Años Atrás

AÑOS ATRÁS…

Por: Armando de la Torre

            Algunos columnistas de opinión se han referido a sus experiencias personales en el Berlín del “muro de la vergüenza” (1961-89). Aquí añado algunas mías…

            Yo residía relativamente lejos, en Munich, cuando empezó su construcción.  Pero al año siguiente, con dos amigos cubanos, acordamos hacer una visita “al otro lado”, para forjarnos nuestro propio juicio al respecto.

Una vez pasados los molestos controles en el Checkpoint Charlie, deambulamos por aquellas calles grises y avejentadas del Berlín Oriental. Mis primeras instantáneas: tráfico vehicular escaso, ausencia de colores, ruinas todavía por recoger, peatones cabizbajos, la mayoría  ancianos. Los pocos jóvenes visibles enfundados en uniformes de la policía o del ejército, y las únicas carcajadas las nuestras. Nada de polícromos anuncios comerciales y sí mucho de consignas monótonamente ideológicas en contra del fascismo y del histórico hostigamiento antisoviético del Occidente. El muro lo vendían, pues, como baluarte defensivo frente a la agresión, y no como lo que era en realidad: el perímetro de una prisión de máxima seguridad.  Las ventanas, por ejemplo, sobre la Bernauer Strasse, paralela al muro, selladas todas a cal y canto…

            Hacia las once entramos a un restaurante de nombre “Bucarest” para tomar una cerveza. El sitio, modesto y con pocas mesas disponibles, se hallaba, sin embargo, frecuentado.

            A los pocos minutos, un matrimonio alemán de edad madura se nos acercó para pedirnos, corteses, que compartiéramos con ellos nuestro espacio. Naturalmente accedimos gustosos, pero me permití advertirles que éramos tres cubanos que nos acabábamos de reencontrar después de mucho tiempo y que continuaríamos con nuestra conversación en castellano. De más está decir, que este detalle despertó en ellos una curiosidad insaciable por casi dos horas de preguntas y respuestas… en alemán. Nos felicitaron por la evidente “felicidad” que les transparentábamos en cuanto recién llegados de la patria socialista de Castro. Les respondimos unánimes que tanta dicha no estaba repartida por igual entre los cubanos, a lo que respondieron: “Pero si vemos en la televisión, casi a diario las entusiastas multitudes concentradas en la Plaza de la Revolución de La Habana que aclaman jubilosas al Líder Máximo”. A lo que les respondí: “Con el mismo júbilo con que ustedes vitorean a Ulbricht”, el dictador marxista de ese momento.

Y entonces el hombre exclamó: “Ach, jetzt bin Ich im Bilde”, algo así como “ya tengo claro el cuadro”. Y ambos, de inmediato, empezaron a musitar sus muchas frustraciones y angustias, acrecentadas por el infame muro. “Mut, mut”, ánimo, ánimo, los exhorté. En eso se nos acercó la mesera que les hizo una mueca discreta a nuestros interlocutores. Entonces les ofrecí mis excusas por si mis palabras los hubieran puesto en riesgo de ser delatados por aquella señorita. A lo que respondieron: “Todo lo contrario, es buena persona. Sólo quiso advertirnos” –y bajaron aún más la voz- “que alguien nos vigila desde otra mesa”.  A los pocos minutos mis amigos y yo nos retiramos, pero ellos rechazaron nuestra invitación a acompañarlos por la ciudad porque, explicaron, se quedarían media hora más precisamente para que se notara que no nos habíamos citado allí de antemano.

            En otras visitas a aquel engendro totalitario tuve experiencias siempre de la misma tónica: desesperación y miedo.

            La noche del 9 de noviembre de 1989 mi corazón saltó de alegría por todos mis apreciados alemanes de ambos lados del muro, y aún lo hace a cada aniversario.

            Una reflexión entre tantas que ahora se me agolpan en este vigésimo festejo: lo que de suyo celebramos es el derrumbe de otro demencial hechizo tejido de abstracciones de la Razón altanera, igual que las de aquellas que desataron tantos ímpetus asesinos en Robespierre, Hitler o Mao.

Y lo único que lamento es que no me será dado celebrar veinte años del fin de la misma ignominia en Cuba.

 

  

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