Alvaro Ramazzini, ¿pastor, o “cacique”? (III)


Por: Armando de la Torre

 

            Ramazzini, al igual que muchos otros prelados de Iberoamérica, adolece de un mal del que hasta cierto punto no son responsables: una formación seminarística que no incluyó ni siquiera las nociones más elementales de microeconomía, o sea, de cómo funciona un mercado libre.

 

            De un cierto prejuicio hacia ese estudio – que algunos clérigos aún consideran más bien del ámbito de lo puramente material (la creación de riqueza) -, resultó un rechazo del estudio de la ciencia económica. Por ello, jóvenes brillantes, idealistas y austeros han caído fácilmente en manos de los “falsos profetas” de la redistribución de la riqueza, quienes con toda malicia la han hecho el equivalente del entero mensaje social del Evangelio.

 

            Es una larga historia, cuyas premisas se remontan al concepto de “justicia social”, incorporado por Pío XI a la doctrina social de la Iglesia en su Encíclica “Quadragessimo Anno” (1931). Tal concepto lo soñaron por aquel entonces como una auténtica “tercera vía” entre el individualismo liberal y el colectivismo socialista, ambas, suponían, adversas a la fe. Y la aislaron de su contorno histórico inicial: el modelo fascista de Mussolini. Tan novedoso concepto de “justicia”  se propagó como fuego por un cañaveral entre los pensantes católicos de esa época.

 

Pero la inmensa tragedia que significaron todos los nacional-socialismos, indiscutible desde 1945, eliminó tal interpretación ideológica de una “tercera vía”, y los católicos se vieron reducidos a buscarla entre el marxismo-leninismo, militantemente ateo, y el capitalismo, supuestamente nada cristiano, que empezaron a calificar de “salvaje”.

 

        Hoy la situación es muy otra.

 

En el lugar de aquellos dilemas propios de la “guerra fría” se nos ofrecen las opciones menos utópicas y mucho más humanas de la democracia cristiana y de la social democracia.

 

Nos queda, sin embargo, una “tercera posible opción”, la del liberalismo humanista que empezó a gestarse inmediatamente después de la segunda guerra mundial con la fundación en Ginebra de la internacional “Mont Pélerin” (1947), a instancias principalmente de F.A. von Hayek y de otros connotados pensadores sobrevivientes del liberalismo clásico.

 

Esa escuela de pensamiento fue enormemente enriquecida por las diversas corrientes marginalistas entonces en ascenso, así como por los juristas constitucionalistas del mismo tiempo que ponían al día el concepto decimonónico del “Estado de Derecho”.

 

Tales influencias empezaron a evidenciarse en algunos guatemaltecos pensantes durante la década de los cincuenta del siglo pasado, gracias al empuje,   en primer lugar, de Manuel Ayau.

 

Pero de ello poco ha trascendido hasta ahora a las más modernas universidades católicas. Mucho menos, a los seminarios, donde se mantiene vivo en mayor o menor grado el vetusto dilema entre el liberalismo anticlerical y el catolicismo ultramontano, y que se había creído  superado durante el luminoso pontificado de León XIII (1879-1903).

 

Así las cosas, la economía de mercado aún resulta para muchos sacerdotes y obispos tan esotérica como la astrofísica más compleja para el resto de los mortales.

 

Qué lástima.

 

Con los más retrógrados se identifican nuestros autoproclamados “teólogos de la liberación”, hacia los que evidentemente asoma a su turno una discreta simpatía por parte de  algunos miembros de las jerarquías episcopales.  

 

Hemos de esperar, pues, a una nueva generación de sacerdotes y religiosos para “aggiornare” (poner al día) a nuestra Iglesia.

 

En el entretanto, ¿cuál ha sido “su costo de oportunidad”? ¿Qué han hecho Ramazzini y sus demás congéneres para superar el inmenso déficit de vocaciones en sus diócesis? ¿Dónde están los frutos de su pastoral familiar? ¿Por qué aumentan, por ejemplo, los índices altísimos de deserción paterna entre sus feligreses? ¿O por qué disminuye a todos los niveles el número de las escuelas de veras “católicas”? ¿A dónde se fue el otrora liderazgo de la Acción Católica? ¿O hacia dónde se volatilizó la devoción de  los congregantes marianos? ¿O por qué han cesado las voluminosas donaciones diocesanas a favor de tanto minusválido, de tanto niño abandonado, de tanta madre abusada, de tanto emigrante deportado, de tanto encarcelado?… Por otra parte, ¿cuántos templos han sido construidos por esos “teólogos” obsesos en minería a cielo abierto o en hidroeléctricas? ¿Cuántos hospitales, o cuántas conversiones han promovido? O, más simple, ¿qué ejemplos de virtudes nos legan? …

 

Les sugiero novedades: ¿Por qué no publican en internet el presupuesto íntegro de sus diócesis?… ¿Por qué no nos hacen accesibles a todos las fuentes de su financiamiento?

 

¿Tan escaso es el tiempo que les deja su prioritaria guerra privada contra la generación de riquezas?   

 

Quo vadis, Alvaro? …              

 

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