¿Avanzan, de veras, las ideas “socialistas” en Iberoamérica?

            No lo creo, más bien me inclino a pensar lo contrario.

            El acelerado crecimiento del autoritarismo “de izquierda” durante la última década  en Iberoamérica (Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua los más extremosos) provoca mucho ruido retórico en los medios masivos de comunicación internacionales.

Encima, el benigno coqueteo hacia ellos por algunos otros gobiernos de la región, sedicentes “social demócratas” (el de Correa en Ecuador, de Lula en Brasil, Colom en Guatemala) les sirve a los primeros de cierta caja de resonancia para incrementar unos cuantos decibeles más sus pronunciamientos.

            El tan mentado “socialismo del siglo XXI”, sin embargo, se ha evidenciado en sus actos como no más que un exangüe y superficial reciclaje de “consignas” gastadas y obsoletas, entresacadas impulsivamente de las diversas  versiones del socialismo real del siglo XX.

En los hechos, se ha traducido de momento a un debilitamiento de los derechos de propiedad y de hostigamiento gubernamental en ciertos países a la libre expresión del pensamiento, sin haber llegado todavía, empero, excepto en Cuba, a las violentas colectivizaciones estatizantes cuyo símbolo más aplastante, el Muro de Berlín, se derrumbó con estrépito en 1989, poniendo fin a más de setenta años de deshumanización sistemática.

            Si algo ha hecho también más resonante la palabrería demagógica de Hugo Chávez ha sido el soporte de abundantes petrodólares con que la acompaña, a diferencia de la de hoy moribunda de Fidel Castro.

            Inclusive, ese experimento “comunista” en Cuba ya se percibe mundialmente como un total fracaso, hasta por muchos de esos mismos que se manifiestan  en alguna sintonía con el “socialismo del siglo XXI”. Es muy fácil discernirlo: la “izquierda” apenas hace alusiones hoy del protagonismo de Fidel Castro de ayer.

Por otra parte Venezuela, en cuanto Estado benefactor, se encamina ineluctablemente hacia una condición de Estado “fallido”, y el mensaje empieza a calar hasta las masas “chavistas” de la propia “república bolivariana”, a través de la vivencia en carne propia de la más galopante inflación actual del hemisferio, la escasez progresiva de los artículos de consumo de la canasta básica familiar, los índices más altos de delincuencia callejera de toda su historia, la ausencia de inversiones del extranjero que hubieran generado empleo, la contracción de la producción agrícola e industrial, la cada vez más aguda polarización social, la corrupción generalizada en los procesos de la justicia civil, penal y procesal que golea a todos, la ausencia de representación en un parlamento sin figuras opositoras, los choques con la Iglesia al interno  y los continuos roces diplomáticos al externo con su vecina Colombia, con los Estados Unidos, Israel, la Unión Europea, México, Perú y aun Chile.

Súmese a todo ello una sostenida fuga masiva de capitales y una emigración cada vez más abultada de talentos nativos, repetición a la letra aunque algo más lenta de la nefasta experiencia de los cubanos en la década de los sesenta.

Pero nuestras progresivamente más educadas clases medias, entretanto,  se muestran mejor informadas de esas realidades, a todo lo largo y lo ancho de Iberoamérica.

            Asímismo, los éxitos contemporáneos del libre mercado, pese a la reciente crisis financiera mundial y lo costoso de las guerras contra el terrorismo islámico, dan impulso entre nosotros a avances paralelos hacia la consecución o la preservación de estados de derecho genuinos como en Chile, Colombia, Perú, Urugüay, Panamá o Costa Rica, que  hacen resaltar para nuestros pueblos una alternativa en su futuro válida al mendaz “socialismo del siglo XXI”.

            Ni son de olvidar el diluvio de sucesivos “milagros económicos”, desde la segunda guerra mundial, a partir del de Alemania en la década de los cincuenta, y mayormente entre las economías nacionales del Asia (los famosos “tigres asiáticos”), con el énfasis desde un inicio puesto en la promoción de exportaciones y no en su sustitución –al contrario de lo aconsejado para nosotros por los teóricos “de la dependencia” (en torno a Raúl Prebisch y la CEPAL), que tanto a su turno influyeron en los teólogos católicos de “la liberación”-.

Otros ejemplos más cercanos en el tiempo, como los de algunas economías resurgentes en el antiguo bloque soviético (Estonia, Eslovenia, la República Checa) se erigen en reiterado e imponente recordatorio para el más elemental sentido común, de lo desacertado en nuestros días de cualquier enfoque colectivista. 

            Inclusive, esa cada vez más estrecha colaboración de fachada entre los autoproclamados “socialistas del siglo XXI” y los autócratas islámicos asociados en la opinión pública con el terrorismo de la “jihad” los vuelve crecientemente repugnantes a los ojos de los amantes de la libertad y de la paz.

            El sueño de las utopías colectivistas, pues, ya se soñó, pero los “socialistas del siglo XXI” todavía no se han enterado.

            También se podría tomar el incidente hondureño de hace casi un año como una prueba adicional del incipiente cambio en la marea de la opinión política iberoamericana, que nos aleja cada vez más del “socialismo del siglo XXI”.

            Pero no debería preocuparnos tanto ese pretendido “socialismo” de mentirillas que algo molesta como la búsqueda sistemática por identificar lo que sí queremos.

            Aquí entra el tópico inevitable de nuestra obligación de educarnos y educar. Es decir, de refinar nuestros conceptos e hipótesis en el supuesto pascaliano de que “el esfuerzo mental por aclararnos las ideas es el fundamento de toda vida moral”.

            La ética pública se ha descuidado demasiado entre nosotros por muchos años. Tal vez el esfuerzo obsesivo por construir Estados benefactores modernos nos ha desviado del de prestar una atención prioritaria a la dimensión ética en nuestras  opciones públicas. Y así hemos llegado a la práctica, apenas cuestionada, de que en política, sobre todo acerca del régimen de justicia social, “el fin justifica los medios” (Cárdenas, Vargas, Perón, Castro,  y demás émulos…)

            Por eso mismo, el éxito local y pasajero del “chavismo” de la última década en Sudamérica no nos debe distraer de tal esfuerzo educativo, muchísimo más importante que hallar lo que haría imposible su recurrencia: el sentido deliberado de obligación moral al escoger o utilizar medios para nuestros fines.

            Desde el estricto punto de vista de la experiencia histórica, nuestra primera línea de defensa habría de constituírla la reafirmación vigorosa de los derechos de todos a la propiedad privada, incluída la del subsuelo. A esto no le han asignado la suficiente importancia nuestros tratadistas jurídicos iberoamericanos. Herencia, creo yo, del abrumador positivismo “científico” de August Comte (sobre el que se construyó más tarde el jurídico de Hans Kelsen), entronizado a fines del siglo XIX, y que abrió el espacio a las “revoluciones sociales” del XX. Olvidamos que los esclavos lo fueron en cuanto no se les reconocía tal derecho a la propiedad, que los dejaba en consecuencia indemnes por no disponer de ulteriores medios con que defender todos sus demás derechos, empezando por los derechos a la libertad y a la vida.

El caso de Cuba quizás sea el más transparente. Fidel Castro se ha valido astutamente por medio siglo de la supresión de hecho en la isla de la propiedad privada para consolidar su férrea dictadura totalitaria, mientras hacia el exterior, simultáneamente, obnubilaba nuestra atención hacia sus atroces atropellos a los derechos humanos de todos mediante un virulento antiyanquismo.  

            Una segunda línea nuestra de defensa debería ser la salvaguardia incondicionada del derecho a la libre expresión. Sin ello los pueblos se arrastran a ciegas hacia su propio despeñadero, en este caso el “socialista del siglo XXI” al estilo venezolano.

            Una tercera línea de resistencia la habría de constituír la voluntad solidaria de todos los hombres y mujeres libres para quienes vivir en sojuzgamiento a tiranos es lo único que no se puede aceptar, y ello desde el primer gesto de despotismo. No somos islas, mucho menos átomos disasociados…

Tal voluntad solidaria se acaba de concretar ejemplarmente en Honduras, donde el pueblo mayoritariamente a través de sus instituciones más representativas (el Congreso, la Corte Suprema, la Corte de Constitucionalidad, el Fiscal General, la Contraloría de Cuentas, el Ministerio Público), con el apoyo moral de las iglesias, frenó el intento golpista de Manuel Zelaya en la línea de lo ordenado por Hugo Chávez.

            Lamentablemente, esa misma voluntad solidaria con el pueblo hondureño no se dio en la OEA entre los embajadores de las Américas por el entrometimiento ilegítimo de Lula Da Silva, Daniel Ortega y, una vez más, de los hermanos Fidel y Raúl Castro del brazo de su financista, Hugo Chávez.

            “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista” reza el viejo refrán castellano. Ya parecen discernir los disidentes cubanos la primera luz al final del larguísimo túnel en el que han vegetado por más de medio siglo, mientras paralelamente los “socialistas del siglo XXI” perciben las sombras que los habrán de engullir definitivamente a un relativo mediano plazo.

A la antipatía de los gobiernos de Canadá, Estados Unidos y México hacia el “socialismo del siglo XXI” se añaden las graduales medidas restrictivas de la Unión Europea, de Israel y del Japón hacia el intercambio comercial con esos regímenes que se califican a sí mismos de pseudosocialistas.

Nos queda por delante regresar todos a un concierto  panamericano que subraye, como lo proclamó en el siglo XIX el mexicano Benito Juárez, la obligación, tanto por parte de los Estados como de los individuos, de tener siempre en cuenta la prioritaria divisa “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

            Ello implicaría, adicionalmente, algunas reformas profundas a nuestros códigos civil, penal y procesales, para asegurar más efectivamente la integridad de las personas en sus cuerpos y en sus bienes frente a las agresiones de los poderosos, visibles o no.

Para ello hace falta un profundo examen de conciencia por cada quien sobre nuestros respectivos contratos sociales constitucionales. Hemos tendido repetidamente  a fracasar porque no le reconocemos su lugar preeminente a la cláusula de la separación de poderes supremos autónomos e iguales entre sí, la esencia de todo republicanismo, de manera que de veras contemos con “repúblicas” respetuosas de las minorías, y no monarquías presidenciales electas por plazos de cuatro, cinco o seis años.

Pero este tema queda para otra ocasión.

           

              

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