PENSANDO EN VOZ ALTA…

PENSANDO EN VOZ ALTA…

 

Armando de la Torre

 

            Durante una casi ya asfixiada y muy corta campaña electoral en Guatemala, me permito hacer un pequeño aporte heterodoxo pero al mismo tiempo desinteresado.

            Hay puntos de vistas de particular importancia que siempre he querido ver debatidos a nivel nacional y que rara vez lo han sido públicamente. Haciendo uso de mi derecho humano, que no político, a la libre expresión, me permito hoy excepcionalmente someter al escrutinio público algunas ideas no muy populares entre los aficionados a todo lo colectivo:

1.      Que se privatice el subsuelo del entero país.

Para algunos, pienso, esto les podría sonar a blasfemia social; para mí, en cambio, el equivalente a un espléndido salto liberador. Porque lo que predomina hoy en nuestras repúblicas iberoamericanas al respecto lo creo más bien un atraso propio de nuestro simplismo político. Me explico:

Ese monopolio del subsuelo por el Estado lo entiendo como un anacronismo que heredaron nuestros forjadores de repúblicas independientes al sur y al oeste del rio Misisipi hasta el estrecho de Magallanes, resultante de la codicia imperial de los Habsburgos de los siglos XVI y XVII. Pues les interesaba sobremanera a aquellos poderosos colonialistas de entonces la plata y el oro del subsuelo americano, como también hubo de ocurrir más tarde, en plena Belle Époque, con los colonialistas belgas del África bajo Leopoldo II, hambrientos no menos de la enorme riqueza que de pronto supuso la invención del caucho para las fértiles selvas del río Congo. O como había ocurrido también ya en el siglo XVIII con los ingleses y su conocido monopolio forzado del té cosechado en la India y en Ceylán.  

Pero los efectos sociales de esos gigantescos saqueos colonialistas no pudieron ser a la larga peores: la esclavitud de sus pobladores, los despojos crueles y arbitrarios en masa, tortura y mutilaciones hasta de menores de edad y violaciones en proporciones dantescas a los derechos humanos de todo nativo.  

Algo semejante pero en proporciones menos extremas y odiosas, hubo de ocurrir entre nosotros durante los primeros tres siglos de la colonización ibérica en América, resultado de las enfermedades y epidemias que nos trajeron los conquistadores y para lo que las poblaciones indígenas de nuestro tiempo no estaban en lo absoluto preparadas. Todo esto, también, al mismo tiempo, la raíz de nuestro subdesarrollo en el continente al que se ha dado en llamar más recientemente “el continente de la esperanza”.

Y así cada una de nuestras oligarquías nacionales también se ha beneficiado ávidamente por turnos de ese antojo imperial sobre el subsuelo. Más aún, hasta entre ellos creo reconocer esos pseudo revolucionarios del “socialismo del siglo XXI”. Por ejemplo, ese que al momento presente devasta a Venezuela, o el mismo que ya había arruinado a la próspera Cuba medio siglo antes.              

De ahí se sigue que lo más apropiado sería que cada gobierno dependa exclusivamente de los aportes de sus contribuyentes, y no al revés: que los ciudadanos dependan por entero de los aportes del gobierno.

Porque la común premisa de todos estos últimos es aquel mismo del Mussolini nacional socialista: “Todo dentro del Estado; nada fuera del Estado”, la perfecta receta para toda dictadura totalitaria del siglo XX.  

Y de tal manera no se ha dado despotismo alguno a lo largo de la historia de nuestra América latina que no se haya erigido sin su dominio exclusivo del subsuelo, en particular en aquellas áreas semidesérticas poco propicias a la agricultura como en el Perú, Chile, Bolivia o el norte de México, incluida también toda esa franja que fue hispana hasta 1836: California, Texas, Arizona y Nuevo México.  

Y así todos nuestros gobiernos civiles o militares se han aprovechado del monopolio del subsuelo: del níquel cubano, del cobre chileno, del oro del Perú, de la plata y el estaño bolivianos, del petróleo venezolano, del carbón brasileño o del hierro argentino. Todo ello, el verdadero tesoro escondido de tantos dictadores militares o de tantos déspotas civiles, ya fueren conceptualizados  ideológicamente de la “derecha” o de la “izquierda”. Ese es precisamente el modelo que creo nos urge sobremanera romper para siempre.

Porque el resultado inevitable es que los gobernantes, a través del control del subsuelo, se independizan de los impuestos de sus contribuyentes apoyados en la riquezas mucho mayores del subsuelo que ellos han tenido la astucia de monopolizar.

2. Tampoco creo que jamás se deberían aprobar por el Congreso presupuestos anuales deficitarios, salvo en las muy raras ocasiones de catástrofes naturales muy cuantiosas. Porque con tal déficit se contribuye decisivamente al incremento de la deuda externa per cápita de cada nación-Estado, que a su turno termina por tornarse en una deuda impagable y en una amenaza permanente de extorsión por parte de cualquier acreedor poderoso. O como lo supo formular entre nosotros en una ocasión Juan José Arévalo: “Me rehúso a recibir ayuda económica del extranjero porque con una mano la recibo y con la otra entrego nuestra soberanía”.

3. Encima, creo que se debería suprimir de una vez por todas el oneroso impuesto sobre la renta, introducido entre nosotros bajo el gobierno de Peralta Azurdia y por presiones del Departamento de Estado de los Estados Unidos, y que en verdad solo aporta escasamente un 18% para el gasto público, pero que desalienta en proporciones mucho mayores las inversiones privadas generadoras de más empleo y riqueza para todos los guatemaltecos.

4. Estimular la creación por parte de padres de familia de centros educativos privados de los niveles desde el preescolar hasta el posuniversitario. Porque está visto que solo en el sector privado los padres de familia pueden retener una voz determinante, y no los burócratas del Estado o esos sindicalistas corruptos y haraganes hambrientos de poder político y de incrementos salariales. Al fin y al cabo, a los padres de familia habría de reconocérseles la prioridad de las decisiones últimas sobre la educación de sus propios hijos.

5. Suprimir los aranceles y abrir de par en par las puertas a la libre competencia del mercado internacional, aunque todos nuestros demás socios comerciales no lo hagan. Ya sé que ante esta propuesta pondrán el grito en el cielo todos los que históricamente se han parapetado tras las aduanas para poder lucrar al menor esfuerzo y con el menor número de competidores posibles. La raíz de esa propensión proteccionista tan execrable como oligárquica.

6. Llevar a cabo las reformas a la Constitución propuestas en el 2009 con el apoyo por escrito de setenta y tres mil ciudadanos y que el pleno del Congreso, en abierta violación a la Constitución vigente, se negó a discutir.

Ellas incluían, entre otras muchas propuestas sensatas, la de la revocatoria de cualquier funcionario público, incluido hasta el Presidente de la República, tras dos años en el ejercicio de sus funciones, y un sistema bicameral constituido por un Senado y una Cámara Legislativa. El Senado principalmente tendría la responsabilidad de oficializar normas del Derecho Privado, así como la designación de magistrados para las Cortes y el nombramiento de nuestros representantes en el exterior. En tanto que la Cámara de diputados se ocuparía preeminentemente de las normas de Derecho Público incluidas las de la aprobación exclusiva del Presupuesto Nacional.

Pero se me acabó por hoy el espacio. Todavía una exhortación última: Sapere Aude“atrévete a saber”…

Continuará

“CANELA”: OTRO PROSPECTO PROMISORIO

“CANELA”: OTRO PROSPECTO PROMISORIO

 

Armando de la Torre

 

(Nota bene: Después de concluido este artículo de opinión, los magistrados de la Corte Suprema de Justicia unánimemente reconocieron el derecho que asiste a la licenciada Zury Ríos Sosa a ser electa Presidente de la República. Felicito a esos magistrados por su apego al Derecho).

             Roberto González Díaz Durán, alias “Canela”, es también otra de las opciones posibles que nos urgen elegir para las próximas elecciones generales en un marco que después del de la presidencia más habría de interesarnos: el del entorno municipal de los capitalinos.

            Conozco a Roberto y a su encantadora esposa Mónica desde sus días de estudiantes universitarios y les he seguido la pista más o menos de lejos desde entonces.

Una pareja ejemplar de amor y fidelidad mutuos en ese torbellino incesante de las decisiones municipales al que se reduce localmente nuestra vida pública a nivel capitalino.

Porque la sociología urbana me ha resultado siempre un tema, por otra parte, de mi peculiar interés, tanto a nivel intelectual como personal.

            Roberto se ha mostrado un inquieto renovador de nuestra vida comunitaria. Por otra parte, he compartido en todos los muy diversos lugares en que me he asentado a lo largo de los años esa misma preocupación realista suya que he aprendido de los mejores cívicamente pensantes y profesionalmente preparados. En este punto he de hacer del conocimiento de todos que mi mejor guía la ha constituido el conjunto de magníficos análisis publicados por la Universidad de Chicago durante el siglo XX.

Esta ciudad hoy por hoy ya ha superado con creces sus límites demográficos y políticos del siglo XIX para erigirse a nivel centroamericano en su más pujante y espléndida metrópoli. Por eso la entiendo como una concentración metropolitana que hoy abarca territorialmente casi el entero Departamento del mismo nombre.

Más en concreto, la visualizo hoy abarcando de San Lucas a Palencia y desde Amatitlán a San Pedro Ayampuc. O sea ya como una conurbación de unos seis a siete millones de habitantes, algo caótica e injustificadamente relegada a prioridad poco urgente por las autoridades nacionales.

            Ni cuenta con las aportaciones imprescindibles ni la planificación efectiva al largo plazo para este su nuevo papel de gran capital de facto de la entera Centroamérica.

            Hace unos treinta años un honorable concejal de la misma municipalidad y bajo el liderazgo entonces de Abundio Maldonado, don Roberto Stein, presentó al Congreso un proyecto de “Distrito Central” que, a mi juicio, se acercaba bastante a lo que se hubiese requerido como respuesta urbanística a las realidades de ese momento. Pero tropezó con el habitual obstáculo de las diversas bancadas del Congreso de aquel entonces y también con los egoísmos raquíticos de las varias autoridades municipales del Departamento central guatemalteco.

            Aunque un gran amigo mío, ingeniero de impecable profesionalismo, me adjunta anticipadamente este comentario:

“Considero que la infraestructura faltante y la que hay que rehacer, está así, precisamente por esperar que la hagan las Munis. Las Munis, incluida la de la Capital, no tienen la capacidad técnica de hacerla respetando las normas de construcción internacionales y de ahí, buena parte de sus deficiencias. Por poner un simple ejemplo, las señales de tránsito no son internacionales, esas marañas de cables y postes son hasta prohibidos en otros países y así sucesivamente. El país en general y las Munis en particular, son un buen objetivo de infraestructuras de saneamiento, viabilidad, agua potable, etc. También por poner un ejemplo, no hay una sola planta de tratamiento de drenajes municipal…ni embalses de regulación de aguas de lluvia y estamos rodeados de barrancos…

¿No será que es hora de que sea el sector privado el inversor en dichas obras de infraestructura? …Pues las inversiones del sector privado en otros servicios no solo se han hecho en el tiempo que su demanda requiere, sino que se han hecho sin constituir un solo centavo de deuda nacional, ni se han creado impuestos o aumentado algunos para cubrir sus costos.

A mí me parece que solo el desarrollar los mecanismos para evitar el robo y el desvío de fondos municipales es una tarea más compleja que construir la infraestructura por medio del sector privado. Por supuesto que habrá que pagar por los servicios y beneficios de tal infraestructura, pero ese pago también se hará y con creces con la construcción con fondos asignados a las Munis.

Recordemos que pedir cosas de gratis es pedir más impuestos…”

            Empero, aún reconozco que los logros urbanísticos de las últimas décadas han superado con creces mis expectativas de hace medio siglo. Muy en especial la belleza forestal encerrada en sus parques y avenidas que nos legara en su momento el recordado Alcalde Metropolitano Álvaro Arzú.

            Todo como confirmación exultante de que esta ciudad ha podido contar con arquitectos e ingenieros magníficos egresados de las diversas universidades del país o del extranjero. Y así, nuestro perfil urbano hoy es imponente como ningún otro de Bogotá a Ciudad de México.

            A mi juicio, además, el reto prioritario para Roberto si llegase a ser nuestro Alcalde es el creciente problema de la escasez de agua. La napa freática ya no alcanza para mucho más, como ocurre también en otras urbes gloriosas como Roma o Madrid. Por eso, además, nos urge inevitablemente una colaboración amistosa y eficiente entre la cabeza del Poder Ejecutivo y la del poder municipal, como, por ejemplo, ocurrió en tiempos del Presidente Ubico para traer a esta capital las aguas del rio Teocinte.

Y el otro, no menos muy urgente, el del caótico tránsito vehicular. Pare esto me permitiría sugerirle el ejemplo de un segundo anillo periférico parecido al puesto en funcionamiento en Santiago de Chile hace menos de seis años. Y que por suerte, para tan ambiciosa meta, hasta contaríamos ya con el ingeniero planificador apropiado: don Fritz García Galón.

Una tercera y de no menos prioritaria urgencia es el de la recogida y reciclaje de los desechos urbanos, proyecto que inclusive podría ampliarse a todo el territorio nacional, como lo hace desde hace años el inmenso Brasil que ha concentrado ese esfuerzo a nivel nacional con el oportuno reciclaje de los mismos en un solo punto: la ciudad de São Paulo.

Añadida a estas prioridades, sugeriría, pero siempre con el apoyo del gobierno central, una revisión integral del estado del sistema subterráneo de cloacas y tuberías de la ciudad capital, del cual recuerdo que se preocupó de manera muy en particular el Alcalde Miguel Ángel Lee a principio de la década de los ochentas.

También esto urge, no menos que un nuevo plan ordenador de nuestro desarrollo urbano.

Por último, yo me permitiría aconsejarle a “Canela” un esfuerzo adicional para revisar el apoyo financiero a la municipalidad así de crecida y discutirlo con los poderes Legislativo y Ejecutivo del país, pues aislada los recursos económicos de esta urbe son muy insuficientes para hacerle frente a tantos desafíos, incluido el de un posible soterramiento de todos los cables transmisores de energía eléctrica.

Un sistema rápido de trenes eléctricos, subterráneo o aéreo, un traslado del Aeropuerto Internacional hacia la Costa Sur, más pasos a desnivel y la ecología urbana son otros tantos desafíos prioritarios que esperan por “Canela” o por cualquiera de sus contendientes.

Queda mucho que sugerir pero se me acabó el espacio.

PREVER ES ENTENDER

PREVER ES ENTENDER

 

Armando de la Torre

 

            Me pregunto como todo adulto por qué cometemos los mismos errores una y otra vez, solos o acompañados, más jóvenes o más viejos, hombres y mujeres, anteayer y casi seguramente también pasado mañana.

            No tiendo a ser pesimista ni quejumbroso; todo lo contrario, y precisamente por esto último me hago tales preguntas.

            La primera respuesta me la ofrece un pensador español enraizado en la cultura norteamericana George Santayana (1863-1952), quien afirmó en su gran obra “La vida de la razón” (1905): “quienes no puede recordar el pasado están condenados a repetirlo”.

¡Qué gran verdad!

Nos confirma que el saber no es optativo sino imperativo para nuestra supervivencia. Esto se nos hace obvio a diario por insignificante que sea en nosotros el hábito de reflexionar. De ahí, por ejemplo, lo justificado de toda preocupación por la educación de nuestros niños.

O de también la importancia de conocer los hechos reales de las experiencias individuales o colectivas, las nuestras y las de otros, lo mejor posible. Es esta, precisamente, la función de los medios escritos en cuanto no se reducen a un vulgar peladero permanente.

La visión a corto plazo es, lamentable y crecientemente, la obsesión empobrecedora de nuestros días. Y así también se han sucedido la catástrofes morales y sociales desde aquel “siglo de las luces” que ha tantos ilusionó como el ambiente ideal para acceder a la verdad objetiva y constatable. Encima, con la pretensión de liberarnos de todo dogma y de toda autoridad que se pretendiera absoluta. Ya han pasado tres siglos y algo hemos progresado pero al precio de algunos retrocesos como los ensayos reiterados de utopías socialistas. 

Ya estamos, pues, en el siglo XXI, y los personajes que todavía reclaman en exceso nuestra atención son, empero, por aquí la América volcánica, los Castro, Chávez, Maduro u Ortega, mientras que en la Europa decadente o en la Norteamérica que empieza a decaer la atención mayoritaria se centra en una angustiada y poco efectiva Theresa May, o en un inexperto y desorientado Emmanuel Macron o, inclusive en esos chistes políticos de nombre Hillary Clinton y Alexandria Ocasio-Cortez. Por no mencionar esas otras celebridades de siempre autoritarias que aun asesinan impunemente en Rusia, China o en la Corea del Norte. Y, por eso mismo, como dicen los francesesdejàvu

También a esa luz, ¿cuánto, de veras, hemos aprendido?  

Yo creo, que a pesar de todo, mucho, siempre y cuando impere nuestra conquista más preciosa, el Estado de Derecho, es decir, el respeto universal a leyes no menos por igual concordantes con lo racional de nuestra naturaleza humana.

Porque dura lexcomo se ha concluido tantas veces, sed lex.

Por eso también puedo afirmar que es otra manera de evocar entre las masas medio adormiladas el más elemental sentido común.

Siguiendo, pues, al maestro Santayana, diría que lamentablemente no somos muchos los que de veras queremos conocer y reflexionar sobre los hechos del presente y del pasado.

Y si todo esto cuestionas, entonces quedas invitado a recrearte con exclusividad en el Hollywood de hoy y de siempre.

Sin embargo, también creo al estilo de Umberto Eco que el número de las reflexiones sabias derivadas de la experiencia se encuentra ahora en un apreciable aumento, aunque todavía se haya hecho poco visible en nuestros sistemas de educación y de gobierno para nuestros más jóvenes, pero que eventualmente podemos esperar que algunas vez sea vivenciado para las grandes mayorías.

Y así entendida la cuestión, qué significa, entonces, “prever”.

Lo de siempre: ver por anticipado lo que todos eventualmente habríamos de experimentar en nuestras propias vidas personales y en las ajenas, y tomar las medidas que creemos más adecuadas para traducirlos a algo mejor. Esta es para mí la gloria y la corona de nuestra condición de agentes voluntarios de lo humano; inclusive, lo que nos constituye en “personas”, lo único a partir de lo cual podemos esperar, progresar, innovar, crecer y realizarnos más como lo propio de lo humano.  

No hay otra manera para nuestra privilegiada eminencia en el entero cosmos que esa capacidad tan poco recordada de configurar nuestro futuro de acuerdo a lo que realmente habremos de enfrentar.

Es precisamente lo que nos constituye en personas. Casi añadiría que lo que nos hace sentirnos inevitablemente vocados a la inmortalidad.       

Aprovecho para recordar de nuevo que los programas hoy llamados de “Seguridad Social” fueron acertadamente llamados en su inicio de previsión social para los individuos, en cuanto un homenaje implícito a nuestro concepto de “persona”. Aunque la competencia partidista por los votos de las masas reemplazó durante los tiempos de la Gran Depresión económica de los años treinta del pasado siglo el término de “previsión” por el muy mentiroso de la “seguridad” social. Y así seguimos, olvidadizos según Santayana, de aquel otro embuste histórico de hace unos dos milenios de otra “seguridad”, la de “pan y circo”, que dio al traste definitivo a los otros magníficos logros de la República de Roma.

Y así, la falacia más sensible que podemos identificar en la amnesia colectiva de nuestros días es el de creernos seguros en algo para nuestro provenir.

Pero “la vida del hombre sobre la tierra ha de ser una permanente lucha” nos advirtió el Eclesiastés hace casi tres mil.

Porque no hay otra “seguridad” que podemos tener de todo lo meramente terrenal que la del cementerio.

Por lo tanto, en su ausencia no podemos contar con más que nuestra capacidad de anticiparnos prudentemente a los riesgos y desafíos del futuro, como nos lo ha confirmado la experiencia muy dolorosa y humillante conocida entre nosotros por “CICIG”, total ausencia de una previsión social sensata.

Esto lo entiendo como un llamado de atención oportuno al inicio de un nuevo año. Sobre todo, si además se tiene en cuenta la magnitud de otros eventos que según la ciencia de la astrofísica  nos puede ocurrir, un choque orbital con el cuerpo del satélite “Skórpios” para el año 2029 o, para un poco más adelante el tan pregonado “calentamiento global” o también, el no menor fracaso del control racional de las armas nucleares.

Prever, es decir, anticipar, es lo único que se puede esperar entre nosotros para sobrevivir por un milenio más.

A nuestro alcance, si nos mantenemos conscientes tanto de nuestras equivocaciones como de nuestros actos de maldad voluntaria en el pasado.

Recordémosla siempre, a propósito de este comienzo de año-calendario, aquella intuición genial de Santayana.  

LA YA IMPRESCINDIBLE PAUSA NAVIDEÑA

LA YA IMPRESCINDIBLE PAUSA NAVIDEÑA

 

Armando de la Torre

 

            Nos ha llegado el tiempo de Adviento de acuerdo al calendario litúrgico, la obligada pausa previa a la de la Navidad.

Nos resulta un bienvenido respiro al trajín de todo el año, durante el que algunos días logramos desplazar lo urgente para detenernos en la contemplación de lo importante.

            Al cabo de dos mil años de reiterarlo, se nos ha hecho hoy casi tan automático e imprescindible como la respiración. Pues son unos días únicos en los que tantos afanes por sobrevivir entre los que siempre nos hallamos inmersos se nos evaporan y nos permiten arribar a un claro remanso de intimidad con Dios y con nuestros seres más queridos.

            O dicho de otra manera, se nos ha vuelto inconscientemente alimento anual del que no podemos prescindir y sin el que tampoco podemos intercambiar planes y esperanzas eminentemente humanas.

Es más, el misterio de la Navidad se nos ha comprobado como otra fuente ideal de cada vez mejores iniciativas y a nivel planetario, tales como la abolición de la esclavitud, el rechazo popular a las guerras, la suavización de la lucha de clases, la multiplicación de los planes de seguridad social e individual y los avances gigantescos de las ciencias así como de la beneficencia, tanto la pública como la privada, todo lo cual ha llevado que al final se nos haya casi triplicado la esperanza media de vida y la población mundial por ahora exponencialmente expandida hasta ocho mil millones de seres humanos. 

            Y mucho de todo lo cual también se haya contagiado al resto del mundo todavía por cristianizar, como la India, la China, el Japón, Corea y hasta por algunos rincones monoteístas islámicos. 

            Pero siempre al precio de esa advertencia del evangelista Lucas: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida…” (Lc. 21:34).

Cosas que encima, para algunos que se las dan de muy modernos –y que en realidad son muy superficiales–, pertenece al mundo de los cavernarios… Porque como asimismo nos lo sugirió el texto del otro evangelista por nombre Mateo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; (Mt. 11:29).

            Qué demás sublime e íntimo a un tiempo puede disfrutar el hombre en este “el valle de lágrimas” como a su turno también lo aludiera esa otra preciosa oración medieval de la Salve que de niño yo cantaba en un coro:

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra. 

Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre…

Amén

 

            Incluso ya nos lo había prometido siete siglo antes del mismo Cristo otro apasionado por la verdad y la justicia de nombre Jeremías: “Mirad que días vienen –oráculo de Yahveh– en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: «Yahveh, justicia nuestra.»” (Jeremías 33:14-16).

¡Qué imprevisto alivio! ¡Cuán “dulce júbilo”!, también como así nos lo dulcificara un precioso motete medieval que alternaba el latín y el alemán y retocado mucho más tarde por nadie menos que Juan Sebastián Bach:

Con dulce júbilo
Ahora cantad y alegraos

Miel para nuestros corazones
Descansa en el pesebre
y brilla como el sol

en el regazo de la madre

Nuestro Alfa y Omega…

 

            ¡Cuán consolador todo esto para la felicidad no menos de otros! Porque se ha cumplido la promesa de Isaías: “Ciertamente consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto.” (Isaías 51:3).

            Aunque desdibujada en aquel entonces entre las sombras de la cueva de Belén ya se hubiese asomado ominosamente en la pared alguna figura en forma de cruz…

            Pero el gozo tampoco se agota en todo lo dicho, porque se ha constituido, encima, prenuncio de otro muchísimo más trascendente y duradero: el que nos acompañará por toda una eternidad aunque derivado de esa misteriosa sombra en forma de cruz.

            O como mucho más bellamente lo expresara aquel que sus contemporáneos llamaron “el monstruo de la naturaleza”, Lope de Vega:

Yo vengo de ver, Antón,
un niño en pobrezas tales,
que le di para pañales
las telas del corazón.

 

            ¡Oh Navidad, siempre nueva y siempre la misma hasta el inevitable final!

 

             Y aunque por el neopaganismo de nuestros días seamos contagiados por la ceguera interior de nuestras almas que solo alcanzan a entrever tales pináculos de la Fe revelada, el Bien siempre termina por triunfar sobre todo mal, como nos lo recuerdan año con año las lágrimas de Pedro y la desesperación de Judas. O como más definitivamente nos lo sugirió  Pablo, el apóstol, en su carta a los romanos: “No te des por vencido de lo malo, sino vence siempre con el Bien al Mal.” (Rom. 12:21)

            ¡Aleluya!

EL SOL AHORA SALE POR EL SUR

EL SOL AHORA SALE POR EL SUR

 

Armando de la Torre

 

            La República de Chile es la nación-Estado de nuestra Iberoamérica que se me antoja a un tiempo la más lograda y también la más exótica de todas nuestras repúblicas vistas desde este viejo suelo de los mayas que es Guatemala.

Sobre sus más remotos orígenes aprendí en mi infancia en la escuela francesa, en la que fui educado en Cuba hace ya muchas décadas, a propósito de la famosa relación histórica de Alonso de Ercilla “La Araucana”.

La imagen permanente que de Chile retengo es la de una franja en parte arenosa y muy alargada, pero en parte también de un espléndido alpino de bosques y cumbres nevadas, a un costado de América del Sur. Pero asimismo de tiempos más recientes, la de una sociedad dinámica y pionera en todas las dimensiones de la gobernanza más exitosa.

            La he visitado en diversas ocasiones y también he disfrutado de la amistad con algunos de sus prominentes hijos. Pero en este momento me fascina desde muy lejos un personaje relativamente inédito por estas latitudes más septentrionales, la de José Antonio Kast.  

            No es uno más de los famosos “Chicago Boys” de quienes se valió Arnold Herberger para impulsar a Chile a la vanguardia del desarrollo económico-social contemporáneo a nivel mundial, ni tampoco me quiero limitar a una mención exclusiva del genio del seguro social, José Piñera, pero sí me parece Kast una de las promesas más impresionantes de la generación de pensantes chilenos subsiguiente a aquellos otros.

            Se trata de todo un hombre, y recalco lo de todo, insólito para estos tiempos de generalizada ambigüedad sexual y permisiva decadencia moral.

            Kast es hijo de inmigrantes alemanes como tantos otros en ese país, de sólida profesión católica al mismo tiempo que filosóficamente un liberal clásico ortodoxo y bien documentado, quien por apoyarse deliberadamente en un Absoluto encarna el ideal muy escaso por estos días del hombre de carácter, es decir, de convicciones morales muy firmes, lo que tanto brilla por su ausencia en tantos ámbitos que nos son de lejos y de tan cerca contemporáneos.

Egresado de la excelente Pontificia Universidad Católica de Chile con un título de abogado, se ha destacado también en los afanes cívicos posteriores al Presidente Augusto Pinochet, y ha sabido mantener su distancia, encima, de todos los vaivenes ideológicos diseminados entre los católicos por esos simplistas teólogos de la Liberación, y proscritos según el espíritu de las Instrucciones de Juan Pablo II, “Libertatis Nuntius” y “Libertatis Conscientia” de 1984.

Es más, en esa posición se mantiene al tiempo de estar la Iglesia Católica presidida por un Sumo Pontífice, el Papa Francisco, de vecino origen argentino, y que ha mostrado en múltiples ocasiones compartir esas mismas preocupaciones por los más pobres, pero con un cierto olvido de las soluciones que puede aportar para su alivio la economía de mercado, como lo confirma su muy reciente aprobación del texto “Oeconomicae et pecuniariae quaestiones, consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y monetario”, entre las que no hace mención de una sola autoridad internacionalmente reconocida en materia pecuniaria y sí, en cambio, alude a otros autores cercanos al clero pero totalmente ayunos de prestigio profesional entre los laicos.      

En las elecciones del 2017 que llevaron al poder por segunda vez a Sebastián Piñera, Kast obtuvo casi un ocho por ciento de los sufragios, muy notable logro para un líder nuevo e independiente y que así se ha dejado vislumbrar como un promisorio candidato para el 2021. Buen perdedor, en segunda vuelta le pasó su apoyo a la agrupación política presidida por Piñera, aunque también le pidió explícitamente una mayor atención a ciertos principios y valores eminentemente cristianos como los de la defensa de la vida (en contra del aborto indiscriminado y arbitrario), y el que pusiera también un énfasis mayor en la protección de la familia nuclear.  

Un hombre que ha jugado públicamente dentro de la más estricta observancia de las reglas electorales democráticas y que tampoco ha mostrado incluso temor alguno a ser identificado, por cierto, como lo fue Hayek respecto a Oliveira Salazar y Pinochet, con personajes autoritarios u otros mal vistos desde la ortodoxia socializante como esa de nuestros días que condena apasionadamente a Donald Trump o a Jair Bolsonaro.

No menos un hombre de paz, que sabe respetar la función de los militares para la defensa del orden constitucional y que no guarda rencor alguno hacia contendientes electorales de signos opuesto al suyo cuando les favorece el triunfo.

Asimismo, todo un hombre que propone una igualdad tributaria sensata y compasiva al tiempo de una reducción burocrática en el Estado, y con presupuestos equilibrados y por tanto en nada deficitarios y onerosos como deuda pública.

Igualmente incluye en su programa la disminución de la desorbitada burocracia estatal, del número de ministerios al tiempo que se retendría la estabilidad monetaria, medidas todas que nos vendrían también en Guatemala como anillo al dedo.   

Un personaje insólito y que solo ha podido florecer en una sociedad civilizada y tolerante como la chilena de hoy, o como lo fuera otrora la de Diego Portales, el impulsor en 1833 de la primera Constitución en nuestra América acorde con los lineamientos del más puro liberalismo clásico.

Ejemplos y esperanzas para quienes todavía nos debatimos en las incertidumbres propias de la ausencia de un Estado de Derecho y las arbitrariedades inevitables que se derivan del positivismo jurídico imperante.

Sigámosle desde lejos la pista, porque nos puede ser faro para una más justa y próspera Guatemala del futuro.                      

José Antonio Kast, un regalo oportunísimo que nos llega desde el frígido Sur americano.

LA REVOLUCIÓN “TRUMP” PROSIGUE SU CURSO

LA REVOLUCIÓN “TRUMP” PROSIGUE SU CURSO

 

Armando de la Torre

 

            Pero con algunos retoques.

            Los Demócratas recuperaron en control de la Cámara baja, la encargada exclusiva del entero presupuesto federal, lo que entrañará muy probablemente que se demore o se suspenda la construcción del muro anti-inmigrantes ilegales en la frontera sur con México. Pero el Senado permanece en manos Republicanas, lo que promete una mayor estabilidad a largo plazo en lo que más importa: el poder de dispensar justicia.

            Dicho de otra manera, se le ha dado otro respiro al corto plazo al Establishment Atlántico, el barómetro universal desde 1945 de lo políticamente correcto, y surgido tras la derrota demoledora de los totalitarismos a manos de las democracias occidentales con el final de la Segunda Guerra Mundial.

Pero otra revolución no menos significativa al largo plazo parece ser la muy reciente protesta de Trump, y también simultáneamente en ambas riberas del Atlántico, al reforzar los republicanos ese su control del Senado, el poder legítimo a cuyo cargo queda exclusivamente la designación o aprobación de magistrados y jueces a escala federal.   

            Lo cual confirma la escisión fundamental del Occidente otrora cristiano entre partes casi iguales numéricamente: la de los renovados propulsores del Estado de Derecho frente a los nihilistas militantes, para quienes en el mundo de los valores todo vale por igual.

            El máximo desafío de nuestros días.

            Lo más intrigante hoy nos es que ese movimiento estabilizador en nuestro hemisferio lo encabezan individuos carismáticos y de carácter rudo, mientras que lo opuesto responde más bien a movimientos de masas anárquicas y sin claridad conceptual alguna, o sea las contagiadas de un relativismo universal.

Pero si la historia nos ha enseñado algo nos queda claro que los individuos de convicciones firmes siempre terminan por imponerse a las masas amorfas y sin rumbos conceptuales sólidos.

            Trump en dos años se ha mostrado inesperadamente como suele suceder en cuanto uno de tales protagonistas de la historia. Algo también muy parecido acaece desde hace poco tiempo entre las naciones-Estados del Oriente europeo. Y por lo cual, no menos surgido de la nada lo mismo empieza a asomarse, reitero, en el país por antonomasia de la samba y de la dolce vita, nuestro polícromo Brasil.

            Tiempos de veras estimulantes, pues se insinúan como los estertores del parto de un mundo nuevo y viejo a la vez.

            Pero ¿de cuál catadura? ¿Autoritaria o democrática? ¿Iluminadora o enceguecedora?…

            Por ahora, todavía nos resulta algo nebulosa, como cualquiera otra corriente que vislumbramos agitarse bajo el prisma digital de la tecnología contemporánea.  

            Sin embargo, repito, si de algo nos puede valer la historia universal, no son las masas alocadas tras el placer y sin control de sus conciencias las que siempre terminan por imponerse, sino todo lo contrario, los individuos de perfiles definidos aun cuando adustos. En tal supuesto, el futuro inmediato se me antoja pertenecer a los Trumps de cualquier latitud geográfica.

            Esto último se puede interpretar como la revancha del sentido común ante las lucubraciones filosóficas de los mejor instruidos universitarios.

            Y lo que más me llama la atención de estos vuelcos repentinos es que en la era de los vuelos espaciales y de las comunicaciones instantáneas el eterno drama entre lo bueno y lo malo se desenvuelva ante nuestros ojos atónitos de manera igual que todos aquellos otros mundos que nos han precedido: pues las personalidades de carácter siempre terminan por arrastrar por el lodo a la multitudes hedonistas y a sus caudillos, aunque a precios humanos a veces intolerables. Tal, por ejemplo, como el de las epidemias contemporáneas de los opiáceos en el osadamente llamado mundo más desarrollado.

¿O acaso ya nos hemos olvidado de los tiempos de nuestra infancia, aquellos de las purgas soviéticas o del de los campos de concentración de Hitler?

            No creo, por otra parte, que esos deprimentes espectáculos estén de nuevo a la vuelta de la esquina. Más bien creo posible todo lo contrario, un mundo más apacible pero también seducible por la retórica varonil de cualquier caudillo muy seguro de sí con el suficiente sentido común igual al de quienes se ganan el pan diario con el sudor de sus frentes.

            O sea, cuestión de carácter.

            Pero lo que más atónito me deja es que los Trumps y los Bolsonaros hayan florecido en el océano tan licencioso y proclive al ocio de las masas poco perseverantes y de escasa voluntad espontanea para el autosacrificio. Masas, por otra parte, paradójicamente las más letradas en sus localidades respectivas.

            La cultura de las masas, entonces, ¿a remolque de los tirones de cualquier bocón?  

            Sí y no, como si la historia fuese regida por un sino caudillista fatal, de personalidades arrolladoras como lo reconociera el historiador británico Thomas Carlyle, y que nos hacen pagar las licencias gratuitas del hoy con los golpes dolorosos del mañana.

            Y si no queremos ahora tal mañana, mejor aprestémonos a consolidar nuestros valores individuales de sentido común, que incluyen los de familia y civismo.

            Así también se puede entender ese énfasis inesperado de Trump en el “norteamericano olvidado”, aquel forjador de las revoluciones industriales y de la agricultura súper eficiente durante los últimos dos siglos, los que domesticaron la furia de los vientos y el calor de las máquinas que resultaron en hacer a Norteamérica “grande” por primera vez.

            Tiempo de Adviento, tiempo de reflexión.

LA FORMACIÓN DE NUESTROS JURISTAS

LA FORMACIÓN DE NUESTROS JURISTAS

 

Armando de la Torre

 

Una osada incursión por mi parte dado que nunca he obtenido el título de esa especialización universitaria porque me retiré de tales estudios en el tercer año de los mismos durante el lapso que estuve matriculado en la Universidad de la Habana ya que me convencí que ese no era mi camino, en particular tras haber tropezado con el curso de Derecho Administrativo y entonces preferí pasarme a los estudios más humanísticos y filosóficos dentro de las aulas de la Compañía de Jesús.

Tras esta breve aclaración, me permito añadir que siempre ha permanecido conmigo un interés profundo por ampliar lo aprendido en ciertos cursos tomados durante aquella ya mi lejana juventud como, por ejemplo, los de la Teoría General del Estado, el del Derecho Constitucional, o los del Derecho Romano y los de la Historia y Filosofía del Derecho. Cursos que me fueron complementados más tarde por los de la Ética, los de la Filosofía escolástica y los posteriores de Teología, tomados ulteriormente en la Universidad de Comillas, España, y complementados en Francfort, Alemania.

Y así, de nuevo ya en los Estados Unidos, pude enriquecerlos con el del Análisis Económico del Derecho, con el Derecho Comparado y, una vez en Guatemala, con el Derecho Penal Internacional reciente… y sigo de alumno.

Como muchos otros algo iluso, la pasión por la justicia me ha sido una constante algo ensombrecida por mis errores y por otras limitaciones personales.

Y así me encuentro ahora, después de peregrinar por ambas riberas del Atlántico, y haber anclado en esta bellísima tierra de Guatemala, la que me ha resultado por demás corporalmente la más favorable durante casi medio siglo de mi permanencia en ella.

Dados todos esos antecedentes, mal que bien por ellos me apasiona en la hora actual el tema concreto del episodio de la CICIG sufrido por mis queridos guatemaltecos. Porque en todo ello creo discernir la debilidad de los fundamentos de la práctica jurídica de hoy en casi toda nuestra América hispana.   

Por eso a Guatemala, como al resto del continente, la veo muy urgida de una profunda revisión ética, no menos que jurídica, para la formación de nuestros jueces y magistrados. Y hasta lo creo muy probable.

Porque décadas atrás defendí la tesis, y de la que puede ser testigo y corroborador mi amigo y colega en estas mismas páginas el doctor Roberto Blum, de que este rincón privilegiado de las américas pudiera estar llamado a repetir para el resto de nuestro hemisferio, salvados tiempos y distancias, el milagro asombroso de lo que fue la Atenas clásica para el resto del continente europeo.

Pues aquella Atenas rudimentaria y tosca del siglo octavo antes de Cristo, cuando los invasores Aqueos la consideraron ni siquiera digna de someterla y conquistarla por la fuerza, tre siglos después se trasmutó en la luz del Occidente.

¿De dónde ésta audacia por mi parte?

Simplemente del hecho que he aprendido que la libertad personal de los humanos hace del todo impredecible dónde y cuándo se producirá la respuesta a cada desafío que nos es inevitablemente decisivo, como nos lo ilustrara ha mediado del siglo pasado el historiador de Oxford, Arnold Toynbee.

Aunque siempre condicionado por otro prerrequisito: el del respeto a esa libertad individual de expresión y de creación por parte de los poderosos hacia aquellos que les son subordinados. Porque esta libertad es la única clave digna de ser tenida en cuenta. Lo demás, la abundancia de recursos naturales, el crecimiento demográfico, el flujo de las inversiones o hasta los arrebatos de la naturaleza con sus terremotos y sequías, me resultan muy secundarios.   

Y así, ¿quién hubiera podido predecir para más tarde aquel otro milagro que fue la República romana o, ese salto relampagueante del Japón contemporáneo, o hasta la resurrección de un Israel tras casi dos milenios de una muerte certificada, o de tantas revoluciones que siempre nos han pillado por sorpresa, las agrarias, las urbanas, las comerciales, las industriales, las científicas, las religiosas y hasta las tecnológicas de las que está tejida nuestra historia universal?

¡Nadie y nunca!

Otra constante ha sido por otra parte la previa confianza en sí mismos de sus autores, un déficit que noto, sea dicho de paso, en muchos guatemaltecos. O de lo que le equivale: saberse capaz de innovar y emprender exitosamente.     

Aunque en lo muy personal, mantengo que el prototipo de todas las revoluciones la constituyó aquella encarnada, hace dos mil años, en un intrépido artesano de la Galilea romana, Jesús de Nazaret, aun cuando esto también requiera de un acto de fe que algunos rehúsan profesar.

Sin embargo, independientemente de tal acto de fe, aquel momento trascendental centrado en la figura de un paupérrimo judío constituye hoy el punto de arranque para el calendario mundial.  

Por todo lo cual reitero que Guatemala también podría constituirse en otra sorpresa mayúscula de la historia para el mundo por venir.

Disponemos de lo mínimo: de hombres y mujeres talentosos y decididos, de una posición geográfica envidiable, y de suficiente recursos naturales.

Y la coyuntura histórica nos lo hace más propicio.

De nuevo, solo nos falta la chispa sobre la que nos advirtiera tan bellamente Gustavo Adolfo Becker en su oda al Arpa, una voz estentórea que nos grite: “¡Levántate y anda!”.

Algo de esto podría esperarse aun al corto plazo, por ejemplo, en cualquier proceso electoral; o lo mismo para dentro de un millón.

Sobre tales supuestos reitero: Guatemala podría sernos otra sorpresa transformadora para todos nosotros, los Cro-Magnones que llevamos cuarenta mil años de deambular a golpes por este bello y tan único planeta.

Y así, esa voz de que nos hablara Becker habría de tener hoy un timbre eminentemente jurídico, es decir, de erigirse como el criterio máximo de nuestra responsabilidad personal.

Y alrededor de tal eje habría de girar toda la enseñanza del Derecho, esa imprescindible articulación normativa para la consecución de la justicia entre todos, que no es lo mismo que memorizar códigos. Tampoco que teorizar de espaldas a la experiencia, ni mucho menos aplicar a pie juntillas la interpretación mecánica de la letra de la ley, siempre dictada por hombres no menos falibles que nosotros mismos, sino de su espíritu.  

Así el Derecho devendría lo más civilizador, y cada violación al mismo lo más rechazable.          

Hemos, por tanto, de principiar siempre por nosotros a aferrarnos en lo personal a esa voluntad recia de justicia, capaz de reconocerle a cada uno lo suyo aunque nos duela.

Porque, “Dura lex sed lex”.

Y esa actitud no se improvisa, sino que requiere de muchos años de ensayos y equivocaciones, de  lágrimas y  así mismo de logros a puro esfuerzo, no menos que de una mente disciplinada y educada en los valores supremos del espíritu.     

Si tantos otros lo han logrado, ¿por qué no nosotros?

La receta como nos la resumió un estadista: “sangre, sudor y lágrimas”. Esa fórmula ideal para hacernos en cuanto “pueblo” y en cuanto “personas”, plenamente adultos.

OTRA LECCIÓN PARA TODOS DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

OTRA LECCIÓN PARA TODOS

DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

 

Armando de la Torre

 

            De nuevo otra lección de talla histórica que nos llegó a todos, guatemaltecos o no guatemaltecos, desde allá hace tan solo tres semanas: la elevación a la Corte Suprema de Justica de los EE.UU de un pensante objetado por las masas impulsivas que nada relevante para la dispensación de la justicia equivocadamente lo juzgaban. Error típico, por otra parte, de tantos analfabetas en materia de principios y que suponen alocadamente que cada uno de sus alarido es un argumento lógico.  

En realidad, el más hondo significado de este hecho histórico, por otra parte, no se da entre nosotros, los humanos, nada tan sublime como el logro acertado de la dispensación de la justicia.   

Y que por eso mismo, nos habría de ser siempre el más deseado, aunque también el más arduo, de los emprendimientos humanos, al contrario de esa ligereza que habitualmente mostramos al respecto.     

            Los Estados Unidos de América todavía nos son el experimento social y jurídico más grandioso, aunque no menos el más incomprendido hasta por ellos mismo, del mundo moderno.

Sus inicios fueron poco promisorios y más bien ominosos, primero en Roanoke y después en Jamestown, hacia fines del siglo XVI y a los comienzos del XVII respectivamente. Pues por aquellos años la dinastía reinante de la Inglaterra de los Estuardo era muy débil militar y financieramente en comparación a las de los Habsburgos en Austria y España y a los Borbones en Francia, que monopolizaban los primeros el oro y la plata de América. Nada beneficioso, por tanto, para aquellos primeros colonizadores anglosajones, desharrapados, que pusieron pie por primera vez en el continente americano. Ello forzó a la corona británica a valerse de recursos ajenos mediante contratos con sociedades privadas y autónomas que colonizarían en nombre del Rey esas nuevas tierras.

Ventaja monumental en su momento no reconocida para aquellos primeros grupúsculos de aventureros que se lanzaron a la colonización sucesiva primero de Virginia y después de Massachusetts, abrumadoramente de religión o anglicana o puritana que hubieron de aprender así muy dolorosamente el noble saber del autogobierno.  

Por eso, el primer grito de independencia contra la autoridad imperial de algunos de los reyes del Occidente de Europa brotó entre esos mismos pioneros, que habrían de ser imitados medio siglo más tarde por nuestros antepasados hispanoamericanos con poca o ninguna preparación para el autogobierno.

            Una interesantísima eventualidad, comparable con la de los siglos clásicos de Grecia y Roma, pero muy en lo especial de aquella de la Atenas comerciante y librepensadora del siglo V antes de Cristo de la que también se alimentan todavía nuestra memoria histórica.

            Y así, la América del Norte aún permanece como el prototipo del autogobierno moderno, no siempre el de los más ilustrados pero sí el de los más innovadores y productivos. Aún más, asímismo permanece como la punta de lanza desde las revoluciones industriales y también políticas del entero planeta, incluso cuando ya algunos anticipaban creerla en los primeros pasos de una supuestamente inevitable decadencia imperial.  

            Pero todo esto confirma una vez más que, las sorpresas y los logros de la libertad individual nos son siempre al final imprevisibles y por lo tanto inesperadas. Ellos mismos son quienes nos aleccionan sobre que la justicia inevitablemente importa porque es la piedra angular para el enérgico progreso de toda sociedad de hombres y mujeres libres.

            No esa “justicia positiva” del Gran Hermano; tampoco la que imaginan las turbas en las calles, sino simplemente la más propia del pueblo: la del sentido común. Ya nos sea transmitida localmente por la costumbre o estimulada por las reflexiones lógicas de los mejores conocedores de nuestra naturaleza humana.

De regreso a nuestro mundo contemporáneo: el nombramiento en cuanto juez asociado para la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de América del jurista BrettKavanaugh acaba de constituir una vez más un ejemplo para lo que aquí quiero reiterar: que no hay mayor injusticia desde el inicio que la de negarle a cualquiera la presunción de inocencia mientras no se le haya probado lo contrario.

Como precisamente entre nosotros ha procedido con total impunidad, ¡y por once años!, esa banda de ineptos llamada CICIG, y de la que hemos sido indirectamente chivos expiatorios todos quienes habitamos en este territorio.

            Porque la justicia, pues, se ha demostrado como lo que humana y divinamente más importa.

Y también, por eso mismo, lo que nos es más difícil de alcanzar.

Por eso mantengo que constituye un crimen de lesa humanidad entregar a ciegas su impartición a cualquier leguleyo simplemente porque se halle en posesión de un diploma universitario otorgado por otros en el fondo no menos leguleyos. Porque la probidad en un juzgador supone muchos sacrificados años de estudios y de otras no menos interminables renuncias públicamente verificables al propio bienestar.

            La justicia así deviene la joya y la corona suprema de todo lo meramente humano, en cuanto reflejo incluso de lo divino.     

Su menosprecio siempre conduce al Gólgota, y para mí hoy constituye el supremo argumento de por qué todos, tarde o temprano, nos hallamos necesitados del apoyo de un Absoluto, el único que no necesita de evidenciación alguna porque constituye precisamente el criterio para corroborar cualquiera verdad.      

            Y así, el juez Kavanaugh acaba de ser formalmente instalado en la Corte “Suprema” de Justicia de nuestro vecino del Norte, a pesar de la rabiosa oposición en las calles y hasta en el mismo capitolio, la Casa supuestamente por excelencia del Pueblo, y por parte de aquellos Padres Fundadores de una “más perfecta Unión”, explícitamente eran los que más temían: “the mobe rule”, traducible como la justicia desde la calle o por la plebe.

De ahí también la ventaja que se nos comparte gratuitamente de escarmentar en cabeza ajena.

Y en este sentido, nosotros muchas veces ni siquiera hemos podido aprovechar de esas experiencias porque no estamos expuestos a tales eventualidades dado que la “administración” de la justicia ha quedado reservada con exclusividad (pretextada en esa filosofía altanera e inhumana del positivismo jurídico) a un grupillo de funcionarios del Estado identificables como “Magistrados, Jueces y Fiscales”, sin posible participación alguna del pueblo llano, como sí, por cierto, ocurre en esas otras partes con la institución del Jurado.

            Y así ha venido a resultar que aquella otra “dictadura de los jueces consuetudinarios”, de la que tanto se quejaron a su turno nuestros tatarabuelos del siglo XVIII, ha sido reconstituida por nosotros mismos, sus tataranietos, en la forma de la monopólica dispensación de la justicia por unos pocos y mal formados funcionarios del Estado.

            Con total olvido de aquel otro llamado sapientísimo del Profeta: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8).   

LA MEJOR HORA DE GUATEMALA

LA MEJOR HORA DE GUATEMALA

 

Armando de la Torre

 

            El Presidente Jimmy Morales restauró hace menos de tres semana el honor de Guatemala en el pleno de las Naciones Unidas, mancillado a instancias de sus peores hijos.  

            Algo que no dijo en su breve pero magnífica presentación ante las Naciones Unidas y que yo me permito recordar a todos desde aquí es que esa reciente desgracia nacional llamada CICIG tan degradante, y sufrida por todos los buenos guatemaltecos desde 2007, es que tal tragedia infamante era fácilmente de esperar al momento de la suscripción el acuerdo. Esperar otro resultado fue una ilusión infantil.  

Realmente, para mí algo del todo inconcebible.  

            La soberanía nacional constituye de hecho un escudo colectivo de valor inapreciable para todos y cada uno de quienes vivimos en esta bellísima tierra.

El fenómeno de la soberanía nacional ahora tan poco apreciado por quienes se creen ser mejores entendedores de la actualidad internacional se inició a partir de la segunda década del siglo XIII y desde la Francia del maquiavélico Felipe Augusto IV.

Dos siglos después, Francisco I, logró por la pluma de Bodin consolidar esa soberanía que empezó a proyectar a toda la Europa absolutista de entonces en contra del tradicionalmente férreo yugo uniformador de la Iglesia Católica medieval.

El posterior surgimiento de los ideales democráticos en la Inglaterra soberana de John Locke y de los republicanos en la Francia no menos soberana de Voltaire hubo de ser heredado también hasta por nuestra América independentista con las figuras de Bolívar y San Martín.

Y de esa manera por otros dos siglos el ideal de la soberanía de todo Estado nacional vino a hacerse aceleradamente regla universal tras la victoria de los aliados en la Primera Guerra Mundial. El proceso subsiguiente de descolonización generalizada desde la Segunda pareció haber cimentado universalmente el respeto por todos a la soberanía de cada pueblo organizado en Estado.

            Pero lamentablemente no para esta nueva Guatemala incubada bajo Vinicio Cerezo hasta el presente. Pues desde 1986 Guatemala se volvió irresponsablemente un Estado pordiosero, donde se ha hecho total realidad el vaticinio inteligente de Juan José Arévalo a fines de la década de los cuarenta: “si acepto ayuda económica del extranjero, con una mano embolso esa ayuda y con la otra entrego nuestra soberanía”.

            Algunos embajadores (el del Canadá me lo reiteró personalmente hace pocos años) ahora afirman que la defensa de esa soberanía tan costosamente lograda tras milenios de lágrimas y de mucha sangre es cosa del pasado, sobretodo de aquel siglo XIX tan teñido de colonialismos europeos, pero que hoy ya no es un problema serio, cuando las Naciones Unidas se han erigido en una sociedad de iguales.

            Falso de toda falsedad.

            El poder siempre tiende a corromper, y así, hoy únicamente los cinco más poderosos entre los ciento noventa y cuatro miembros en teoría soberanos gozan del privilegio soberano del veto hacia todo lo que les pueda afectar. Y de esa manera los Estados Unidos y la Unión Soviética pudieron dictar desde allí alternativamente y durante medio siglo la agenda mundial a seguir por todos, mantos imperiales que hoy la China Popular y los Estados Unidos de nuevo se disputan con crudeza creciente. De hecho, todos los demás nos hemos vuelto a ser otra vez meras comparsas.  

            Así se explica que un portugués ramplón y vanidoso le pudiera decir hace unas semanas a todo un Presidente guatemalteco electo por la gran mayoría de sus conciudadanos que solo le concedía graciosamente diez minutos para oír sus quejas respecto a la CICIG. Por supuesto, tal grosero y engreído patán burocrático ha sido elocuentemente por algún tiempo Secretario General de la Internacional Socialista, es decir, de la corriente más autoritaria de la izquierda organizada que todavía sobrevive, con la adoración usual por parte de Edgar Gutiérrez, Eduardo Stein, Helen Mack, Todd Robinson y otros ejemplares del atraso local.               

            Todo esto, además, en oposición al viejo y sapientísimo adagio de que “el gobierno más cercano al pueblo es el mejor”.  

            A manera de evidencia histórica me permito recordar aquí a mis lectores aquel episodio fundante de nuestro entero Occidente del siglo V antes de Cristo de las magníficas y resonantes victorias de las polis griegas en Maratón y Salamina, pobres y desunidas entre sí pero políticamente soberanas, y por tanto constituidas por ciudadanos conscientes, es decir, por hombres libres y autónomos para todo lo que les concernía en derechos y obligaciones, frente a aquel vasto Imperio autocrático, opulento, monolítico y tan estable, de los persas.

            Aquella experiencia helénica, duplicada más tarde por las tribus germánicas sobre Roma, las hordas mongólicas y los raudos vikingos, además de las experiencias vividas por las ciudades-Estado italianas del Renacimiento, preparó el camino para que al término de la Segunda Guerra Mundial se reconociera por todos el respeto a la respectiva soberanías de cada cual por medio de la creación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945 en San Francisco de California.

Una organización que hipotéticamente abraza a todos los Estados soberanos por igual y que pondría fin así a todas las guerras.

Ilusos ilustres, entre ellos Dag Hammarskjöld, su segundo Secretario General, alimentaron en todos nosotros esa ilusión de aquel entonces.

Pero la realidad humana se impuso de nuevo en la persona de José Stalin y de sus seguidores en el poder absoluto hasta la caída del muro de Berlín en 1989.

Desde entonces, de nuevo muy de lamentar, ciertas fuerzas ocultas y degradantes propugnan por un regreso a una voz única, la de un “Gran Hermano” mundial, como lo vaticinara George Orwell a fines de la década de los cuarenta del siglo pasado en su magnífico ensayo “1984”.

Esta predilección cada vez más acentuada por subordinar nuestras respectivas soberanías nacionales a un ente supranacional, digamos la UMA islámica o la ONU supuestamente igualitaria, se empeñan en realidad en consolidar los poderes hegemónicos de algunos pocos sobre los más. Por ejemplo, de los del Foro de Sao Paulo o hasta de una monarca subrepticio absoluto de nombre George Soros.

Por eso tampoco no hemos de olvidar que “el precio de la libertad es una eterna vigilancia”.

La victoria por parte de Guatemala sobre tantas tenebrosas tendencias imperialistas lo ha constituido ese último discurso del Presidente Morales ante la ONU. Y por eso lo felicito de todo corazón.

¡Viva para siempre la soberanía de los pueblos, y en primer lugar la del guatemalteco!

EL MEOLLO DEL PROBLEMA “CICIG”

EL MEOLLO DEL PROBLEMA “CICIG”

 

Armando de la Torre

 

            Durante mis largos años de estudio se me ha consolidado la convicción de que la administración de la justicia es la única obligación prioritaria y soberana del Estado y de todo ciudadano en lo particular. Es más, en lo “equitativo” para ambas partes, es decir, que ambas ganen, se halla la raíz última de la eficacia de cualquier contrato.  

            Ni la salud pública, ni la educación nacional, ni aun la defensa territorial del mismo Estado, como tampoco su red de comunicaciones, ni aun el presupuesto de gastos e ingresos de la entera Nación, ni hasta la facultad  de emitir leyes iguales para todos por el Congreso, son equiparables en importancia y trascendencia a la urgente necesidad universal de que se haga justicia.

Simplificando al máximo hago mías la sabia alternativa de San Agustín en su obra “La Ciudad de Dios”: “Sin justica que son los pueblos sino bandas de ladrones” (Capítulo 4, Libro IV).

            Ningún otro empeño tan enorme y difícil para cualquier humano como la de intentar hacer justicia entre las partes involucradas. Es más, su dispensación la creo como la ambición más audaz, si no alocada, para nuestra humana naturaleza caída.

            Y, empero, estamos obligados en conciencia a procurarla con la máxima seriedad y entereza que nos sea posible.  

            Muy particularmente entre nosotros en el Occidente el hambre de justicia ha sido lo más prioritario en la vida social, y no menos hoy, desde aquellos pocos excepcionales hombres en la periferia del pueblo hebreo identificados como “Profetas”: Amos, por ejemplo, Miqueas u Oseas.

            Por la otra mitad de nuestra progenie cultural, la griega, para Platón la búsqueda de la justicia es el deber supremo de toda sociedad civilizada. Y para los romanos que les sucedieron, la justicia fue el sello imprescindible de toda verdadera República.

Asímismo para los teólogos medievales, Santo Tomás de Aquino a la cabeza, era la virtud de la justicia la suprema entre las cardinales. De la misma manera lo fue para los grandes jurisconsultos racionalistas a principios del siglo XVII, Samuel Pufendorf y Hugo Grocio, por ejemplo, la justicia es la puerta de acceso a la paz entre los hombres. Y otro de ellos, Emmanuel Kant, hasta la elevó al imperativo categórico supremo.

            De igual manera la práctica universal de la justicia, y la paz que de ella necesariamente se deriva, habrían de constituir el objetivo último de los esfuerzos en toda sociedad tolerante y digna para John Locke, Montesquieu y Rousseau.

            Y así, la práctica de la justicia ha devenido en el termómetro mundial de buena salud para toda sociedad de veras civilizada desde esa perspectiva que hoy llamamos el “Estado de Derecho” (el Rechtsstaat). Así lo concibieron inicialmente los grandes juristas alemanes de mediados del siglo XIX, más allá de toda Constitución escrita, y con el que además quisieron traducir a su idioma aquel término originalmente muy anglosajón de “The Rule of Law”.

            Pero muy de lamentar, desde hace aproximadamente siglo y medio, se incubó la filosofía del positivismo por August Comte, que Hans Kelsen hubo de ampliar más tarde al campo jurídico con su “Teoría Pura del Derecho” (Reine Rechtslehre, 1934), y que se nos ha vuelto monopolio doctrinal en muchas de las facultades de Derecho en nuestras Universidades Iberoamericanas.

            Adviértase que sin ese previo punto de vista positivista, en opinión de F.A. von Hayek, tan poco se habrían impuesto los totalitarismos de izquierda y derecha del siglo XX.  

Y aquel otro principio filosófico anterior, tan laboriosamente erigido por tantos siglos bajo el aforismo latino de “vox populi, vox Dei”, se vino estrepitosamente abajo y se ha visto reducido al final para nosotros a solo los caprichos y argucias legislativos de una asamblea, congreso o parlamento de políticos privilegiados electos para esa función. Nada ya de Derecho Natura, tampoco de Derecho consuetudinario (Common Law) solo la expresión verbal de unos pocos endiosados por ellos mismos. Esa es nuestra realidad jurídica hoy.

Y así todos tomamos muy a la ligera la justicia, ahora en manos del más fuerte o del más opulento pero con un ropaje abstracto y grandilocuente.

Y con todo ello, la majestad supremamente neutra en la impartición de la justicia se ha visto reducida a ese nivel de la pobre capacidad mental y caprichosa de unos cuantos políticos en posesión o no de un cartón de leguleyo.  

A tal desplome ahora se le califica oficialmente de “positivismo jurídico”. Y también sobre esa base nos resulta inteligible para nosotros ese monstruoso disparate único que conocemos como CICIG.

Esto también es aplicable al oscuro nicho de la depravación axiológica de nuestra Corte de Constitucionalidad, aunque sus cinco integrantes titulares honestamente no caigan en la cuenta de ello.

Pero tamaña superficialidad la pagamos entre todos con la disminución de la inversión creadora de puestos de trabajo, la prisión preventiva de centenares de ciudadanos guatemaltecos por el capricho justiciero de unos extranjeros, la proliferación de bandas armadas ilegalmente en las áreas rurales del país, la confusión tan nociva que derraman muchos de nuestros medios de comunicación social, la animosidad política rampante y el irrespeto generalizado de unos contra otros.

Ese es el verdadero costo de continuar con esa endiablada ocurrencia de Edgar Gutiérrez, implementada por el “experto” oligarca Eduardo Stein, aupada por la más diestra especialista en tirar piedra y esconder la mano, Helen Mack e implementada por unos cuantos compañero de ruta colombianos.    

Y así se ahoga el espíritu de iniciativa que hace crecer a los pueblos, y se aniquila el coraje cívico que queda reemplazado por la repetición del cobarde “no podemos” (contra la corrupción y la mediocridad de los delincuentes).

Y las virtudes cívicas se evaporan entre nosotros.

Por otro lado los ejemplos históricos en contrario hoy abundan: la recuperación a puro esfuerzo disciplinado de la Alemania vencida en 1945, o la parecida recuperación del Japón ídem, o los milagros económicos asiáticos de Hong Kong, de Singapur, o Corea del Sur, por no extenderme detalladamente a esa pasmosa resurrección después de dieciocho siglos del Estado de Israel que hace un jardín de un desierto y de hombres y mujeres libres y creativos de entre aquellos pocos “esclavos” que sobrevivieron al Holocausto nazi.

Inclusive las sucesivas revoluciones industriales a partir del siglo XVIII son del todo inexplicables sin la creatividad y el tesón de hombres y mujeres humildes para quienes las palabras “no podemos” resultaron impronunciables. Así también entre nosotros lo hicieron millones de emigrantes paupérrimos que construyeron para nosotros, lo hoy vivientes, las Américas, tanto las del Norte como las del Sur.  

En este punto, me permitiría recomendar a mis cultos lectores la relectura de mi favorito discurso de Pericles en homenaje a los primeros caídos atenienses en la Guerra del Peloponeso: “no solo quiero cantar en honor a nuestras generaciones del pasado sino también, y principalmente, en honor a nosotros mismos, los que aquí reunidos, y que hemos hecho de Atenas la gloria única del presente.” (Tucídides, Guerra del Peloponeso).

Categóricamente sí podemos sin subordinarnos a nadie.