace mención de una sola autoridad internacionalmente reconocida en materia pecuniaria y sí, en cambio, alude a otros autores cercanos al clero pero totalmente ayunos de prestigio profesional entre los laicos.      

En las elecciones del 2017 que llevaron al poder por segunda vez a Sebastián Piñera, Kast obtuvo casi un ocho por ciento de los sufragios, muy notable logro para un líder nuevo e independiente y que así se ha dejado vislumbrar como un promisorio candidato para el 2021. Buen perdedor, en segunda vuelta le pasó su apoyo a la agrupación política presidida por Piñera, aunque también le pidió explícitamente una mayor atención a ciertos principios y valores eminentemente cristianos como los de la defensa de la vida (en contra del aborto indiscriminado y arbitrario), y el que pusiera también un énfasis mayor en la protección de la familia nuclear.  

Un hombre que ha jugado públicamente dentro de la más estricta observancia de las reglas electorales democráticas y que tampoco ha mostrado incluso temor alguno a ser identificado, por cierto, como lo fue Hayek respecto a Oliveira Salazar y Pinochet, con personajes autoritarios u otros mal vistos desde la ortodoxia socializante como esa de nuestros días que condena apasionadamente a Donald Trump o a Jair Bolsonaro.

No menos un hombre de paz, que sabe respetar la función de los militares para la defensa del orden constitucional y que no guarda rencor alguno hacia contendientes electorales de signos opuesto al suyo cuando les favorece el triunfo.

Asimismo, todo un hombre que propone una igualdad tributaria sensata y compasiva al tiempo de una reducción burocrática en el Estado, y con presupuestos equilibrados y por tanto en nada deficitarios y onerosos como deuda pública.

Igualmente incluye en su programa la disminución de la desorbitada burocracia estatal, del número de ministerios al tiempo que se retendría la estabilidad monetaria, medidas todas que nos vendrían también en Guatemala como anillo al dedo.   

Un personaje insólito y que solo ha podido florecer en una sociedad civilizada y tolerante como la chilena de hoy, o como lo fuera otrora la de Diego Portales, el impulsor en 1833 de la primera Constitución en nuestra América acorde con los lineamientos del más puro liberalismo clásico.

Ejemplos y esperanzas para quienes todavía nos debatimos en las incertidumbres propias de la ausencia de un Estado de Derecho y las arbitrariedades inevitables que se derivan del positivismo jurídico imperante.

Sigámosle desde lejos la pista, porque nos puede ser faro para una más justa y próspera Guatemala del futuro.                      

José Antonio Kast, un regalo oportunísimo que nos llega desde el frígido Sur americano.

LA REVOLUCIÓN “TRUMP” PROSIGUE SU CURSO

LA REVOLUCIÓN “TRUMP” PROSIGUE SU CURSO

 

Armando de la Torre

 

            Pero con algunos retoques.

            Los Demócratas recuperaron en control de la Cámara baja, la encargada exclusiva del entero presupuesto federal, lo que entrañará muy probablemente que se demore o se suspenda la construcción del muro anti-inmigrantes ilegales en la frontera sur con México. Pero el Senado permanece en manos Republicanas, lo que promete una mayor estabilidad a largo plazo en lo que más importa: el poder de dispensar justicia.

            Dicho de otra manera, se le ha dado otro respiro al corto plazo al Establishment Atlántico, el barómetro universal desde 1945 de lo políticamente correcto, y surgido tras la derrota demoledora de los totalitarismos a manos de las democracias occidentales con el final de la Segunda Guerra Mundial.

Pero otra revolución no menos significativa al largo plazo parece ser la muy reciente protesta de Trump, y también simultáneamente en ambas riberas del Atlántico, al reforzar los republicanos ese su control del Senado, el poder legítimo a cuyo cargo queda exclusivamente la designación o aprobación de magistrados y jueces a escala federal.   

            Lo cual confirma la escisión fundamental del Occidente otrora cristiano entre partes casi iguales numéricamente: la de los renovados propulsores del Estado de Derecho frente a los nihilistas militantes, para quienes en el mundo de los valores todo vale por igual.

            El máximo desafío de nuestros días.

            Lo más intrigante hoy nos es que ese movimiento estabilizador en nuestro hemisferio lo encabezan individuos carismáticos y de carácter rudo, mientras que lo opuesto responde más bien a movimientos de masas anárquicas y sin claridad conceptual alguna, o sea las contagiadas de un relativismo universal.

Pero si la historia nos ha enseñado algo nos queda claro que los individuos de convicciones firmes siempre terminan por imponerse a las masas amorfas y sin rumbos conceptuales sólidos.

            Trump en dos años se ha mostrado inesperadamente como suele suceder en cuanto uno de tales protagonistas de la historia. Algo también muy parecido acaece desde hace poco tiempo entre las naciones-Estados del Oriente europeo. Y por lo cual, no menos surgido de la nada lo mismo empieza a asomarse, reitero, en el país por antonomasia de la samba y de la dolce vita, nuestro polícromo Brasil.

            Tiempos de veras estimulantes, pues se insinúan como los estertores del parto de un mundo nuevo y viejo a la vez.

            Pero ¿de cuál catadura? ¿Autoritaria o democrática? ¿Iluminadora o enceguecedora?…

            Por ahora, todavía nos resulta algo nebulosa, como cualquiera otra corriente que vislumbramos agitarse bajo el prisma digital de la tecnología contemporánea.  

            Sin embargo, repito, si de algo nos puede valer la historia universal, no son las masas alocadas tras el placer y sin control de sus conciencias las que siempre terminan por imponerse, sino todo lo contrario, los individuos de perfiles definidos aun cuando adustos. En tal supuesto, el futuro inmediato se me antoja pertenecer a los Trumps de cualquier latitud geográfica.

            Esto último se puede interpretar como la revancha del sentido común ante las lucubraciones filosóficas de los mejor instruidos universitarios.

            Y lo que más me llama la atención de estos vuelcos repentinos es que en la era de los vuelos espaciales y de las comunicaciones instantáneas el eterno drama entre lo bueno y lo malo se desenvuelva ante nuestros ojos atónitos de manera igual que todos aquellos otros mundos que nos han precedido: pues las personalidades de carácter siempre terminan por arrastrar por el lodo a la multitudes hedonistas y a sus caudillos, aunque a precios humanos a veces intolerables. Tal, por ejemplo, como el de las epidemias contemporáneas de los opiáceos en el osadamente llamado mundo más desarrollado.

¿O acaso ya nos hemos olvidado de los tiempos de nuestra infancia, aquellos de las purgas soviéticas o del de los campos de concentración de Hitler?

            No creo, por otra parte, que esos deprimentes espectáculos estén de nuevo a la vuelta de la esquina. Más bien creo posible todo lo contrario, un mundo más apacible pero también seducible por la retórica varonil de cualquier caudillo muy seguro de sí con el suficiente sentido común igual al de quienes se ganan el pan diario con el sudor de sus frentes.

            O sea, cuestión de carácter.

            Pero lo que más atónito me deja es que los Trumps y los Bolsonaros hayan florecido en el océano tan licencioso y proclive al ocio de las masas poco perseverantes y de escasa voluntad espontanea para el autosacrificio. Masas, por otra parte, paradójicamente las más letradas en sus localidades respectivas.

            La cultura de las masas, entonces, ¿a remolque de los tirones de cualquier bocón?  

            Sí y no, como si la historia fuese regida por un sino caudillista fatal, de personalidades arrolladoras como lo reconociera el historiador británico Thomas Carlyle, y que nos hacen pagar las licencias gratuitas del hoy con los golpes dolorosos del mañana.

            Y si no queremos ahora tal mañana, mejor aprestémonos a consolidar nuestros valores individuales de sentido común, que incluyen los de familia y civismo.

            Así también se puede entender ese énfasis inesperado de Trump en el “norteamericano olvidado”, aquel forjador de las revoluciones industriales y de la agricultura súper eficiente durante los últimos dos siglos, los que domesticaron la furia de los vientos y el calor de las máquinas que resultaron en hacer a Norteamérica “grande” por primera vez.

            Tiempo de Adviento, tiempo de reflexión.