Alvaro Ramazzini, ¿pastor, o “cacique”? (II)

Alvaro Ramazzini, ¿“Pastor” o “Cacique”? (II)

Por: Armando de la Torre

A la pregunta “¿es lícito pagar impuestos al César?” la respuesta clarividente del Señor se redujo a inquirir a su turno: “¿De quién es la imagen en esta moneda?… Del César, le respondieron…  Pues regresad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Ramazzini, como muchos otros prelados, todavía parece tener dificultades a la hora de trasladar esa lección ética, tan clara, a su propia persona. Evidentemente no entiende el tráfago de competencias y rivalidades que son propias de cualquiera sociedad moderna de división del trabajo.

Aún hoy, se le trasluce un cierto espíritu retrógrado y obsoleto, herencia de aquella presunción medieval de sobreponer los criterios de la jerarquía papal (con su espada espiritual, es decir, su poder de excomunión) por encima de las prioridades terrenas del Estado (al fin y al cabo tan sólo dotado de una espada “material”). Parece arrogantemente convencido de su superioridad intelectual en asuntos profanos (los de “este mundo”), como en parte sucedía en la Alta Edad Media, cuando los clérigos eran casi los únicos letrados en la sociedad.

Aquella controversia de antaño entre las dos “espadas” quedó zanjada cuando el rey Felipe Augusto IV de Francia (un Fidel Castro cualquiera) humilló públicamente al Papa Bonifacio VIII, un anciano de ochenta años desubicado, en Anagni (1303), Italia.

Pero semejante presunción de poder de los Papas sobre el César pareció animar todavía al corrupto Alejandro VI, cuando adjudicó soberanamente entre España y Portugal los territorios recién descubiertos allende los mares europeos (1493).  Incluso tres siglos más tarde, se repitió tal atropello  cuando la Santa Sede, por veinte años, se negó a consagrar nuevos obispos por estas mismas latitudes, como medio de presión hacia los pueblos recién independizados de las monarquías ibéricas. Peor aún, retuvo por un tiempo el triste concubinato del brazo eclesiástico con el secular, como lo había reclamado desde su instauración el Santo Oficio de la Inquisición. Me atrevería a decir que fueron ésas otras manifestaciones del mismo espíritu perverso, la arrogancia del poder, que se había estrenado con una fraudulenta “donación de Constantino” al Papa, invento de clérigos piadosos pero muy obtusos, a comienzos de la Alta Edad Media.

Con olvido del universal dicho popular: “Zapatero a tus zapatos”…

Con semejantes ambiciones de poder clerical, reiteradas en tantos otros escenarios de  este mundo, contrastan, en cambio, la mansedumbre y humildad de innumerables seguidores de Cristo en el espíritu de ese otro mundo donde El sí es Rey.

Mártires, por ejemplo, confesores, que por millares han descendido una y otra vez a los niveles de desprendimiento más allá del “buen samaritano”. Un San Francisco de Asís, que se decía hermano del sol, de la luna, del lobo, de todo lo creado, en fin. O aquellos frailes mercedarios de la Baja Edad Media, que se ofrecían voluntariamente a tomar el lugar de los cristianos atormentados en las mazmorras de Argel y demás enclaves islámicos en África del Norte. O un San Vicente de Paúl, consagrado día y noche al alivio de las víctimas más olvidadas de su tiempo, los galeotes encadenados a sus bancos en los navíos de guerra. O un San Pedro Claver, que besaba a diario las llagas purulentas de los africanos traídos contra su voluntad a Cartagena de Indias para servir de esclavos a la población blanca. O un San Juan Bosco, más cercano a nuestro tiempo, apóstol de la niñez proletaria, que llevó a millares de adolescentes hacia su triple liberación del pecado, de la ignorancia y de la miseria.  O el Padre Damián, aquel ángel erigido en protector de leprosos y menospreciados en los atolones del Pacífico y que hubo de morir, a su turno, leproso. O más reciente, el heroico Maximiliano Kolbe, que intercambió voluntariamente en Auschwitz, a sus 47 años, el turno de fusilamiento con un feligrés suyo, esposo y padre de menores de edad, bajo el pretexto de ser sacerdote “ya demasiado viejo”. O en nuestros días, esa santa Teresa quijotesca, al rescate de moribundos por las calles de Calcuta. O tantos santos curas párrocos, como el de Ars, que arañan una tierra hosca en busca de panes que multiplicar  para sus paupérrimos parroquianos. O toda esa legión incontable, en fin, de hombres y mujeres, anónimos pero profundamente agradecidos a Cristo, que le pagan su deuda de amor al llenar las horas de la humanidad de trayectorias compasivas y luminosas en la total donación de sí mismos…

Entre ellos, y en silencio, sí prefiero verlo a usted, Alvaro Ramazzini.   

(Continuará)

 

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