A propòsito de Zuri…

A propósito de Zury…

 

Por Armando de la Torre

 

            La magistrada suplente del Tribunal Supremo Electoral, doña Ana Elly López, me ha hecho saber por escrito de su incomodidad, o peor, de su indignación por el trato injusto que según ella le endosé en una columna de opinión firmada por mí bajo el título “La noticia de los milenios”.

En ella había criticaba yo con energía la decisión de cuatro magistrados titulares de ese tribunal de impedir la inscripción de Zury Ríos Sosa, postulada para la Presidencia de la República por el partido “VIVA”. Al mismo tiempo, alabé el voto razonado de disenso de la magistrada titular del mismo tribunal, la licenciada María Eugenia Mijangos, por cierto la única mujer que lo integraba.

El núcleo del reclamo de la licenciada Ana Elly López es el trato poco caballeroso con respecto a su persona. Que ella no era estúpida como parecía haber yo insinuado, que había acumulado a lo largo de su carrera profesional títulos y honores diversos y, para mí lo más importante, y por lo cual le quedo agradecido, que magnánimamente me perdonaba y encomendaba a Dios Nuestro Señor.

No fue mi intención injuriarla a usted, señora, pero sí refutar tajantemente la para mí incomprensible, y aun delictiva acción de los cuatro magistrados varones del TSE –y del Registrador de Ciudadanos– de rehusar la inscripción de doña Zury como candidata, y de la que usted se hizo eco en la entrevista televisiva que le hicieran Pedro Trujillo y Sylvia Gereda.

Me mantengo en lo dicho.

Me resulta demasiado transparente el prejuicio positivista jurídico con el que fallaron ellos y falla usted. ¿Desde cuándo se castiga jurídicamente a un padre en la persona de su hija? ¿Tanto más cuanto que ella era menor de edad al momento en que se cometió un supuesto delito, ytodo anterior a la redacción de la Constitución Política vigente? Por no añadir otra pregunta obviamente ajena al nudo jurídico de la cuestión, pero muy pertinente desde el punto de vista ético: ¿Acaso alguno de ellos se mostró públicamente inconforme en aquel entonces con el cambio de gobernante ocurrido el 22 de marzo de 1982?… Yo sólo recuerdo aplausos y felicitaciones de todos para los jóvenes “golpistas”, seguidos de una generalizada paz y alivio en las calles.

Le reitero que, desde mi punto de vista, una formación universitariadentro del molde positivista jurídico en el que la mayoría de nuestros abogados, fiscales, jueces y magistrados han crecido, me resulta una aberración intelectual aun cuando, por desgracia, en la mayoría de nuestros países se haya vuelto predominante.

Tomemos, por ejemplo, un caso de mundial trascendencia: el fundamento teórico para los protocolos de Roma (1998), que a su turno sirvieron de fundamento para la creación en 2002 de la Corte Penal Internacional, en La Haya, y del cínico enjuiciamiento de Efraín Ríos Montt por un genocidio que nunca tuvo lugar.

Un precedente lejano y débil le fue la agresión militar del Káiser Guillermo II contra sus vecinos europeo, lo que quedó impune. Mucho más relevantes lo fueron los juicios de Núremberg de 1946, en los que secondenó a muerte a once de los jerarcas nazis por sus horrendos crímenes.

A aquellos jueces occidentales se les planteó de inmediato un problema estrictamente ético –pero no al soviético, cuya conducta era muy similar al de los sentados en los banquillos de los acusados–: ¿sobre cuál base legal anterior a la comisión de los crímenes que se les imputaba se les condenaba?

Porque era obvio que sus crímenes repugnaban a la sensibilidadnormal de cualquier persona. Pero desde un punto de vista estrictamente positivista jurídico, el dominante, ninguno de ellos había incurrido en los mismos, pues al momento de cometerlos tales acciones eran positivamentelegales de acuerdo a la legislación positiva vigente.

Los jueces de Núremberg, entonces, hubieron de fallar sobre principios generales del Derecho, idénticos a los que por milenios habían sido reconocidos en Occidente como los propios del Derecho Natural, y del todo ajenos al obligado hermetismo del derecho propuesto por Hans Kelsen, es decir, ajenos a toda consideración moral o social que no fuera la de la estricta adhesión a lo previamente legislado.

Al respecto, recuerdo que todavía en 1937, dos años después de la promulgación de las famosas leyes raciales en la Alemania nazi, Hans Kelsen sostenía públicamente que el Estado nazi aún era… ¡un Estado de Derecho!

Adicionalmente, tras los horrores genocidas en Bosnia (1992-1995) y Ruanda (1990-1994), hubo de buscarse otra norma que no fuera del preterido Derecho Natural para castigar a aquellos genocidas, y de nuevo,sin embargo, recurrieron implícitamente al ius naturalista principio denullum crimen sine poena, nulla poena sine lege, extendidos a los belicosos, a los agresores y a los autores de otros crímenes de lesa humanidad, como ellos los llamaron.

El hipócrita positivismo jurídico ha devenido así el equivalente a la justicia de los vencedores sobre los vencidos, o de los fuertes sobre los débiles.

Por eso, cuando cuatro magistrados masculinos del TSE, y un Registrador de Ciudadanos, se han permitido aplastar las aspiraciones de una candidata a la presidencia, y de otros los miles de ciudadanos quegozan según todo derecho inalienable a votar por ella, protesto.

Para usted, señora magistrada suplente, es eso ocurridosimplemente una mera anécdota en la historia reciente de Guatemala.

En ese caso, ¡viva el positivismo jurídico… y muera todo lo humano!

Y con ello, borremos para siempre de nuestra memoria aquella República de Roma defendida por Cicerón, y a la Escolástica de la Edad Media iluminada por santo Tomás, y al Renacimiento que nos legó el humanismo liberador de Erasmo y Tomás Moro, y al Barroco que nos dejó en herencia a Francisco de Vitoria y a Francisco Suarez, seguidos de Samuel Pufendorf y Hugo Grocio, y de la Ilustración de John Locke, James Madison y Thomas Jefferson, así como las luces subsiguientes de Alexis de Tocqueville, Lord Acton y F. A. von Hayek.

Como ve, señora, es muy fácil borrar la memoria colectiva profunda y regresar al salvajismo superficial –de cuño cada vez más “positivista” –, cuyos efectos, lo sepamos o no, a todos tanto nos agobian.

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