Adviento

Adviento

Por: Dr. Armando de la Torre

La temporada linda y ruidosa de la navidad está de regreso…

Las cuatro últimas semanas previas la Iglesia ha querido consagrarlas a nuestra  preparación digna y apropiada invitándonos a cierto recogimiento y algunas austeridades propias del peregrino que cada uno de nosotros encarna.

A este periodo tan especial se le denomina “Adviento”. Y al tema principal a considerar durante su transcurso son “las Postrimerías”… ¿Qué significa?

Las últimas horas de nuestra presencia individual en este globo azul que llamamos nuestra “tierra”. Pero también los últimos estertores de ese mismo mundo. Pues el hilo conductor del mensaje de Adviento es que en su día nos moveremos de la esfera de lo que tiene comienzo y final a lo que sólo empieza una vez y durará para siempre.

Mi particular interpretación de tales sobrios pensamientos implica austeridad que nos compete practicar esa ascesis incluida la renuncia provisional al gozo anticipado por el Nacimiento de Jesús en Belén.

¿Cómo así?

Porque con razón se ha dicho que “ríe, y todos a tu alrededor reirán contigo; llora, y llorarás sólo”.  

Porque así somos. El dolor ajeno nos importuna, hasta nos desespera, y por eso nos cuesta tanto acercárnoslo. El momento feliz, en cambio, es expansivo y nos contagia. Por eso nos es tan fácil sumarnos a cualquier júbilo, y tan difícil acercarnos al que se lamenta.

Cada hombre y cada mujer, sin embargo, es el producto de una larga evolución dolorosa por  competitiva, y así, resultamos ser sobrevivientes. El cúmulo de tanto precio a pagar por unos años de vida y de logros minimales nos resulta incontable y anónimo, pero no por eso menos real y punzante.

La razón filosófica (y en su cauda, también la científica experimental) tiende a postular la eternidad para el Cosmos. La Revelación, por su parte, nos advierte de lo contrario, de que todo lo que tiene un comienzo tendrá un final, pues nada contingente escapa a la necesidad de cesar un día, también ese universo impersonal de galaxias, astros y estrellas.

De ahí la urgencia de sabernos solidarios con todo lo creado mientras dura, como lo entendió San Francisco de Asís. Somos de lo más insignificante frente a lo insondable de lo vasto y eterno.

Nos lo recuerda a diario cada muerte ajena, como a nuestro turno serviremos de ocasión para recordarlo  a otros que nos sobrevivan.

Es una invitación simbólica del Cosmos a que caigamos en la cuenta de que en él somos meras chispas espirituales del momento en pos de un fuego duradero.

Dentro de unos días nos habremos zambullido en el bullicioso regocijo en familia y con amigos. Pero, simultáneamente ¿qué hay de los solitarios a perpetuidad, de los olvidados en las cárceles o refundidos en los hospitales, de tanto hijo del abandono que deambula por nuestras calles y pide limosnas? ¿Qué de los ciegos de nacimiento, o de los aislados de todo sonido humano por la sordera, o de los cuadripléjicos atados sin escape a su cama hasta que fallezcan? ¿Qué de los perdidos por los mares y los desiertos, qué de los huérfanos arrojados a una explotación inmisericorde y de por vida? ¿Qué de los desilusionados, de los deprimidos, de los que maquinan su autodestrucción? ¿ Qué de los moribundos de SIDA, o de los que ya no esperan de nadie perdón…?

Para ponderar tales angustias, y muchas otras que nos afligen a diario, se reservó en el calendario eclesiástico el Adviento.

Pero, además, en plan macro, ¿qué será del sol y de las demás estrellas?, ¿qué del Gran Cierre de todo lo creado tan imposible de imaginar ya sea acompañado con fuegos artificiales aniquiladores de todo, ya con un deslizarse silenciosamente hacia la negra noche y helada de los espacios infinitos…

Por eso, tras habernos detenido en esas consideraciones que nos traen de regreso a nuestra mundana realidad, refugiémonos en la siempre bella y consoladora historia del evangelista Lucas, y de un recién nacido depositado en un pesebre… porque para sus padres no había lugar en el mesón…

 

 

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