Afganistán

Por: María Pascual

 

No han acuñado los bancos suficiente moneda con que pagar la
experiencia de sobrevolar Afganistán.  Si además lo haces en
aerolíneas de soporte humanitario, es gratis, obviándose el sinsentido
de tener que abonar por lo que no tiene precio.

Sobrevolar es un ejercicio imprescindible para todo explorador de lo
infinito. La posibilidad de verse desde arriba te concede el don, al
menos momentáneo, de la clarividencia. Sobrevolar es abrir el objetivo
a plano general, abandonando la estrechez del primer plano, para
acabar descubriendo ese orden que, oculto, gobierna y rige la realidad
cotidiana.  Si la mirada microscópica te aturde al presentarte un caos
sin aparente salida, relájate con el enfoque telescópico y respira
aliviado al descubrir el verdadero tamaño de tu caos.

Y es que desde arriba nuestras trivialidades cotidianas adquieren como
por arte de magia su justa dimensión; dimensión diminuta, casi
irrelevante. Desde las alturas, fronteras de pueblos y provincias
aparecen como la ilusión que son.  Con la debida perspectiva no se
distinguen las rubias cabelleras de los tajis, de entre los hazaras de
ojos rasgados o las nevadas barbas pashtunes.  Hombres de mujeres,
empresarios de mendigos, tolerantes de fanáticos, extranjeros de
afganos. Imposible diferenciar unos de otros.  Un conjunto de
pobladores de inhóspitas tierras, compartiendo tiempos y espacios
peligrosos en un destino irremediablemente común, es la única
panorámica posible. Escalofriante verdad esa de que, sin haberlo
buscado pero sin poderlo evitar al mismo tiempo, somos nada más y nada
menos que un punto de cruz tejido para completar la creación del
universo.  Estamos irremediablemente unidos a los demás y carecemos de
sentido si no es formando parte de la ecuación matemática que explica
el conjunto.

Desde arriba no hay más codicia que la del sol, empecinado en su
inderogable gobierno de los cielos, y no se tercia más guerra que la
del eterno cambio.  Primaveras de expansión y nacimiento anteceden a
veranos de madurez y esplendorosos colores.  Otoños de cosecha y
recolecta nos encaminan sin remedio a inviernos llenos de finales y de
muertes.  Afortunado aquel que entienda la vida desde abajo con la
misma sencillez que se entiende desde arriba.

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