Al mediano plazo

AL MEDIANO PLAZO

Por: Armando de la Torre

            Con el horizonte electoral más libre de barbarie, nos sería muy útil a todos discutir con  mayor  precisión los respectivos planes de gobierno de las diferentes agrupaciones políticas en competencia.

            A diferencia de otros, creo que las campañas políticas del 2011 han sido fructíferas y aleccionadoras.  Ciertamente, nada aburridas.

            De todos los temas nuevos introducidos en el debate partidista, estimo que el de la desnutrición infantil ha sido el más previsor de todos.  En cierta medida, mérito de doña Sandra, que en absoluto la absuelve de sus demás crasos errores.

No es tan sólo cuestión del dolor y la marginación de los afectados  sino, sobre todo, de la competitividad y sobrevivencia de los potenciales adultos y de la nación entera.

Se ha martillado por varios candidatos, y con razón, así como por combativos  columnistas de opinión como César García, en la decisiva relevancia para el desarrollo de cada cual de los primeros mil cien días de vida a partir de la concepción.  Porque a los niños desnutridos se les cierra por ello, casi siempre de por vida, toda oportunidad de realizarse.  Es más, las extraordinarias tasas de cretinismo obvias en segmentos de nuestra fuerza laboral y de la administración pública deberían haberse constituido de tiempo atrás en los más poderosos incentivos para  que le hubiésemos dado a este tremendo problema social la prioridad máxima.

            Nos urgen, asímismo, más  planteamientos claros y contundentes en torno a la independencia del  poder judicial, a su decaída posición en la escala de las prioridades presupuestarías, más allá de la raquítica asignación constitucional del dos por ciento anual y por debajo de lo asignado a la única universidad estatal, y aun al deporte.  No menos hacerlo más accesible a todos con el aumento del número de juzgados y jueces, en especial en aquellos   departamentos de intensa ruralidad donde ocurren “linchamientos”, y de consolidar  su completa transparencia,  hoy más factible a través de un uso más racional de los medios digitales.

            Pero todavía importa mucho que se reitere con más vigor y energía  el compromiso de Presidentes y diputados de respetar a rajatabla la igual independencia del poder judicial con respecto  a ellos mismos, pues creo que son precisamente ellos quienes más refuerzan la impunidad generalizada en este país.  

            Aparte de recurrir a reformas de la Constitución vigente, debidas ya de tiempo atrás, habríase en el entretanto, creo yo, de liberar al Ministerio Público de la sombra de la Presidencia de la República, y de  dotar de recurrente mayor capacitación  a los fiscales, así como de  mejores herramientas para su trabajo.  

Algo parecido, aunque en escala menor, debería procurarse al respecto de la Policía Nacional y, también, por qué no, de abrirle más espacio de acción a las incipientes policías municipales.

            En cuanto al pretendido papel “rehabilitador” de las penitencierías,  permanece éste ausente de la retórica política,  en desmedro de los reclusos, sus familiares, en especial sus hijos menores de edad, y aun de sus eventuales víctimas futuras.

            El estancamiento económico, por otra parte,  merece consideración especial.

            Como insiste el Dr. Eduardo Suger, aquí parece que nada cambia.  Los cintillos de la prensa contienen  lo mismo de hace medio siglo, y las recetas sobre política fiscal y financiera avanzadas por la mayoría de los candidatos  poco se diferencian  de las recetas usuales del FMI y del Banco Mundial.

            Sólo Suger, el Dr. Harold Caballeros  y Juan Guillermo Gutiérrez han aportado el aire fresco del sentido común  a la discusión.  Pero hasta ahora nadie ha mencionado que la descapitalización de nuestra economía deriva en línea directa de nuestra pobre tradición de respeto a los derechos de propiedad por parte de los  legisladores, autoridades ejecutivas, fiscales, magistrados y jueces.  

Y que, en consecuencia, las oportunidades de trabajo en los Estados Unidos que tanto encandilan a los más ambiciosos y osados (por tanto los mejores) de entre nuestros emigrantes, se dan allá  precisamente por la previa emigración de la riqueza  generada en Guatemala, en su  justificada fuga de los políticos expropiadores entre nosotros.

Ojalá que algún día se enteren.

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