LA YA IMPRESCINDIBLE PAUSA NAVIDEÑA

LA YA IMPRESCINDIBLE PAUSA NAVIDEÑA

 

Armando de la Torre

 

            Nos ha llegado el tiempo de Adviento de acuerdo al calendario litúrgico, la obligada pausa previa a la de la Navidad.

Nos resulta un bienvenido respiro al trajín de todo el año, durante el que algunos días logramos desplazar lo urgente para detenernos en la contemplación de lo importante.

            Al cabo de dos mil años de reiterarlo, se nos ha hecho hoy casi tan automático e imprescindible como la respiración. Pues son unos días únicos en los que tantos afanes por sobrevivir entre los que siempre nos hallamos inmersos se nos evaporan y nos permiten arribar a un claro remanso de intimidad con Dios y con nuestros seres más queridos.

            O dicho de otra manera, se nos ha vuelto inconscientemente alimento anual del que no podemos prescindir y sin el que tampoco podemos intercambiar planes y esperanzas eminentemente humanas.

Es más, el misterio de la Navidad se nos ha comprobado como otra fuente ideal de cada vez mejores iniciativas y a nivel planetario, tales como la abolición de la esclavitud, el rechazo popular a las guerras, la suavización de la lucha de clases, la multiplicación de los planes de seguridad social e individual y los avances gigantescos de las ciencias así como de la beneficencia, tanto la pública como la privada, todo lo cual ha llevado que al final se nos haya casi triplicado la esperanza media de vida y la población mundial por ahora exponencialmente expandida hasta ocho mil millones de seres humanos. 

            Y mucho de todo lo cual también se haya contagiado al resto del mundo todavía por cristianizar, como la India, la China, el Japón, Corea y hasta por algunos rincones monoteístas islámicos. 

            Pero siempre al precio de esa advertencia del evangelista Lucas: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida…” (Lc. 21:34).

Cosas que encima, para algunos que se las dan de muy modernos –y que en realidad son muy superficiales–, pertenece al mundo de los cavernarios… Porque como asimismo nos lo sugirió el texto del otro evangelista por nombre Mateo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; (Mt. 11:29).

            Qué demás sublime e íntimo a un tiempo puede disfrutar el hombre en este “el valle de lágrimas” como a su turno también lo aludiera esa otra preciosa oración medieval de la Salve que de niño yo cantaba en un coro:

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra. 

Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre…

Amén

 

            Incluso ya nos lo había prometido siete siglo antes del mismo Cristo otro apasionado por la verdad y la justicia de nombre Jeremías: “Mirad que días vienen –oráculo de Yahveh– en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: «Yahveh, justicia nuestra.»” (Jeremías 33:14-16).

¡Qué imprevisto alivio! ¡Cuán “dulce júbilo”!, también como así nos lo dulcificara un precioso motete medieval que alternaba el latín y el alemán y retocado mucho más tarde por nadie menos que Juan Sebastián Bach:

Con dulce júbilo
Ahora cantad y alegraos

Miel para nuestros corazones
Descansa en el pesebre
y brilla como el sol

en el regazo de la madre

Nuestro Alfa y Omega…

 

            ¡Cuán consolador todo esto para la felicidad no menos de otros! Porque se ha cumplido la promesa de Isaías: “Ciertamente consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto.” (Isaías 51:3).

            Aunque desdibujada en aquel entonces entre las sombras de la cueva de Belén ya se hubiese asomado ominosamente en la pared alguna figura en forma de cruz…

            Pero el gozo tampoco se agota en todo lo dicho, porque se ha constituido, encima, prenuncio de otro muchísimo más trascendente y duradero: el que nos acompañará por toda una eternidad aunque derivado de esa misteriosa sombra en forma de cruz.

            O como mucho más bellamente lo expresara aquel que sus contemporáneos llamaron “el monstruo de la naturaleza”, Lope de Vega:

Yo vengo de ver, Antón,
un niño en pobrezas tales,
que le di para pañales
las telas del corazón.

 

            ¡Oh Navidad, siempre nueva y siempre la misma hasta el inevitable final!

 

             Y aunque por el neopaganismo de nuestros días seamos contagiados por la ceguera interior de nuestras almas que solo alcanzan a entrever tales pináculos de la Fe revelada, el Bien siempre termina por triunfar sobre todo mal, como nos lo recuerdan año con año las lágrimas de Pedro y la desesperación de Judas. O como más definitivamente nos lo sugirió  Pablo, el apóstol, en su carta a los romanos: “No te des por vencido de lo malo, sino vence siempre con el Bien al Mal.” (Rom. 12:21)

            ¡Aleluya!

EL SOL AHORA SALE POR EL SUR

EL SOL AHORA SALE POR EL SUR

 

Armando de la Torre

 

            La República de Chile es la nación-Estado de nuestra Iberoamérica que se me antoja a un tiempo la más lograda y también la más exótica de todas nuestras repúblicas vistas desde este viejo suelo de los mayas que es Guatemala.

Sobre sus más remotos orígenes aprendí en mi infancia en la escuela francesa, en la que fui educado en Cuba hace ya muchas décadas, a propósito de la famosa relación histórica de Alonso de Ercilla “La Araucana”.

La imagen permanente que de Chile retengo es la de una franja en parte arenosa y muy alargada, pero en parte también de un espléndido alpino de bosques y cumbres nevadas, a un costado de América del Sur. Pero asimismo de tiempos más recientes, la de una sociedad dinámica y pionera en todas las dimensiones de la gobernanza más exitosa.

            La he visitado en diversas ocasiones y también he disfrutado de la amistad con algunos de sus prominentes hijos. Pero en este momento me fascina desde muy lejos un personaje relativamente inédito por estas latitudes más septentrionales, la de José Antonio Kast.  

            No es uno más de los famosos “Chicago Boys” de quienes se valió Arnold Herberger para impulsar a Chile a la vanguardia del desarrollo económico-social contemporáneo a nivel mundial, ni tampoco me quiero limitar a una mención exclusiva del genio del seguro social, José Piñera, pero sí me parece Kast una de las promesas más impresionantes de la generación de pensantes chilenos subsiguiente a aquellos otros.

            Se trata de todo un hombre, y recalco lo de todo, insólito para estos tiempos de generalizada ambigüedad sexual y permisiva decadencia moral.

            Kast es hijo de inmigrantes alemanes como tantos otros en ese país, de sólida profesión católica al mismo tiempo que filosóficamente un liberal clásico ortodoxo y bien documentado, quien por apoyarse deliberadamente en un Absoluto encarna el ideal muy escaso por estos días del hombre de carácter, es decir, de convicciones morales muy firmes, lo que tanto brilla por su ausencia en tantos ámbitos que nos son de lejos y de tan cerca contemporáneos.

Egresado de la excelente Pontificia Universidad Católica de Chile con un título de abogado, se ha destacado también en los afanes cívicos posteriores al Presidente Augusto Pinochet, y ha sabido mantener su distancia, encima, de todos los vaivenes ideológicos diseminados entre los católicos por esos simplistas teólogos de la Liberación, y proscritos según el espíritu de las Instrucciones de Juan Pablo II, “Libertatis Nuntius” y “Libertatis Conscientia” de 1984.

Es más, en esa posición se mantiene al tiempo de estar la Iglesia Católica presidida por un Sumo Pontífice, el Papa Francisco, de vecino origen argentino, y que ha mostrado en múltiples ocasiones compartir esas mismas preocupaciones por los más pobres, pero con un cierto olvido de las soluciones que puede aportar para su alivio la economía de mercado, como lo confirma su muy reciente aprobación del texto “Oeconomicae et pecuniariae quaestiones, consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y monetario”, entre las que no hace mención de una sola autoridad internacionalmente reconocida en materia pecuniaria y sí, en cambio, alude a otros autores cercanos al clero pero totalmente ayunos de prestigio profesional entre los laicos.      

En las elecciones del 2017 que llevaron al poder por segunda vez a Sebastián Piñera, Kast obtuvo casi un ocho por ciento de los sufragios, muy notable logro para un líder nuevo e independiente y que así se ha dejado vislumbrar como un promisorio candidato para el 2021. Buen perdedor, en segunda vuelta le pasó su apoyo a la agrupación política presidida por Piñera, aunque también le pidió explícitamente una mayor atención a ciertos principios y valores eminentemente cristianos como los de la defensa de la vida (en contra del aborto indiscriminado y arbitrario), y el que pusiera también un énfasis mayor en la protección de la familia nuclear.  

Un hombre que ha jugado públicamente dentro de la más estricta observancia de las reglas electorales democráticas y que tampoco ha mostrado incluso temor alguno a ser identificado, por cierto, como lo fue Hayek respecto a Oliveira Salazar y Pinochet, con personajes autoritarios u otros mal vistos desde la ortodoxia socializante como esa de nuestros días que condena apasionadamente a Donald Trump o a Jair Bolsonaro.

No menos un hombre de paz, que sabe respetar la función de los militares para la defensa del orden constitucional y que no guarda rencor alguno hacia contendientes electorales de signos opuesto al suyo cuando les favorece el triunfo.

Asimismo, todo un hombre que propone una igualdad tributaria sensata y compasiva al tiempo de una reducción burocrática en el Estado, y con presupuestos equilibrados y por tanto en nada deficitarios y onerosos como deuda pública.

Igualmente incluye en su programa la disminución de la desorbitada burocracia estatal, del número de ministerios al tiempo que se retendría la estabilidad monetaria, medidas todas que nos vendrían también en Guatemala como anillo al dedo.   

Un personaje insólito y que solo ha podido florecer en una sociedad civilizada y tolerante como la chilena de hoy, o como lo fuera otrora la de Diego Portales, el impulsor en 1833 de la primera Constitución en nuestra América acorde con los lineamientos del más puro liberalismo clásico.

Ejemplos y esperanzas para quienes todavía nos debatimos en las incertidumbres propias de la ausencia de un Estado de Derecho y las arbitrariedades inevitables que se derivan del positivismo jurídico imperante.

Sigámosle desde lejos la pista, porque nos puede ser faro para una más justa y próspera Guatemala del futuro.                      

José Antonio Kast, un regalo oportunísimo que nos llega desde el frígido Sur americano.

LA REVOLUCIÓN “TRUMP” PROSIGUE SU CURSO

LA REVOLUCIÓN “TRUMP” PROSIGUE SU CURSO

 

Armando de la Torre

 

            Pero con algunos retoques.

            Los Demócratas recuperaron en control de la Cámara baja, la encargada exclusiva del entero presupuesto federal, lo que entrañará muy probablemente que se demore o se suspenda la construcción del muro anti-inmigrantes ilegales en la frontera sur con México. Pero el Senado permanece en manos Republicanas, lo que promete una mayor estabilidad a largo plazo en lo que más importa: el poder de dispensar justicia.

            Dicho de otra manera, se le ha dado otro respiro al corto plazo al Establishment Atlántico, el barómetro universal desde 1945 de lo políticamente correcto, y surgido tras la derrota demoledora de los totalitarismos a manos de las democracias occidentales con el final de la Segunda Guerra Mundial.

Pero otra revolución no menos significativa al largo plazo parece ser la muy reciente protesta de Trump, y también simultáneamente en ambas riberas del Atlántico, al reforzar los republicanos ese su control del Senado, el poder legítimo a cuyo cargo queda exclusivamente la designación o aprobación de magistrados y jueces a escala federal.   

            Lo cual confirma la escisión fundamental del Occidente otrora cristiano entre partes casi iguales numéricamente: la de los renovados propulsores del Estado de Derecho frente a los nihilistas militantes, para quienes en el mundo de los valores todo vale por igual.

            El máximo desafío de nuestros días.

            Lo más intrigante hoy nos es que ese movimiento estabilizador en nuestro hemisferio lo encabezan individuos carismáticos y de carácter rudo, mientras que lo opuesto responde más bien a movimientos de masas anárquicas y sin claridad conceptual alguna, o sea las contagiadas de un relativismo universal.

Pero si la historia nos ha enseñado algo nos queda claro que los individuos de convicciones firmes siempre terminan por imponerse a las masas amorfas y sin rumbos conceptuales sólidos.

            Trump en dos años se ha mostrado inesperadamente como suele suceder en cuanto uno de tales protagonistas de la historia. Algo también muy parecido acaece desde hace poco tiempo entre las naciones-Estados del Oriente europeo. Y por lo cual, no menos surgido de la nada lo mismo empieza a asomarse, reitero, en el país por antonomasia de la samba y de la dolce vita, nuestro polícromo Brasil.

            Tiempos de veras estimulantes, pues se insinúan como los estertores del parto de un mundo nuevo y viejo a la vez.

            Pero ¿de cuál catadura? ¿Autoritaria o democrática? ¿Iluminadora o enceguecedora?…

            Por ahora, todavía nos resulta algo nebulosa, como cualquiera otra corriente que vislumbramos agitarse bajo el prisma digital de la tecnología contemporánea.  

            Sin embargo, repito, si de algo nos puede valer la historia universal, no son las masas alocadas tras el placer y sin control de sus conciencias las que siempre terminan por imponerse, sino todo lo contrario, los individuos de perfiles definidos aun cuando adustos. En tal supuesto, el futuro inmediato se me antoja pertenecer a los Trumps de cualquier latitud geográfica.

            Esto último se puede interpretar como la revancha del sentido común ante las lucubraciones filosóficas de los mejor instruidos universitarios.

            Y lo que más me llama la atención de estos vuelcos repentinos es que en la era de los vuelos espaciales y de las comunicaciones instantáneas el eterno drama entre lo bueno y lo malo se desenvuelva ante nuestros ojos atónitos de manera igual que todos aquellos otros mundos que nos han precedido: pues las personalidades de carácter siempre terminan por arrastrar por el lodo a la multitudes hedonistas y a sus caudillos, aunque a precios humanos a veces intolerables. Tal, por ejemplo, como el de las epidemias contemporáneas de los opiáceos en el osadamente llamado mundo más desarrollado.

¿O acaso ya nos hemos olvidado de los tiempos de nuestra infancia, aquellos de las purgas soviéticas o del de los campos de concentración de Hitler?

            No creo, por otra parte, que esos deprimentes espectáculos estén de nuevo a la vuelta de la esquina. Más bien creo posible todo lo contrario, un mundo más apacible pero también seducible por la retórica varonil de cualquier caudillo muy seguro de sí con el suficiente sentido común igual al de quienes se ganan el pan diario con el sudor de sus frentes.

            O sea, cuestión de carácter.

            Pero lo que más atónito me deja es que los Trumps y los Bolsonaros hayan florecido en el océano tan licencioso y proclive al ocio de las masas poco perseverantes y de escasa voluntad espontanea para el autosacrificio. Masas, por otra parte, paradójicamente las más letradas en sus localidades respectivas.

            La cultura de las masas, entonces, ¿a remolque de los tirones de cualquier bocón?  

            Sí y no, como si la historia fuese regida por un sino caudillista fatal, de personalidades arrolladoras como lo reconociera el historiador británico Thomas Carlyle, y que nos hacen pagar las licencias gratuitas del hoy con los golpes dolorosos del mañana.

            Y si no queremos ahora tal mañana, mejor aprestémonos a consolidar nuestros valores individuales de sentido común, que incluyen los de familia y civismo.

            Así también se puede entender ese énfasis inesperado de Trump en el “norteamericano olvidado”, aquel forjador de las revoluciones industriales y de la agricultura súper eficiente durante los últimos dos siglos, los que domesticaron la furia de los vientos y el calor de las máquinas que resultaron en hacer a Norteamérica “grande” por primera vez.

            Tiempo de Adviento, tiempo de reflexión.

LA FORMACIÓN DE NUESTROS JURISTAS

LA FORMACIÓN DE NUESTROS JURISTAS

 

Armando de la Torre

 

Una osada incursión por mi parte dado que nunca he obtenido el título de esa especialización universitaria porque me retiré de tales estudios en el tercer año de los mismos durante el lapso que estuve matriculado en la Universidad de la Habana ya que me convencí que ese no era mi camino, en particular tras haber tropezado con el curso de Derecho Administrativo y entonces preferí pasarme a los estudios más humanísticos y filosóficos dentro de las aulas de la Compañía de Jesús.

Tras esta breve aclaración, me permito añadir que siempre ha permanecido conmigo un interés profundo por ampliar lo aprendido en ciertos cursos tomados durante aquella ya mi lejana juventud como, por ejemplo, los de la Teoría General del Estado, el del Derecho Constitucional, o los del Derecho Romano y los de la Historia y Filosofía del Derecho. Cursos que me fueron complementados más tarde por los de la Ética, los de la Filosofía escolástica y los posteriores de Teología, tomados ulteriormente en la Universidad de Comillas, España, y complementados en Francfort, Alemania.

Y así, de nuevo ya en los Estados Unidos, pude enriquecerlos con el del Análisis Económico del Derecho, con el Derecho Comparado y, una vez en Guatemala, con el Derecho Penal Internacional reciente… y sigo de alumno.

Como muchos otros algo iluso, la pasión por la justicia me ha sido una constante algo ensombrecida por mis errores y por otras limitaciones personales.

Y así me encuentro ahora, después de peregrinar por ambas riberas del Atlántico, y haber anclado en esta bellísima tierra de Guatemala, la que me ha resultado por demás corporalmente la más favorable durante casi medio siglo de mi permanencia en ella.

Dados todos esos antecedentes, mal que bien por ellos me apasiona en la hora actual el tema concreto del episodio de la CICIG sufrido por mis queridos guatemaltecos. Porque en todo ello creo discernir la debilidad de los fundamentos de la práctica jurídica de hoy en casi toda nuestra América hispana.   

Por eso a Guatemala, como al resto del continente, la veo muy urgida de una profunda revisión ética, no menos que jurídica, para la formación de nuestros jueces y magistrados. Y hasta lo creo muy probable.

Porque décadas atrás defendí la tesis, y de la que puede ser testigo y corroborador mi amigo y colega en estas mismas páginas el doctor Roberto Blum, de que este rincón privilegiado de las américas pudiera estar llamado a repetir para el resto de nuestro hemisferio, salvados tiempos y distancias, el milagro asombroso de lo que fue la Atenas clásica para el resto del continente europeo.

Pues aquella Atenas rudimentaria y tosca del siglo octavo antes de Cristo, cuando los invasores Aqueos la consideraron ni siquiera digna de someterla y conquistarla por la fuerza, tre siglos después se trasmutó en la luz del Occidente.

¿De dónde ésta audacia por mi parte?

Simplemente del hecho que he aprendido que la libertad personal de los humanos hace del todo impredecible dónde y cuándo se producirá la respuesta a cada desafío que nos es inevitablemente decisivo, como nos lo ilustrara ha mediado del siglo pasado el historiador de Oxford, Arnold Toynbee.

Aunque siempre condicionado por otro prerrequisito: el del respeto a esa libertad individual de expresión y de creación por parte de los poderosos hacia aquellos que les son subordinados. Porque esta libertad es la única clave digna de ser tenida en cuenta. Lo demás, la abundancia de recursos naturales, el crecimiento demográfico, el flujo de las inversiones o hasta los arrebatos de la naturaleza con sus terremotos y sequías, me resultan muy secundarios.   

Y así, ¿quién hubiera podido predecir para más tarde aquel otro milagro que fue la República romana o, ese salto relampagueante del Japón contemporáneo, o hasta la resurrección de un Israel tras casi dos milenios de una muerte certificada, o de tantas revoluciones que siempre nos han pillado por sorpresa, las agrarias, las urbanas, las comerciales, las industriales, las científicas, las religiosas y hasta las tecnológicas de las que está tejida nuestra historia universal?

¡Nadie y nunca!

Otra constante ha sido por otra parte la previa confianza en sí mismos de sus autores, un déficit que noto, sea dicho de paso, en muchos guatemaltecos. O de lo que le equivale: saberse capaz de innovar y emprender exitosamente.     

Aunque en lo muy personal, mantengo que el prototipo de todas las revoluciones la constituyó aquella encarnada, hace dos mil años, en un intrépido artesano de la Galilea romana, Jesús de Nazaret, aun cuando esto también requiera de un acto de fe que algunos rehúsan profesar.

Sin embargo, independientemente de tal acto de fe, aquel momento trascendental centrado en la figura de un paupérrimo judío constituye hoy el punto de arranque para el calendario mundial.  

Por todo lo cual reitero que Guatemala también podría constituirse en otra sorpresa mayúscula de la historia para el mundo por venir.

Disponemos de lo mínimo: de hombres y mujeres talentosos y decididos, de una posición geográfica envidiable, y de suficiente recursos naturales.

Y la coyuntura histórica nos lo hace más propicio.

De nuevo, solo nos falta la chispa sobre la que nos advirtiera tan bellamente Gustavo Adolfo Becker en su oda al Arpa, una voz estentórea que nos grite: “¡Levántate y anda!”.

Algo de esto podría esperarse aun al corto plazo, por ejemplo, en cualquier proceso electoral; o lo mismo para dentro de un millón.

Sobre tales supuestos reitero: Guatemala podría sernos otra sorpresa transformadora para todos nosotros, los Cro-Magnones que llevamos cuarenta mil años de deambular a golpes por este bello y tan único planeta.

Y así, esa voz de que nos hablara Becker habría de tener hoy un timbre eminentemente jurídico, es decir, de erigirse como el criterio máximo de nuestra responsabilidad personal.

Y alrededor de tal eje habría de girar toda la enseñanza del Derecho, esa imprescindible articulación normativa para la consecución de la justicia entre todos, que no es lo mismo que memorizar códigos. Tampoco que teorizar de espaldas a la experiencia, ni mucho menos aplicar a pie juntillas la interpretación mecánica de la letra de la ley, siempre dictada por hombres no menos falibles que nosotros mismos, sino de su espíritu.  

Así el Derecho devendría lo más civilizador, y cada violación al mismo lo más rechazable.          

Hemos, por tanto, de principiar siempre por nosotros a aferrarnos en lo personal a esa voluntad recia de justicia, capaz de reconocerle a cada uno lo suyo aunque nos duela.

Porque, “Dura lex sed lex”.

Y esa actitud no se improvisa, sino que requiere de muchos años de ensayos y equivocaciones, de  lágrimas y  así mismo de logros a puro esfuerzo, no menos que de una mente disciplinada y educada en los valores supremos del espíritu.     

Si tantos otros lo han logrado, ¿por qué no nosotros?

La receta como nos la resumió un estadista: “sangre, sudor y lágrimas”. Esa fórmula ideal para hacernos en cuanto “pueblo” y en cuanto “personas”, plenamente adultos.

OTRA LECCIÓN PARA TODOS DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

OTRA LECCIÓN PARA TODOS

DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

 

Armando de la Torre

 

            De nuevo otra lección de talla histórica que nos llegó a todos, guatemaltecos o no guatemaltecos, desde allá hace tan solo tres semanas: la elevación a la Corte Suprema de Justica de los EE.UU de un pensante objetado por las masas impulsivas que nada relevante para la dispensación de la justicia equivocadamente lo juzgaban. Error típico, por otra parte, de tantos analfabetas en materia de principios y que suponen alocadamente que cada uno de sus alarido es un argumento lógico.  

En realidad, el más hondo significado de este hecho histórico, por otra parte, no se da entre nosotros, los humanos, nada tan sublime como el logro acertado de la dispensación de la justicia.   

Y que por eso mismo, nos habría de ser siempre el más deseado, aunque también el más arduo, de los emprendimientos humanos, al contrario de esa ligereza que habitualmente mostramos al respecto.     

            Los Estados Unidos de América todavía nos son el experimento social y jurídico más grandioso, aunque no menos el más incomprendido hasta por ellos mismo, del mundo moderno.

Sus inicios fueron poco promisorios y más bien ominosos, primero en Roanoke y después en Jamestown, hacia fines del siglo XVI y a los comienzos del XVII respectivamente. Pues por aquellos años la dinastía reinante de la Inglaterra de los Estuardo era muy débil militar y financieramente en comparación a las de los Habsburgos en Austria y España y a los Borbones en Francia, que monopolizaban los primeros el oro y la plata de América. Nada beneficioso, por tanto, para aquellos primeros colonizadores anglosajones, desharrapados, que pusieron pie por primera vez en el continente americano. Ello forzó a la corona británica a valerse de recursos ajenos mediante contratos con sociedades privadas y autónomas que colonizarían en nombre del Rey esas nuevas tierras.

Ventaja monumental en su momento no reconocida para aquellos primeros grupúsculos de aventureros que se lanzaron a la colonización sucesiva primero de Virginia y después de Massachusetts, abrumadoramente de religión o anglicana o puritana que hubieron de aprender así muy dolorosamente el noble saber del autogobierno.  

Por eso, el primer grito de independencia contra la autoridad imperial de algunos de los reyes del Occidente de Europa brotó entre esos mismos pioneros, que habrían de ser imitados medio siglo más tarde por nuestros antepasados hispanoamericanos con poca o ninguna preparación para el autogobierno.

            Una interesantísima eventualidad, comparable con la de los siglos clásicos de Grecia y Roma, pero muy en lo especial de aquella de la Atenas comerciante y librepensadora del siglo V antes de Cristo de la que también se alimentan todavía nuestra memoria histórica.

            Y así, la América del Norte aún permanece como el prototipo del autogobierno moderno, no siempre el de los más ilustrados pero sí el de los más innovadores y productivos. Aún más, asímismo permanece como la punta de lanza desde las revoluciones industriales y también políticas del entero planeta, incluso cuando ya algunos anticipaban creerla en los primeros pasos de una supuestamente inevitable decadencia imperial.  

            Pero todo esto confirma una vez más que, las sorpresas y los logros de la libertad individual nos son siempre al final imprevisibles y por lo tanto inesperadas. Ellos mismos son quienes nos aleccionan sobre que la justicia inevitablemente importa porque es la piedra angular para el enérgico progreso de toda sociedad de hombres y mujeres libres.

            No esa “justicia positiva” del Gran Hermano; tampoco la que imaginan las turbas en las calles, sino simplemente la más propia del pueblo: la del sentido común. Ya nos sea transmitida localmente por la costumbre o estimulada por las reflexiones lógicas de los mejores conocedores de nuestra naturaleza humana.

De regreso a nuestro mundo contemporáneo: el nombramiento en cuanto juez asociado para la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de América del jurista BrettKavanaugh acaba de constituir una vez más un ejemplo para lo que aquí quiero reiterar: que no hay mayor injusticia desde el inicio que la de negarle a cualquiera la presunción de inocencia mientras no se le haya probado lo contrario.

Como precisamente entre nosotros ha procedido con total impunidad, ¡y por once años!, esa banda de ineptos llamada CICIG, y de la que hemos sido indirectamente chivos expiatorios todos quienes habitamos en este territorio.

            Porque la justicia, pues, se ha demostrado como lo que humana y divinamente más importa.

Y también, por eso mismo, lo que nos es más difícil de alcanzar.

Por eso mantengo que constituye un crimen de lesa humanidad entregar a ciegas su impartición a cualquier leguleyo simplemente porque se halle en posesión de un diploma universitario otorgado por otros en el fondo no menos leguleyos. Porque la probidad en un juzgador supone muchos sacrificados años de estudios y de otras no menos interminables renuncias públicamente verificables al propio bienestar.

            La justicia así deviene la joya y la corona suprema de todo lo meramente humano, en cuanto reflejo incluso de lo divino.     

Su menosprecio siempre conduce al Gólgota, y para mí hoy constituye el supremo argumento de por qué todos, tarde o temprano, nos hallamos necesitados del apoyo de un Absoluto, el único que no necesita de evidenciación alguna porque constituye precisamente el criterio para corroborar cualquiera verdad.      

            Y así, el juez Kavanaugh acaba de ser formalmente instalado en la Corte “Suprema” de Justicia de nuestro vecino del Norte, a pesar de la rabiosa oposición en las calles y hasta en el mismo capitolio, la Casa supuestamente por excelencia del Pueblo, y por parte de aquellos Padres Fundadores de una “más perfecta Unión”, explícitamente eran los que más temían: “the mobe rule”, traducible como la justicia desde la calle o por la plebe.

De ahí también la ventaja que se nos comparte gratuitamente de escarmentar en cabeza ajena.

Y en este sentido, nosotros muchas veces ni siquiera hemos podido aprovechar de esas experiencias porque no estamos expuestos a tales eventualidades dado que la “administración” de la justicia ha quedado reservada con exclusividad (pretextada en esa filosofía altanera e inhumana del positivismo jurídico) a un grupillo de funcionarios del Estado identificables como “Magistrados, Jueces y Fiscales”, sin posible participación alguna del pueblo llano, como sí, por cierto, ocurre en esas otras partes con la institución del Jurado.

            Y así ha venido a resultar que aquella otra “dictadura de los jueces consuetudinarios”, de la que tanto se quejaron a su turno nuestros tatarabuelos del siglo XVIII, ha sido reconstituida por nosotros mismos, sus tataranietos, en la forma de la monopólica dispensación de la justicia por unos pocos y mal formados funcionarios del Estado.

            Con total olvido de aquel otro llamado sapientísimo del Profeta: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8).   

LA MEJOR HORA DE GUATEMALA

LA MEJOR HORA DE GUATEMALA

 

Armando de la Torre

 

            El Presidente Jimmy Morales restauró hace menos de tres semana el honor de Guatemala en el pleno de las Naciones Unidas, mancillado a instancias de sus peores hijos.  

            Algo que no dijo en su breve pero magnífica presentación ante las Naciones Unidas y que yo me permito recordar a todos desde aquí es que esa reciente desgracia nacional llamada CICIG tan degradante, y sufrida por todos los buenos guatemaltecos desde 2007, es que tal tragedia infamante era fácilmente de esperar al momento de la suscripción el acuerdo. Esperar otro resultado fue una ilusión infantil.  

Realmente, para mí algo del todo inconcebible.  

            La soberanía nacional constituye de hecho un escudo colectivo de valor inapreciable para todos y cada uno de quienes vivimos en esta bellísima tierra.

El fenómeno de la soberanía nacional ahora tan poco apreciado por quienes se creen ser mejores entendedores de la actualidad internacional se inició a partir de la segunda década del siglo XIII y desde la Francia del maquiavélico Felipe Augusto IV.

Dos siglos después, Francisco I, logró por la pluma de Bodin consolidar esa soberanía que empezó a proyectar a toda la Europa absolutista de entonces en contra del tradicionalmente férreo yugo uniformador de la Iglesia Católica medieval.

El posterior surgimiento de los ideales democráticos en la Inglaterra soberana de John Locke y de los republicanos en la Francia no menos soberana de Voltaire hubo de ser heredado también hasta por nuestra América independentista con las figuras de Bolívar y San Martín.

Y de esa manera por otros dos siglos el ideal de la soberanía de todo Estado nacional vino a hacerse aceleradamente regla universal tras la victoria de los aliados en la Primera Guerra Mundial. El proceso subsiguiente de descolonización generalizada desde la Segunda pareció haber cimentado universalmente el respeto por todos a la soberanía de cada pueblo organizado en Estado.

            Pero lamentablemente no para esta nueva Guatemala incubada bajo Vinicio Cerezo hasta el presente. Pues desde 1986 Guatemala se volvió irresponsablemente un Estado pordiosero, donde se ha hecho total realidad el vaticinio inteligente de Juan José Arévalo a fines de la década de los cuarenta: “si acepto ayuda económica del extranjero, con una mano embolso esa ayuda y con la otra entrego nuestra soberanía”.

            Algunos embajadores (el del Canadá me lo reiteró personalmente hace pocos años) ahora afirman que la defensa de esa soberanía tan costosamente lograda tras milenios de lágrimas y de mucha sangre es cosa del pasado, sobretodo de aquel siglo XIX tan teñido de colonialismos europeos, pero que hoy ya no es un problema serio, cuando las Naciones Unidas se han erigido en una sociedad de iguales.

            Falso de toda falsedad.

            El poder siempre tiende a corromper, y así, hoy únicamente los cinco más poderosos entre los ciento noventa y cuatro miembros en teoría soberanos gozan del privilegio soberano del veto hacia todo lo que les pueda afectar. Y de esa manera los Estados Unidos y la Unión Soviética pudieron dictar desde allí alternativamente y durante medio siglo la agenda mundial a seguir por todos, mantos imperiales que hoy la China Popular y los Estados Unidos de nuevo se disputan con crudeza creciente. De hecho, todos los demás nos hemos vuelto a ser otra vez meras comparsas.  

            Así se explica que un portugués ramplón y vanidoso le pudiera decir hace unas semanas a todo un Presidente guatemalteco electo por la gran mayoría de sus conciudadanos que solo le concedía graciosamente diez minutos para oír sus quejas respecto a la CICIG. Por supuesto, tal grosero y engreído patán burocrático ha sido elocuentemente por algún tiempo Secretario General de la Internacional Socialista, es decir, de la corriente más autoritaria de la izquierda organizada que todavía sobrevive, con la adoración usual por parte de Edgar Gutiérrez, Eduardo Stein, Helen Mack, Todd Robinson y otros ejemplares del atraso local.               

            Todo esto, además, en oposición al viejo y sapientísimo adagio de que “el gobierno más cercano al pueblo es el mejor”.  

            A manera de evidencia histórica me permito recordar aquí a mis lectores aquel episodio fundante de nuestro entero Occidente del siglo V antes de Cristo de las magníficas y resonantes victorias de las polis griegas en Maratón y Salamina, pobres y desunidas entre sí pero políticamente soberanas, y por tanto constituidas por ciudadanos conscientes, es decir, por hombres libres y autónomos para todo lo que les concernía en derechos y obligaciones, frente a aquel vasto Imperio autocrático, opulento, monolítico y tan estable, de los persas.

            Aquella experiencia helénica, duplicada más tarde por las tribus germánicas sobre Roma, las hordas mongólicas y los raudos vikingos, además de las experiencias vividas por las ciudades-Estado italianas del Renacimiento, preparó el camino para que al término de la Segunda Guerra Mundial se reconociera por todos el respeto a la respectiva soberanías de cada cual por medio de la creación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945 en San Francisco de California.

Una organización que hipotéticamente abraza a todos los Estados soberanos por igual y que pondría fin así a todas las guerras.

Ilusos ilustres, entre ellos Dag Hammarskjöld, su segundo Secretario General, alimentaron en todos nosotros esa ilusión de aquel entonces.

Pero la realidad humana se impuso de nuevo en la persona de José Stalin y de sus seguidores en el poder absoluto hasta la caída del muro de Berlín en 1989.

Desde entonces, de nuevo muy de lamentar, ciertas fuerzas ocultas y degradantes propugnan por un regreso a una voz única, la de un “Gran Hermano” mundial, como lo vaticinara George Orwell a fines de la década de los cuarenta del siglo pasado en su magnífico ensayo “1984”.

Esta predilección cada vez más acentuada por subordinar nuestras respectivas soberanías nacionales a un ente supranacional, digamos la UMA islámica o la ONU supuestamente igualitaria, se empeñan en realidad en consolidar los poderes hegemónicos de algunos pocos sobre los más. Por ejemplo, de los del Foro de Sao Paulo o hasta de una monarca subrepticio absoluto de nombre George Soros.

Por eso tampoco no hemos de olvidar que “el precio de la libertad es una eterna vigilancia”.

La victoria por parte de Guatemala sobre tantas tenebrosas tendencias imperialistas lo ha constituido ese último discurso del Presidente Morales ante la ONU. Y por eso lo felicito de todo corazón.

¡Viva para siempre la soberanía de los pueblos, y en primer lugar la del guatemalteco!

EL MEOLLO DEL PROBLEMA “CICIG”

EL MEOLLO DEL PROBLEMA “CICIG”

 

Armando de la Torre

 

            Durante mis largos años de estudio se me ha consolidado la convicción de que la administración de la justicia es la única obligación prioritaria y soberana del Estado y de todo ciudadano en lo particular. Es más, en lo “equitativo” para ambas partes, es decir, que ambas ganen, se halla la raíz última de la eficacia de cualquier contrato.  

            Ni la salud pública, ni la educación nacional, ni aun la defensa territorial del mismo Estado, como tampoco su red de comunicaciones, ni aun el presupuesto de gastos e ingresos de la entera Nación, ni hasta la facultad  de emitir leyes iguales para todos por el Congreso, son equiparables en importancia y trascendencia a la urgente necesidad universal de que se haga justicia.

Simplificando al máximo hago mías la sabia alternativa de San Agustín en su obra “La Ciudad de Dios”: “Sin justica que son los pueblos sino bandas de ladrones” (Capítulo 4, Libro IV).

            Ningún otro empeño tan enorme y difícil para cualquier humano como la de intentar hacer justicia entre las partes involucradas. Es más, su dispensación la creo como la ambición más audaz, si no alocada, para nuestra humana naturaleza caída.

            Y, empero, estamos obligados en conciencia a procurarla con la máxima seriedad y entereza que nos sea posible.  

            Muy particularmente entre nosotros en el Occidente el hambre de justicia ha sido lo más prioritario en la vida social, y no menos hoy, desde aquellos pocos excepcionales hombres en la periferia del pueblo hebreo identificados como “Profetas”: Amos, por ejemplo, Miqueas u Oseas.

            Por la otra mitad de nuestra progenie cultural, la griega, para Platón la búsqueda de la justicia es el deber supremo de toda sociedad civilizada. Y para los romanos que les sucedieron, la justicia fue el sello imprescindible de toda verdadera República.

Asímismo para los teólogos medievales, Santo Tomás de Aquino a la cabeza, era la virtud de la justicia la suprema entre las cardinales. De la misma manera lo fue para los grandes jurisconsultos racionalistas a principios del siglo XVII, Samuel Pufendorf y Hugo Grocio, por ejemplo, la justicia es la puerta de acceso a la paz entre los hombres. Y otro de ellos, Emmanuel Kant, hasta la elevó al imperativo categórico supremo.

            De igual manera la práctica universal de la justicia, y la paz que de ella necesariamente se deriva, habrían de constituir el objetivo último de los esfuerzos en toda sociedad tolerante y digna para John Locke, Montesquieu y Rousseau.

            Y así, la práctica de la justicia ha devenido en el termómetro mundial de buena salud para toda sociedad de veras civilizada desde esa perspectiva que hoy llamamos el “Estado de Derecho” (el Rechtsstaat). Así lo concibieron inicialmente los grandes juristas alemanes de mediados del siglo XIX, más allá de toda Constitución escrita, y con el que además quisieron traducir a su idioma aquel término originalmente muy anglosajón de “The Rule of Law”.

            Pero muy de lamentar, desde hace aproximadamente siglo y medio, se incubó la filosofía del positivismo por August Comte, que Hans Kelsen hubo de ampliar más tarde al campo jurídico con su “Teoría Pura del Derecho” (Reine Rechtslehre, 1934), y que se nos ha vuelto monopolio doctrinal en muchas de las facultades de Derecho en nuestras Universidades Iberoamericanas.

            Adviértase que sin ese previo punto de vista positivista, en opinión de F.A. von Hayek, tan poco se habrían impuesto los totalitarismos de izquierda y derecha del siglo XX.  

Y aquel otro principio filosófico anterior, tan laboriosamente erigido por tantos siglos bajo el aforismo latino de “vox populi, vox Dei”, se vino estrepitosamente abajo y se ha visto reducido al final para nosotros a solo los caprichos y argucias legislativos de una asamblea, congreso o parlamento de políticos privilegiados electos para esa función. Nada ya de Derecho Natura, tampoco de Derecho consuetudinario (Common Law) solo la expresión verbal de unos pocos endiosados por ellos mismos. Esa es nuestra realidad jurídica hoy.

Y así todos tomamos muy a la ligera la justicia, ahora en manos del más fuerte o del más opulento pero con un ropaje abstracto y grandilocuente.

Y con todo ello, la majestad supremamente neutra en la impartición de la justicia se ha visto reducida a ese nivel de la pobre capacidad mental y caprichosa de unos cuantos políticos en posesión o no de un cartón de leguleyo.  

A tal desplome ahora se le califica oficialmente de “positivismo jurídico”. Y también sobre esa base nos resulta inteligible para nosotros ese monstruoso disparate único que conocemos como CICIG.

Esto también es aplicable al oscuro nicho de la depravación axiológica de nuestra Corte de Constitucionalidad, aunque sus cinco integrantes titulares honestamente no caigan en la cuenta de ello.

Pero tamaña superficialidad la pagamos entre todos con la disminución de la inversión creadora de puestos de trabajo, la prisión preventiva de centenares de ciudadanos guatemaltecos por el capricho justiciero de unos extranjeros, la proliferación de bandas armadas ilegalmente en las áreas rurales del país, la confusión tan nociva que derraman muchos de nuestros medios de comunicación social, la animosidad política rampante y el irrespeto generalizado de unos contra otros.

Ese es el verdadero costo de continuar con esa endiablada ocurrencia de Edgar Gutiérrez, implementada por el “experto” oligarca Eduardo Stein, aupada por la más diestra especialista en tirar piedra y esconder la mano, Helen Mack e implementada por unos cuantos compañero de ruta colombianos.    

Y así se ahoga el espíritu de iniciativa que hace crecer a los pueblos, y se aniquila el coraje cívico que queda reemplazado por la repetición del cobarde “no podemos” (contra la corrupción y la mediocridad de los delincuentes).

Y las virtudes cívicas se evaporan entre nosotros.

Por otro lado los ejemplos históricos en contrario hoy abundan: la recuperación a puro esfuerzo disciplinado de la Alemania vencida en 1945, o la parecida recuperación del Japón ídem, o los milagros económicos asiáticos de Hong Kong, de Singapur, o Corea del Sur, por no extenderme detalladamente a esa pasmosa resurrección después de dieciocho siglos del Estado de Israel que hace un jardín de un desierto y de hombres y mujeres libres y creativos de entre aquellos pocos “esclavos” que sobrevivieron al Holocausto nazi.

Inclusive las sucesivas revoluciones industriales a partir del siglo XVIII son del todo inexplicables sin la creatividad y el tesón de hombres y mujeres humildes para quienes las palabras “no podemos” resultaron impronunciables. Así también entre nosotros lo hicieron millones de emigrantes paupérrimos que construyeron para nosotros, lo hoy vivientes, las Américas, tanto las del Norte como las del Sur.  

En este punto, me permitiría recomendar a mis cultos lectores la relectura de mi favorito discurso de Pericles en homenaje a los primeros caídos atenienses en la Guerra del Peloponeso: “no solo quiero cantar en honor a nuestras generaciones del pasado sino también, y principalmente, en honor a nosotros mismos, los que aquí reunidos, y que hemos hecho de Atenas la gloria única del presente.” (Tucídides, Guerra del Peloponeso).

Categóricamente sí podemos sin subordinarnos a nadie.

LOS DIGNOS Y LOS INDIGNOS

LOS DIGNOS Y LOS INDIGNOS

 

Armando de la Torre

 

NOTA: Este artículo de opinión lo había concluido antes del pasado viernes. Sobre lo sucedido ese día me permitiré un amplio comentario en la siguiente entrega. De momento felicito al Presidente Morales por ese acto varonil y de acuerdo a la ley de terminar definitivamente con la vergüenza nacional que ha significado para todos los hombres y mujeres de buena voluntad la presencia de la CICIG. 

 

            Lo que equivale a decir, simplificando, quienes merecen premios y quienes merecen castigo.  

            La mayoría de los hombres y, sobre todo, de las mujeres en esta tierra ubérrima son personas dignas porque se procuran el pan honradamente y cuidan de sus hijos. Pero también hay una minoría para mí demasiado grande de quienes no cumplen ni con lo uno ni con lo otro. Y que se sienten “políticamente correctos” cuando critican los actos y los pensamientos de los demás.

Días atrás tuve la ocasión de conocer en persona a un miembro de una de las tantas familias dignas de aplauso por la entera sociedad guatemalteca: el joven ingeniero Raúl Aguilar, descendiente directo del famoso y honorable matemático, Raúl Aguilar Batres.  

El tema de conversación giró en torno al asalto y destrucción de una pequeña planta hidroeléctrica, propiedad de su familia, hostigada días atrás impunemente por uno de los tantos grupos de indignos que se dedican a eliminar fuentes de trabajo honrado y de progreso para los demás en las áreas rurales del.

Es una historia de rasgos similares a la de la famosa mina de San Rafael en el Departamento de Santa Rosa, paralizada irresponsablemente durante aproximadamente un lapso de casi dos años por tres magistrado de la Corte de Constitucionalidad.

Este último, en cambio, en cuanto efecto de las acciones de otro grupo de vándalos.

Lo que ilustra, sea dicho de paso, la pobreza conceptual de algunos de los egresados de nuestras universidades respecto a lo que se debe de entender por un “Estado de Derecho”.  

El drama al que aquí aludo tuvo su detonante en una presencia a la que no habían sido invitados, hace aproximadamente un año, de un grupo de supuestos campesinos acarreados por una distancia que les habría significado cuatro horas de marcha a pie desde su punto de partida. Lo que nos dice de inmediato que ni eran trabajadores de la planta ni eran vecinos de los alrededores.  

La hidroeléctrica Sac Ja, ubicada en la Aldea Ribacó, municipio de Purulá, en el Departamento de Baja Verapaz, había estado activa pacíficamente en operaciones por ocho años tras haber cumplido absolutamente con todos los trámites y requisitos legales propios para tales emprendimientos.  

Resulta muy elocuente acotar que durante todo ese periodo de operaciones se había mantenido una armoniosa relación mutuamente beneficiosa entre propietarios y trabajadores y también con los vecinos de las áreas adyacentes.  

Pero en el mes de marzo último el tal grupo de hombres desconocidos en ese medio rural, pero que más tarde habrían de identificarse como miembros de la cooperativa Monte Blanco, a unos kilómetros de distancia, irrumpieron abruptamente, con lujo de fuerza, en las instalaciones de la hidroeléctrica y se dieron a la tarea de dañar y hasta quemar partes diversas de las misma sin presentar demanda alguna.  

Incidentes como éste se repitieron a lo largo de cinco meses consecutivos, sin que adujeran reclamo alguno, y con la usual tolerancia por parte de las fuerzas del orden.

El Ministerio de Gobernación, a reiteradas instancias de los afectados, por fin decidió enviar un destacamento de ochenta hombres de la PNC para custodiar aquella propiedad repentina e inexplicablemente asaltada. Pero entonces, la respuesta de aquellos violentos salvajes tampoco se hizo esperar, y a los pocos días un grupo algo más grande de ellos rodeó al destacamento, los maltrataron e insultaron, y para colmo les robaron sus armas. Otro caso de la generalizada indefensión ciudadana a la que están expuestos los habitantes de las áreas rurales desde la firma de una paz “firme y duradera” veintidós años atrás.

Tanto desmadre, lo normal para tantos forajidos que jamás acatan las leyes pero que se desenvuelven tranquilamente con absoluta impunidad, mientras al mismo tiempo, por obra de los intrusos de la CICIG, centenares de otros ciudadanos gimen hasta en cárceles improvisadas sin haber sido sometidos previamente a debido proceso legal alguno.

Lo importante es recordar que los legítimos propietarios de esa planta hidroeléctrica recurrieron reiteradas veces a las autoridades legales durante esos cinco largos meses de oprobios.

Mientras tanto, esos improvisados funcionarios de la ONU, don Iván a la cabeza,  hipotéticamente encargados de ayudarnos en la persecución de grupos de poder brillaban como ya sabemos que le ha sido habitual en tales casos, por su ausencia…

Lo que irónicamente vuelve a demostrar que las autoridades públicas en vez de proceder inmediatamente a la defensa de los injustamente agraviados, prefirieron perder el tiempo en el entretanto en pesquisas inútiles en torno a si los dueños de la empresa asaltada “¡estaban en ley!”.

En el mes de junio próximo pasado, luego de varios intentos frustrados, una Comisión ¡Presidencial! del Dialogo logró por fin conformar una mesa en la cual el único reclamo a discutir,  según lo pretextado por aquel grupo de asaltantes, era un supuesto irrespeto al “derecho consuetudinario sobre la tierra” y que por eso se habían sentido “obligados” a recurrir a la violencia en contra de toda legislación positiva sobre la tenencia de tierras por aquellos parajes.  

Sin embargo, olvidaban convenientemente que desde el primer encuentro entre las partes, los representantes del Registro Catastral ya les habían aclarado a los amigos de lo ajeno que la hidroeléctrica Sac Ja tenía toda su documentación en regla desde un inicio y de acuerdo a todas las leyes vigentes. Es más, en aquella misma ocasión allá por el año 2015, los representantes de la Federación de Cooperativas de las Verapaces (FEDECOVERA), también se habían manifestado enteramente de acuerdo con la instalación de la hidroeléctrica, de la cual era parte integrante la cooperativa Monte Blanco a la que ellos habían declarado pertenecer.  

Hoy, después de 180 días de una hidroeléctrica brutal e ilegítimamente paralizada por ese recurso delincuencial a la fuerza ciega, la hidroeléctrica lamentablemente ha perdido casi tres millones de dólares, que nadie la va a reponer, y con daño colateral para las aproximadamente 350 familias que de ahí derivan su diario sustento.  

Para colmo, ahora esa misma empresa es acosada por las autoridades con multas que ahora les son  impuestas ¡por haber cesado operaciones!

Justicia a lo CICIG…

LA INFAMIA NEOCOLONIALISTA DE LA CICIG

LA INFAMIA NEOCOLONIALISTA DE LA CICIG

 

Armando de la Torre

 

            Aquí desde hace casi once años nos movemos oficialmente a contrarreloj de la historia de la civilización.  

El colonialismo de otrora ha renacido de pronto para nosotros no dentro de los parámetros de los antiguos Estados nacionales sino adherido a ese “Gran Hermano” que llamamos “Organización de las Naciones Unidas” (ONU), “donde cinco iguales son más iguales que los demás.”

            Y como es de esperar, también han renacido los lamebotas locales de esa improvisada Metrópoli global neocolonialista con sede Nueva York.   

Y por eso, bajo el pretexto de reciclados supuestos neocolonialistas como, por ejemplo, en nuestro caso, ayudar a nosotros, a los infelices colonizados, en el sector justicia.

Lo más notable y dolorosos aquí en Guatemala es que el nuestro es el único Estado-Nación sobre toda la faz de la tierra que se haya acomodado oficialmente a tal nuevo orden mundial como si fuera legítimo, y durante cuatro periodos presidenciales sucesivos, es decir, del 2007 a la fecha.    

            ¡Cuán degradante!  

            Y todo a instancias de grupo afines al de los desorientados hijos de esta patria décadas atrás que la sumieron caprichosamente durante treinta y seis años en un mar de lágrimas y de sangre. Y que una vez vencidos por las beneméritas y poco reconocidas Fuerzas Armadas de Guatemala, corrieron a refugiarse bajo las faldas del poder neocolonial mediante la promoción de ese engendro maquiavélico conocido por sus siglas como “C.I.C.I.G”.      

            Caso único en la historia contemporánea del entero mundo y que a muchos guatemaltecos de buena voluntad les resulta psicológicamente imposible de digerir como parte de la realidad histórica.

            Pero, amigos, sí es nuestra realidad.

            Y, en el entretanto, algunos otros languidecen en las cárceles sin que se haya demostrado legalmente que la hubiesen merecido, e incluso algunos que ya han muerto en ella.

            Crimen repugnante al que nosotros, los todavía libres, nos hemos acomodado perezosamente.

Muy pocas han sido en la historia las razones que hayan justificado moralmente  levantamientos armados. Pero esta bota asesina sobre los pescuezos de todos los que aquí vivimos la creo una razón válida hasta para una insurrección armada contra ese engendro diabólico de la CICIG. Que ha aniquilado hasta sus raíces últimas entre buena parte de la población, poco o nada alerta, del desmoronamiento de la diminuta estructura que nos restaba nuestro edificio ético nacional.

            Y así todo permanece inmovilizado, también la inversión extranjera y el consiguiente desempleo de nuestras masas laborales, ante el casi absoluto mutismo por parte de muchas cabezas supuestamente pensantes entre nosotros y, sobre todo, por nuestras autoridades legítimas, previamente obligadas por ley constitucional a defender nuestra soberanía colectiva.   

Y así, tres conocidos magistrados de la Corte de Constitucionalidad, y una no menos conocida ex Fiscal General, añadido algún que otro oportunista calculador en la Corte Suprema, han osado impunemente por neutralizar cualquier intento de los guatemaltecos por recuperar la integridad de nuestro ordenamiento jurídico vigente. Muy en especial para todos quienes laboramos y siempre pagamos nuestros debidos impuestos, y nos hemos hecho un modo honesto de vida en esta tierra tan singular.

De todo esto concluyo una vez más que lo más enfermo en los poderes soberanos del Estado es el Poder Judicial, sin perspectiva alguna de mejora en tanto se mantenga vigente el monopolio corruptor de la CICIG, enteramente al servicio de poderes del extranjero.

            Y de esa manera nos vemos reducidos todos a un verdadero Estado de indefensión frente a los desmanes de unos poquísimos abusadores, tanto nativos como llegados de fuera, y con escasas  esperanzas de poderlos expulsar.

            Recuerdo que un gran jurista alemán de principios del siglo pasado, Rudolf von Ihering, acuño la frase de que “el Derecho es un mínimo de moral”. Y de otros más cercanos a nuestros tiempo, Hayek, Kelsen y el filósofo K. R. Popper, habían llegado a la muy realista conclusión de que no se ha de aspirar a un aumento del número de casos en los que supuestamente hemos hecho justicia sino más bien poner todo nuestro énfasis cívico en disminuir los casos de injusticia.

Lo que es armonizable con esa verdad de sentido común de que siempre “es preferible tolerar cien delincuentes libres que retener a un inocente en prisión.”

            Desde estas perspectivas, el triunfo de la corrupción entre nosotros, mediante la CICIG, es total. Y de ello todos habremos de dar cuenta inevitablemente un día ante nuestros descendientes y ante la divina justicia.

            Y, para añadir injuria sobre ofensa, CODECA, el CUC, FRENA y otros grupillos delincuenciales, para cuyo control precisamente se pretextó a ese gran engaño llamado CICIG, continúan con sus erráticas destrucciones de fuentes de trabajo para los hombres y mujeres honrados tales como hidroeléctricas y minerías, hostigamiento de inocentes en la forma de robos de energías casi exclusivamente en las áreas rurales, las más pobres del país.

Y todo ello, simultáneo a su incesante labor de zapa del prestigio internacional de Guatemala, con lo que logran embusteramente mantener su posición en Guatemala.

Todos ellos, muy lamentablemente, también con la aquiescencia de algunos “señoritos” del sector productivo del país, tontos útiles al servicio de burócratas internacionales como el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, ex Presidente, recuérdese, de la Internacional Socialista y que jamás se ha dignado poner un pie en Guatemala.

            Es más, los probables escenarios definitivos que tan sigilosamente nos preparan los tenemos ya a la vista y a relativa corta distancia: Cuba, Venezuela y Nicaragua…

            (Continuará)

Todd Robinson de regreso

TODD ROBINSON DE REGRESO

 

Armando de la Torre

 

            Los vividores a costa de los demás nunca cejan en sus propósitos. Pues, por supuesto, han de comer a diario.

            A Todd Robinson, después de su breve y fracasada incursión por Venezuela, nos lo ha endilgado de nuevo el flamante Secretario de Estado de Mr. Trump, Mike Pompeo. Como si no tuviéramos ya otros muchos de su calaña instalados cómodamente entre nosotros, y hasta algunos más igualmente afines a Mr. Obama y a Mr. Robinson aunque no sean gringos, tales como Edgar Gutiérrez, Eduardo Stein, Helen Mack y aun algún que otro señorito del sector productivo del país así como demás personajes muy bien conocidos por estos lares.

¿Nos habremos vuelto para el Departamento de Estado depósito de sus sobrantes perniciosos como si de ellos aquí no tuviéramos ya los suficientes autóctonos?      

            Pero mi mayor preocupación por el futuro de este excepcional país y de sus tantos nobles moradores de mi conocimiento personal, entre los cuales quiero ahora recordar aquí al inolvidable y recién fallecido Guillermo Mata Amado, lo continúa siendo esa terca presencia tan dañina a todos de la CICIG, que mantiene económicamente paralizado al país al desalentar a los inversionistas del exterior con sus arbitrariedades reiteradas y encima luego de haber hecho trizas lo poco que nos quedaba de un Estado de Derecho.     

Pues coparon desde el principio, estratégicamente, el poder judicial empezando por el Ministerio Público y coronándolo con la dictadura que les es siempre obsequiosa de tres magistrados de la Corte de Constitucionalidad, y que parecen no descansar hasta que hayan cooptado los otros poderes soberanos del Estado guatemalteco. Recuérdese que el pretexto para su intromisión tan abusiva fue el de “ayudarnos” en el sector justicia.

            A todo ello añadamos la ausencia casi total de un enérgico y conocedor Poder Ejecutivo durante los últimos cinco ejercicios consecutivos del mismo, o sea de Portillo al actual.

            Lo que parecería justificar esa demanda universal por recuperar un Poder Ejecutivo efectivo como resistencia al interno a cualquier forma de anarquía, tal cual lo ilustró magistralmente Robert Nozick en su clarividente estudio intitulado “Anarchy, State and Utopia” (1974).

            De acuerdo a este autor no bastaría proclamarse “ni corrupto ni ladrón”, y hasta inclusive serían preferibles gobernantes en lo personal menos virtuosos pero al menos más eficaces y diestros en su oficio de gobernar.   

            Pues siempre ese oficio se ha mostrado dificilísimo de ejecutar en cualquier partes, pero que tras cuatro mil años de ensayos y errores ya deberíamos en todo el Occidente haber aprendido en qué consiste.    

            Por eso en alguna ocasión previa no menos aludí a otro texto igual de retador de acuerdo a lo ambicioso de su título: “El Fin de la Historia”, de Francis Fukuyama (1992).

En esta última obra, su autor constata que a ese mismo plazo de milenios ya hemos aprendido mayoritariamente que la forma democrática de gobierno y el libre mercado son los pilares imprescindibles y universales para el arte del buen gobierno. Esto es, la inclusión universal de una estructura política de pesos y contrapesos, lo que llamamos una “República” y también, su equivalente jurídico, el Estado de Derecho.  

Nuestro problema particular aquí, de momento, reside en que el susodicho Robinson, así como el puñado de sus irresponsables simpatizantes chapines, no parecen haberse enterado de todas estas aseveraciones en absoluto. O sea, que de hecho se comportan todavía como analfabetas funcionales en estos tiempos del internet.  

Lo que me lleva de regreso a ese otro tema inevitable, el de la educación pública deficiente, hasta ahora el sello macabro para identificar el subdesarrollo. Pues ha permanecido por demasiado tiempo en manos de políticos, a penas alfabetizados en lo moral o ético. De ahí que, por ejemplo, los programas de educación en valores y también en civismo apenas contengan las nociones más superficiales para el sistema público sin dejar huella para el adulto del mañana.          

Por eso, la mayoría de nosotros nos hemos acostumbrado a relegar la ética profesional a un lugar secundario en nuestras preocupaciones diarias, cuando debería ser la constante columna vertebral que nos mantenga productivos y en paz de conciencia.    

Entonces, supuesta esa intromisión de tantos políticos mediocres en la educación de nuestros jóvenes, ¿qué podemos esperar, pues, de nuestros funcionarios, electos o designados?

Por eso, ante todo, deberíamos corregir y ver explicitadas por cada corriente política sus estrategias para elevar la calidad de la educación moral de la población en todas las convocatorias a elecciones generales.   

Otro reciente indicio de esa inseguridad ética nos lo ha suministrado la noticia de una inesperada reunión organizada muy discretamente, y fuera de nuestras fronteras, lejos, por lo tanto, de posibles análisis críticos de sus futuros electores, por ciertos dirigentes políticos guatemaltecos pero en la vecina República de El Salvador.

Para mi sorpresa, entre ellos figuraron algunos personajes de mi entero respeto, así como otros lamentablemente para mí nada respetables.

Pues me llamó la atención tanto sigilo para un encuentro en la tierra de un Presidente, Salvador Sánchez Cerén, exguerrillero de la Farabundo Martí, que simultáneamente desde la Habana proclamaba a voces su solidaridad con el asesino nicaragüense de centenares de jóvenes centroamericanos, Daniel Ortega.

¿Pretendían acaso esos chapines ahorrase un posible reclamo por parte del TSE guatemalteco bajo el rubro de “campaña anticipada”?

Pero, de nuevo, todo eso lo conceptúo como una prueba más de nuestra desorientación ética cuando incursionamos en la vida pública. ¡Y estamos ya en los comienzos del tercer milenio a partir de aquel bochornoso ejemplo de Poncio Pilatos!

Porque, reitero tomándolo de un gran mentor: “instruir puede cualquiera, pero educar solo quien sea un Evangelio vivo”.

Por eso, Todd Robinson y comparsa: ¿a qué viene esa pretensión de darnos lecciones de civismo vía CICIG o del Departamento de Estado?   

La campaña electoral está otra vez en marcha, y de ello me alegro porque al menos podría servirnos quizás de freno momentáneo a ese ímpetu dictatorial de sólo tres Magistrados de la Corte de Constitucionalidad que hasta ahora han constituido muy irresponsablemente una mayoría desastrosa en esa misma Corte.