GUATEMALA, AGÓNICA UNA VEZ MÁS…

GUATEMALA, AGÓNICA UNA VEZ MÁS…

 

Armando de la Torre

 

            …Y esta vez por obra y gracia del último Tribunal sin tacha alguna que nos quedaba: el Supremo Electoral.

            No sé si se les debería llevar a juicio penal o encerrar en un manicomio, pero han brillado con una constelación estelar en el cielo de nuestra noche por su impericia, su ignorancia de los principios generales del derecho, por la ausencia de todo tacto social, y por la mancha imborrable que han dejado en la única institución de prestigio que nos quedaba en el sector justicia gracias, esto último, sobre todo a la herencia del paso por ese Tribunal de don Arturo Herbruger.

            Un grito en ese vacío de sombras que lo ha constituido por años el entero Poder Judicial en Guatemala. Y, encima, con ínfulas prepotentes y dictatoriales, como si fuera una blasfemia el hecho de identificarlos tales cuales son.

            Además, nuestro último bastión contra el atropello de narcotraficantes apátridas se ha derrumbado. No nos queda alternativa que iniciar la reconstrucción constituyente de la justicia casi desde el absoluto cero.

            Por suerte Guatemala cuenta hoy con la abundante presencia de hombres y mujeres de buena voluntad y aun de muchos eruditos en los temas claves del espíritu y de la moral capaces de restaurar el rumbo por el momento perdido. Lo que se constituye en la imprescindible tarea que nos aguarda a partir de la próxima segunda vuelta electoral.

            Siempre he reconocido que en Guatemala sobran patriotas esclarecidos que le pudieran dar un empujón definitivo para situarla entre los más selectos del llamado primer mundo. Y que han sobresalido, encima, rodeados por un respeto casi universal al debido proceso jurídico y a la escrupulosa y tenaz prosecución de la justicia.

Reflexiones, sea dicho de paso, que estimo muy necesarias a tener en cuenta para las futuras comisiones de postulación.

            Nos restan muchas cosas que mejorar en la formación universitaria de los jóvenes que escogen especializarse por el vasto ámbito de la justicia. Como lo he reiterado a propósito de un ácido comentario del genial Agustín de Hipona: “Sin la virtud de la justicia, ¿qué son las naciones sino bandas de ladrones? (La Ciudad de Dios, IV, 4)”. Y, sin embargo, la formación de juristas en Guatemala (como en el resto de Iberoamérica) no pasa de ser una especialización universitaria más, de muy escasas exigencias intelectuales y morales.

            El venero de todo ello creo poder identificarlo en el positivismo jurídico dominante en la mayoría de nuestras facultades de Derecho. Y de tal manera, nuestros egresados universitarios se han acostumbrado a recitar de memoria artículos de códigos o de leyes constitucionales sin posibles críticas apenas derivadas del derecho consuetudinario o del derecho natural.

            El griego Polibio, por ejemplo, cautivo como un rehén más en aquella República tan exitosa, fue el primer extranjero en reparar que la separación legal de poderes era lo más importante para la grandeza institucional de Roma. Por lo tanto, desde tal perspectiva, el abuso del poder por parte de jueces y magistrados resultaba en el daño más vituperable que se le podía hacer a cualquier sociedad de hombres libres.

¿Se dice algo de ello, acaso, en nuestras facultades de Derecho?

            La dispensación de justicia es el débito principal de los ciudadanos de cualquier sociedad exitosa. De nuevo, ¿se inculca esta condición en nuestras universidades de tono tan jurídicamente positivista?

            El Poder Ejecutivo eficaz es, por supuesto, sumamente importante. Y el Legislativo, al largo plazo, lo ha sido aún más. Pero el Judicial, ha devenido en el máximo entresijo social, común a todos los estratos derivados de la división del trabajo en sociedad.

¿Anima todavía ésta convicción a nuestros docentes universitarios de Derecho?

            Pues, la existencia de derechos individuales irrenunciables se ha constituido históricamente, desde la Magna Charta (1215), en el prerrequisito más sólidos para la práctica de la justicia. Ya ello había estado presente con mayor o menor énfasis en las tradiciones de cualquier comunidad guiada por la costumbre (el derecho “consuetudinario”) como en la Grecia clásica o el Medievo. Ulterior a ello, unos dos siglos y medio antes de Cristo, asomó la interpretación iusnaturalista de los derechos y deberes de los ciudadanos libres (no de las mujeres ni tampoco de los esclavos) a iniciativa de ciertos jurisconsultos romanos.  

¿Retienen nuestros egresados universitarios alguna consciencia de todo esto? Y como consecuencia obvia, ¿nuestros jueces y magistrados?…

              Y a propósito de esa alusión a la venida de Cristo, ¿algún catedrático universitario entre nosotros todavía osa aludir a la posible existencia de un Derecho Divino derivado de las premisas del Evangelio?

            En Guatemala a mi juicio vivimos un vacío existencial para esta reflexión profunda.

Y así, unos pocos abusivos tienden a endosarse el monopolio de la interpretación y de la aplicación del Derecho vigente.

            Lo hemos visto de nuevo recientemente en el rechazo presuntuoso e insólito del derecho humano insoslayable de elegir o ser electa con particular dedicatoria a Zury Ríos Sosa y a todos los ciudadanos inclinados a votar por ella, por parte de togados carentes de toda ancla racional o moral alguna.

            Aunque algunos displicentes intelectuales en nuestro medio lo hayan considerado una vez más como una injusticia, sí, pero de poca monta.

            Con semejante jurisprudencia ¿qué podríamos haber esperado de un Tribunal Supremo Electoral constituido sobre tales premisas positivistas? Muy parecido a los arrebatos ideológicos de los que hemos sido testigos  durante los últimos cuatro años por parte de tan solo tres magistrados de la Corte de Constitucionalidad.

            El “positivismo jurídico” ha sido el origen del subdesarrollo de nuestra impartición de una justicia neutra y pronta.

            Y si no nos decidimos a romper con las premisas excluyentes de nuestro actual sistema positivista, olvidémonos de mantener un Tribunal Supremo Electoral de la honorabilidad sólida que una vez nos heredó Arturo Herbruger.   

            De vuelta a estas últimas elecciones. Me sorprendió muy agradablemente por todo ello la actitud corajuda de Edmond Mulet en sus críticas al actual Tribunal Supremo Electoral. Así como las de otros como Luis Velázquez y Arturo Soto o de Isaac Farchi y Ricardo Flores Asturias. No menos, las reservas inteligentes respecto al proceso electoral que hicieron públicas Manuel Villacorta y Thelma Cabrera. Es decir, que además de otros no mencionados aquí, se ha evidenciado una vez más que Guatemala cuenta todavía con una amplia reserva de ciudadanos sensibles y probos. Pero lamentablemente, ninguno de ellos con suficiente incidencia reconocible en el Poder Judicial.

            Y así, ese Tribunal Supremo Electoral constituido por “magistrados” de veras ineptos ha hecho retroceder a Guatemala tres mil años y le han arrebatado otra oportunidad de oro para su ingreso permanente en la honrosa lista de naciones-Estado que hoy solemos calificar de “primer Mundo”.

            ¿Lo lograremos dentro de cuatro años?

            Lo veo difícil, a menos que el nuevo Congreso se comprometiese a aprobar las reformas a la Constitución Política vigente propuesta con el apoyo de 73 mil firmas de ciudadanos en el 2009, y que todavía inconstitucionalmente no ha sido llevado a discusión por el pleno.

En el entretanto, por lo menos hago otra vez mío el saludo esperanzado desde su destierro en Italia de Rafael Landívar: ¡Salve, cara Parens, dulcis Guatimala, salve!

Y AHORA ¿QUÉ?

Y AHORA ¿QUÉ?

 

Armando de la Torre

           

La conspiración contra la soberanía de Guatemala, urdida desde los tiempos de Obama por parte de ciertos funcionarios de la Secretaría de Estado de los Estados Unidos y, sobre todo, por el que fuera su instrumento más visible por estos lares, Todd Robinson, ha dado otra vez alguno de sus amargos frutos en estas últimas elecciones.

El resultado final ha sido que la voluntad de los votantes engañados haya dejado insatisfechos a los más y muy contentos a unos pocos, los aprovechados de siempre.

El Tribunal Supremo Electoral (TSE) ha sido el conducto esta vez para un lamentable y estrepitoso fracaso dada la completa ineptitud de sus integrantes y no, en cambio, por la estatura moral ya más madura de los votantes, y todos así menos distantes en sus actuaciones de aquel modelo egregio que fue don Arturo Herbruger Asturias, quien presidió el Tribunal apenas recién instaurado.  

Encima, precedidas tales elecciones por una campaña electoral raquítica a iniciativa casi despótica de sus ineptos magistrados, quienes se engañaron a sí mismos y a los demás al creerse árbitros infalibles de todo el proceso electoral.

Pero al margen de esta nueva versión que nos ha legado esa reciente dictadura de los jueces, instaurada y fomentada, desde muy en las sombras, por la actual Corte de Constitucionalidad,  los resentidos sociales de por aquí han logrado esta vez filtrarse más estratégicamente por las rajaduras del conteo electoral.

Lo cual abona en favor de mantenernos todos siempre vigilantes, según aquel sabio aforismo de Thomas Jefferson de que “El precio de la libertad es una eterna vigilancia”.

Aunque fuera de ese campo de lo estrictamente público, otros empedernidos embaucadores al margen de la ley ya nos eran relativamente conocidos, sobre todo en ciertas áreas rurales del país: por ejemplo, los dirigentes de CODECA, últimamente concentrados casi con exclusividad en el robo de la energía eléctrica (aparte de recibir abultados financiamientos desde Suecia, España y Noruega), y que responden a ciertos nombres por la mayoría de los votantes desconocidos, como Mariano García, Mauro Vay Gonón y Blanca Julia Ajtum Mejía.

También, vale la pena recordar aquí los no menos destructivos de la Fundación “Turcios Lima” como en este caso el muy bien conocido Cesar Montes alias de Julio César Macías, veterano de los grupos terroristas de las FAR y EGP, y ex maestro de primaria que empero siempre ha soñado en constituirse como el Fidel Castro de Guatemala, y todos dedicados a las invasiones de tierras ajenas, en particular entre los infelices habitantes de las Verapaces.

Aun cuando para mí el más detestable lo es y haya sido personalmente Daniel Pascual, dirigente del CUC, y el supuesto artífice de un intento de asesinato nocturno contra la inolvidable ex Fiscal Gilda Aguilar, recientemente fallecida.

Tampoco quisiera ahora pasar por alto los nombres de algunos integrantes de otra Fundación, por ejemplo, la que lleva por nombre “Guillermo Toriello”. Creación casi exclusiva, sea dicho de paso, del ex-clérigo español también ya fallecido Enrique Corral Alonzo, casado con la hija de un entrañable y muy honesto profesional amigo mío. Este curioso malhechor, de nuevo muy popular por tierras escandinavas, por su parte se especializó en las depredaciones de fincas de algunos sufridos propietarios allá por el Polochic.

Este es un retazo del fantasmagórico telón de fondo tejido como parte integrante del marco insurgente antes de estas elecciones para nuestras áreas rurales.

Aunque la lista de los nombres de esos subversivos es tan larga aquí, no dispongo de espacio suficiente para incluirla completa.

Una vez más, todos ellos en parte seducidos por ese idealismo engañoso que consiste en comparar la realidad con un sueño placentero y, por supuesto, siempre triunfa el sueño.

Por eso asimismo, creo, que nada nos ha hecho desconfiar tanto de la actual estructura mediática en este país como tantos otros comentarios superficiales y nocivos que se multiplican por las ondas de la radio, de la televisión y, últimamente, por las llamadas redes sociales.

Ahí radican tantas otras maniobras corrosivas y nada honrosas del ahora tan desprestigiado TSE, aunque también extensivo todo ello al Registro de Ciudadanos y desde hace unos cuatro años bien sabidos por todos de la mismísima Corte de Constitucionalidad.

El sector justicia una vez más en la picota de la opinión pública, también dada la injerencia indebida de extra nacionales desde suelos que nos han sido siempre muy lejanos y hasta a ratos hostiles: la ONU, la OEA, el Departamento de Estado o el Foro de Sao Paulo.  

Y todo ello, en base a acusarnos inmerecidamente de un total tercermundismo que ya no veo en amplias capas sociales de Guatemala.

En ello ahora incluyen el hecho patente de que por el retraso mental y profesional de las autoridades electorales en esta ocasión, casi todos los ciudadanos cumplidores de su deber electoral hubieron de votar casi a ciegas, entre otras razones porque tampoco se les dio en el breve periodo eleccionario el tiempo suficiente para conocer y evaluar a candidatos y propuestas.

En presencia de todo ello, por lo tanto, la corrupción invisible de los poderes oscuros se ha vuelto a imponer en estas elecciones, aun cuando con algunas valiosas excepciones permitidas por los jueces dictadores.    

Por todo ello, yo me permito conceptuar todo este último proceso electoral de injusto, prejuicioso y vano, casi como evento de idiosincrasia única en la historia de este país.

En pocas palabras, hemos sido engañados esta vez por esa intrusión desorbitada del Poder Judicial. Un ejemplo más para probar lo dañino que puede llegar a ser la dictadura de los jueces.

Como conclusión final, pocos guatemaltecos están satisfechos con este reciente proceso electoral que desdice en mucho de otros progresos institucionales recientes en este bello país.

¿Giammattei o Torres?

Nos han vuelto a encerrar en la disyuntiva típica de los pueblos subdesarrollados: la de votar en favor o en contra del que subjetivamente nos parezca el menos malo. Lo cual también rebaja injustamente la altura moral de los dos candidatos restantes.

Me queda una acotación última: dado que Guatemala carece de los recursos suficientes para repetir estas elecciones (de unos ochenta a cien millones de quetzales), sí dispone, al menos, de ciertos medios a través del Congreso y de los partidos políticos legalmente vigentes para eliminar de una vez por todas esa dictadura por el momento vigente de los jueces metidos a legislar y a ejecutar, como lo han hecho reiteradas veces la Magistrada Gloria Porras y Asociados.

¿Lo lograremos?… 

“LOS MALOS SON LOS MENOS”, DOCTOR GIAMMATTEI, PERO SON LOS QUE HACEN MÁS RUIDO.

“LOS MALOS SON LOS MENOS”, DOCTOR GIAMMATTEI, 

PERO SON LOS QUE HACEN MÁS RUIDO.

 

Armando de la Torre

 

Una historia recurrente en cualquier sociedad civilizada.

Porque los “buenos” siempre están demasiado absortos en el trabajo cotidiano que implica cuidar y orientar a su prole y por las demás obligaciones para ganarse el pan de cada día.     

Pero a los “malos”, en cambio, todo su tiempo les resulta ocioso excepto para murmurar, sobornar, mentir, y hasta para asesinar, y creerse al mismo tiempo alguien que, por supuesto, como los demás dignos de guiar a los más desorientados. 

Esto es tan viejo que ya el profeta Miqueas, hace casi tres mil años, proclamó de vos en cuello: “¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en su mano el poder!” (Miqueas 2,1)

Por lo tanto, para los “malos” todo tiempo les resulta disponible para calumniar, engañar y amedrentar mientras holgazanean tras bastidores.  

Y así todos legalmente andamos confundidos…

Para el “bueno”, en cambio, el tiempo apenas le alcanza para cumplir, trabajar, crear y todavía ahorrar.

Todo esto puede sonar a prédica simplista, pero estamos en vísperas de elecciones generales y bien vale la pena recordar que: “…los rectos habitarán la tierra,
Y los perfectos permanecerán en ella, pero los impíos serán cortados de la tierra,
Y los prevaricadores serán de ella desarraigados…” (Proverbios 2:21-22). Verdades, según los superfluos, que solo los tontos recuerdan y las mentes privilegiadas olvidan. 

Y así, enmudecidos por pura tecnología mediática, los “malos” ahora se hacen oír en nuestro nombre, los hipotéticamente “buenos”. 

Las elecciones ya a nuestras puertas son el mejor indicio de todo ello: la multiplicación deliberada de maniobras políticas mendaces que, por una supuesta ley constitucional, nos sentimos obligados a aceptar. En otros tiempos más sinceros, a todo el actual proceso se le hubiese etiquetado como “la dictadura de los jueces”.  

Y así, hoy más que nunca, somos vapuleados por decisiones unas veces ilegales, otras veces simplemente estúpidas, por parte de “magistrados” que nos recomiendan aceptar propaganda suya casi siempre barata; y que nos manipulan a base de normas, leyes y resoluciones judiciales sin sentido lógico alguno y hasta contradictorias entre sí. Y todo para satisfacción del puñado de hipócritas que tienen hoy a su cargo el Tribunal Supremo Electoral, el Registro de Ciudadanos y, lo peor de todo, la Corte de Constitucionalidad.   

Y de esa manera, nos han vuelto a comprar mentalmente a base de resoluciones falaces y perversamente maquinadas, para favorecer a una candidata a la presidencia de la República que esperan les resulte en extremo oportuna para salir al modo que le es habitual al parásito, esto es, haciendo a otros más pobres. También a eso se reduce la tan comentada judicialización del proceso electoral. 

Y, encima, todavía se atreven a mentirnos de que esas son las únicas vías legales para conocer la voluntad de los votantes.

¡Vaya “democracia”! 

Y por todo ello regresan a mi memoria aquellos sentidos versos de Francisco de Quevedo:

«No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.

 

¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?…»

 

Porque los sedicentes árbitros de nuestra vida pública no se comportan como tales. Ni los magistrados de las salas superiores muchas veces tampoco, y todos enmudecidos al mejor estilo de los que nacen, como lo afirmó Aristóteles, para ser esclavos. 

Y de tal manera, ninguno de ellos logra devenir en las autoridades morales que vanidosamente imaginan ser por el simple hecho que les dieran un cartón universitario que así lo estipula. 

Encima de habernos hallados todos amordazados a lo largo de las escasas semanas que nos “concedieron” para deliberar, y sobre el supuesto de nuestro habitual analfabetismo ético, se han dedicado sistemáticamente a eliminar arbitraria e ilegalmente a promesas demasiados atrayentes según ellos como Zury Ríos Sosa y a favorecer viejas herramientas de un pasado corrupto como Sandra Torre. 

Un carnaval al fin, al margen de todo calendario religioso, pues la cuaresma, por si no lo saben, ya terminó. Ahora el Poder Judicial de Guatemala nos obsequia los Carnavales para tontos útiles.

Y después nos preguntamos por qué estamos sin voz efectiva alguna.  

Condenados todos a enmudecer, dado esa cobardía anónima que se nos cuela desde muy adentro de la corriente del positivismo jurídico.  

Y en consecuencia de todo ello, tan solo cuatro magistrados de la Corte de Constitucionalidad, a saber Gloria Porras, Bonerge Mejía, Francisco de Mata Vela y José Mynor Par, han bastado para imponernos este descabellado proceso electoral a los veinte millones de guatemaltecos restantes. 

De esa manera nos suena hoy la auténtica “dictadura de los jueces”, a los que habría de añadírseles sus demás cómplices en otras Cortes: la Suprema de Justicia, el Tribunal Supremo Electoral y hasta el Registrador de Ciudadanos. El fino tapete político que nos tejió para todos la ineptitud inmoral que nos heredó Todd Robinson y su cuadrilla de la CICIG, así como otros movimientos sospechosos del verdadero capo de esa mafia jurídica: Barack Obama, con la servil anuencia de algunos de nuestros diputados y funcionarios, los de la UNE al frente. 

¿Nuestra democracia, amigos, para el resto del siglo XXI? Depende de que nos mostremos capaces de que nos mantengamos ahora virilmente de pie y vigilantes ante el Departamento de Estado, las Naciones Unidas o de supuestas comunidades internacionales, como el Foro de São  Paulo. Así me explico yo la varonil determinación de Estuardo Galdámez como también, las de un Isaac Farchi o de un Luis Velázquez, todos muy recomendables desde este ángulo.  

Y todo porque nuestro Ejecutivo democráticamente electo, dada la total ausencia en su persona de experiencia política previa, se ha mostrado ausente de la vida pública en reiterados momentos muy decisivos a lo largo de estos casi cuatro años, así como del Congreso veleidoso, que le ha permitido a la Corte de Constitucionalidad abusar incólume y casi a diario de sus pseudo atribuciones.

Podemos contar siempre, esos sí, con la sabiduría del adagio latino: historia magistra vitae. A la que se suma la advertencia de Jorge Santayana: Quienes no recuerdan los errores del pasado están condenados a repetirlo. Y por eso también estamos urgidos de recordar los tropiezos de nuestro pasado. 

El futuro, entonces, nos será noche o nos será día, dependientemente de que hayamos sabido aprovechar esas lecciones del pasado. 

Pues nunca ha habido peor ciego que el que no quiere ver…