Cambio de Guardia

Cambio de Guardia…

Por: Armando de la Torre

            El miércoles catorce de este mes, el Ing. Giancarlo Ibargüen hará entrega de su cargo de Rector de la Universidad Francisco Marroquín a su sucesor, el doctor en economía Gabriel Calzada, ambos en la plenitud de sus vidas, los dos igualmente brillantes, y, no menos, con historias personales semejantes de audacia intelectual.

Giancarlo ha estado al frente de esta casa de estudios por diez años. Su antecesor, el economista Fernando Monterroso, durante quince. Y el anterior a él, el fundador de esta institución, casi única en su género, el ingeniero Manuel Ayau -para sus amigos, “el Muso”-,  dentro y fuera de Guatemala tan sumamente apreciado y respetado, por otros dieciséis.

La Universidad Marroquín, quizás la más reconocida de las universidades privadas, al menos en el contexto iberoamericano, por innovadora y libertaria, continúa hoy, y para el futuro inmediato, en las mejores manos. 

Pero el caso del Rector Ibargüen merece mención aparte.

En su discurso inaugural detalló, punto por punto, lo que entendía por “educar”. Y lo  aplicó al pie de la letra durante su decenio, res mirabili según lo que se estila por estas latitudes.

Lo que más me llamó la atención en aquella ocasión fue su enérgico énfasis en la educación humanística, al margen de toda estrecha especialización, tal como la entendieran en su momento Henry Newman y el fundador de la prestigiosísima Universidad de Chicago, Robert Hutchins, o, más contemporáneamente, Fernando Savater. Me sorprendió, porque nuestro tan querido Giancarlo ya descollaba, como profesional de punta, en la revolución digital de las telecomunicaciones. Es más, su mensaje enlazaba a la perfección con el ofrecido en similares circunstancias por “el Muso”, unos veinte años antes.

La misma insistencia por ambos sobre el papel clave de la libertad responsable, tanto en el estudiante como en su profesor. El mismo aprecio agradecido hacia el espíritu de trabajo productivo y disciplinado. Iguales sus acentos en la curiosidad intelectual y en la inevitable rigurosa economía de las asignaturas entre las que escoger. Idéntica  consciencia de que somos hechuras de la historia.

Antes de ser nombrado Rector, Giancarlo había sido el líder del proyecto de ley de telecomunicaciones, hoy vigente en Guatemala. Desde aquel entonces, me sorprendió el desfile de eminencias del extranjero que han venido a visitarnos con el ánimo de compenetrarse más  con aquella iniciativa. A nosotros, en cambio, los beneficiarios comunes y corrientes, nos basta ser partícipes del milagro digital que desató, y que tanto ha ensanchado el ámbito de nuestras libertades individuales.

Una vez en el cargo, Giancarlo se aplicó con la misma intensidad y destreza a reforzar el hábito de la lectura, y las subsiguientes discusiones en nuestras aulas, paralelo en cierto sentido al método propuesto por Mortimer Adler de educar a través de la discusión “socrática” de las grandes obras escritas por las mejores mentes de la humanidad.

Giancarlo nunca ha dejado de ser un hombre modesto y alejado de ruidos, como lo aconsejara hace siglos, en un célebre poema, y muy elegantemente, Fray Luis de León.

Esta Universidad ha logrado situarse en nuestros días como estandarte actualizado  de las  ilustres y vivificantes corrientes de pensamiento que han enriquecido a la humanidad a través de las escuelas de la escolástica tardía en la Universidad de Salamanca (siglo XVII) y la austriaca de fines del XIX.

Francisco de Vitoria y Friedrich August von Hayek, ¡qué tal de mentores! …

Y sin embargo, pocos como Giancarlo,  han sabido identificar en pocas palabras esos resortes eximios de la excelencia intelectual. Es más, pocos que hayan procurado imitarlos, como él, con el diario ejemplo.

Cortés, sereno, tolerante, magnánimo, alegre, ese joven genio, lector voraz, ha sabido  realizar su empuje de siempre, pese al freno implacable y repentino de una enfermedad muscular progresiva, la que tampoco ha podido detener en su carrera de físico y cosmólogo al célebre Stephen Hawking.  

Por encima de todo, Giancarlo nos deja el ejemplo constante de la más acrisolada decencia. En lo personal, reconozco que me ha devuelto la fe en la hombría de bien que acaba por superar pacíficamente tanta miseria humana. Hombría que él mamó en la cuna, que ha crecido en sus virtudes, que la ha sabido contagiar y terminado por legar a todos, sin distinción,  en la Universidad Francisco Marroquín.

Me consta, y doy fe, con plena confianza, porque a mis avanzados años de edad, simplemente, ya puedo, y ya sé, comparar.

 

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