AL PASO DE LOS AÑOS…

AL PASO DE LOS AÑOS…
Por: Armando de la Torre
            Nacemos y morimos
            ¿Es eso todo?
            El Evangelio afirma que no. Ciertos exaltados evolucionistas de los Estados Unidos, en cambio, nos han venido a visitar recientemente para comunicarnos la para ellos genial novedad de que la teoría de Darwin hace innecesaria la hipótesis de un Creador. Y centran sus ataques sobre todo desde la ausencia de indicios de un “diseño inteligente” a la base de todo lo que  existe. Un reciclaje de la vieja idea epicúrea de lo fortuito a la raíz de cualquier experiencia “inteligente”.
Endeble argumento.
Para quien a priori sólo están dispuesto a aceptar la realidad de causas eficientes concatenadas mecánicamente, por supuesto que las causas “finales”, es decir, propósitos,  objetivos, intenciones, metas, aun la mera libertad al actuar, le resultan indescernibles.  
Pero para quienes permanecemos  abiertos a la realista eficacia de causas finales en cualquier cambio de nuestras rutinas diarias, o aun en las inesperadas de nuestras experiencias del cosmos, todo aquello que los griegos englobaron bajo el término de “télos” nos resulta, en cambio, todavía enteramente plausible. Desde tal ángulo, el argumento de los evolucionistas se nos muestra  lógicamente inválido.
Las llamadas ciencias “sociales” se construyen exactamente sobre el mismo supuesto:  que es imposible entender cualquier hecho histórico sin que se recurra hipotéticamente a algún diseño previo en la mente del que actuó. Y la existencia de nuestro sistema planetario, por ejemplo, es un hecho histórico dado que se sitúa en el tiempo y el espacio entre el “Big Bang” y este momento.
            Negar, pues, que todo lo que existe pueda responder a una voluntad creadora es suponer lo que en primer lugar habrían de demostrar. A esos negativos dogmáticos los asocio con aquellos positivistas lógicos de hace unas décadas que negaban de entrada la posibilidad de toda metafísica validos para ello de un principio estrictamente “metafísico”, el de la verificabilidad experimental de cualquier “verdad” que se presuma científica.
            Además, semejante posición choca con la vivencia, compartida por muchos, del sentimiento de providencia, en especial cuando hemos superado una crisis que creíamos muy grave o aun fatal.
            El mal entendido evolucionista es una negación, encima, de lo universal de lo estético, que hubo de  arrancar del salmista un día la exclamación: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos”, y de Agustín de Hipona la confesión  contrita “!Qué tarde te he conocido!”, y que Kant, a su turno, juzgó la única prueba razonable de la existencia de Dios.
            Esta ha sido la línea de razonamiento que llevó a Anselmo de Canterbury a la fe que busca “entender”, y a Kierkegaard, Rahner y Karl Barth en nuestros días a dejarse seducir por todas las  “paradojas” implícitas en el misterio de la Encarnación, y que a Chesterton hasta le hizo reconocer que a la fe de la Iglesia le “acercó lo que de ella debería haberlo alejado”.
            Hume, el agnóstico, volvió las armas de la razón contra la razón misma, y esto parece habérsele escapado a la  atención  de esos darwinianos de última hora no muy duchos en la especulación filosófica, es decir, aún prisioneros inconscientes de sus propias falacias racionales.
            Nuevo Año, nuevo lapso para planes y propósitos sólo explicables si la libertad es un rasgo distintivo de lo que constituye lo humano en el cosmos.
            Henri de Lubac, en su libro “El Drama del Humanismo ateo”, desarrolló con brillantez la tesis de que todo lo que empieza por matar a Dios acaba fatalmente por volverse contra el propio hombre. Así sucedió, no lo olvidemos, con el movimiento eugenésico que desembocó en el Holocausto.
            Una teoría de la evolución que excluye a Dios habrá de conducirnos de vuelta al mismo punto de donde arrancó: la Nada.
            Y en ese caso, Jean Paul Sartre tuvo razón al calificar la vida de cada uno de nosotros de “pasión inútil”.
            También la de los darwinistas…

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