“¿Carisma o Disciplina?”

“¿Carisma o Disciplina?” 

Por: Armando de la Torre

 

            A propósito de la campaña electoral anticipada, “Chepe” Ascoli publicó un artículo la semana pasada en este mismo diario con tal título. Su comentario se suma a un creciente número de opiniones inteligentes que, por fortuna para la Guatemala de hoy, han salido a la luz.

            Creo que “Chepe” tocó un nervio sensible. El “carisma” de un líder no es garantía de su habilidad para gerenciar. La historia está repleta de caudillos en su momento muy atrayentes pero que fracasaron después. Fidel Castro, un  ejemplo reciente.

            Ya Max Weber distinguió el liderazgo tradicional, digamos el de un heredero en una dinastía, del “carismático”, reducible a cualidades personales e intransferibles de un individuo  que logra despertar el entusiasmo de los demás. Ambos muy diferentes del líder meramente “legal”, aquel que por ley ocupa una posición decisoria a la cabeza de una corporación, pública o privada, burocráticamente organizada. En este último, la tradición o el carisma pesa menos, y la eficiencia medida por los resultados cuenta más. Un héroe, pero de la disciplina gris y aburrida.

            Quienes logran ganar por cualquiera de las tres vías que otros acuerpen sus propuestas rara vez son la concreción pura de una de ellas, sino una combinación de las mismas más bien, con particular énfasis en la una o en la otra.

            Pero más me interesa aquí el vínculo que establece “Chepe” entre el “carisma” de un dirigente y el principio de disciplina organizacional.

            He llegado tardíamente a la conclusión de que en cualquier contienda, o en cualquier esfuerzo competitivo moderno, la disciplina, a la larga, se ha vuelto el factor clave. 

            Los ejemplos abundan, inclusive desde los tiempos clásicos. El carismático Alejandro se impuso merced a la disciplina del ejército que heredó de su padre. Roma, por otra parte, dejó su huella permanente e indeleble en el Occidente gracias a su disciplinada ciudadanía. Y en  tiempos más recientes, el civismo disciplinado de sus súbditos hizo de la corona británica la “Señora de los Mares”.

            Lo que ocurre en las empresas que logran imponerse en el mercado y se tornan “marcas” de referencia para los demás, junto a sus empresarios fundadores, ya sean Ford, Daimler o Mitsubishi.

            Pero quisiera aludir a un ejemplo que creo conocer mejor que otros. El de la Alemania actual. Es la tercera vez en dos siglos que a ese pueblo disciplinado se le reconoce la función de locomotora económica de Europa. La primera vez hacia 1890, cuando desalojaron a Inglaterra del primer puesto europeo de la Revolución Industrial. La segunda, hacia 1936, cuando fueron los primeros en emerger de la Gran Depresión de los años treinta y hoy, tras la II Guerra Mundial.

            Triunfos atribuidos por ellos mismos a hipótesis en cada caso diferentes: al empuje nacional, cuando Bismarck; a la “pureza de la raza aria”, bajo Hitler, y hoy, más sensatamente, a “las virtudes alemanas”: la minuciosidad, disciplina y lealtad.  

            Hasta podríase colegir de ello la explicación de la victoria del ejército de Guatemala sobre las guerrillas utópicas y anárquicas. Con el agravante, además, de lo que no se quiere reconocer: que el “pueblo” en su conjunto mayoritario lo apoyó, sobre todo en las zonas rurales. Por ello, una Dirección de Asuntos Civiles, no menos prolija, disciplinada y leal, les resultó estratégicamente a los militares guatemaltecos más valiosa que la mera conducción táctica en sus encuentros bélicos.

            Quizás también esta hipótesis explique la ausencia en Guatemala de verdaderos partidos políticos. Somos demasiado cortoplacistas, en exceso adeptos a que “Mi Familia Progrese”, con desalentadora frecuencia más a la espera de recibir que a adelantarnos a dar, poco dados, en fin a leer y a reflexionar como para estar motivados a entregarnos disciplinadamente  a una empresa o a un propósito común.

            Añadiría que quien pretenda liderar sea como el “hombre selecto” que describió Ortega: aquel que exige más de sí mismo que lo que él exige a los demás.

              

           

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