Cuando la democracia, y no la repùblica, es el fin…

Cuando la “democracia”, y no la república, es el fin…
Por: Armando de la Torre
Hoy el mundo entero parece ser “demócrata”, o al menos así lo decimos, para no sentirnos políticamente aislados o, lo que es lo mismo, sabernos “correctos”. Lo que por lógica debería llevarnos a ponernos todos de nombre “Vicente”, quien siempre va adonde va la gente…
Nietzsche, nunca diplomático, conceptuó esa actitud como “del instinto de rebaño”, es decir, propio, en su opinión, de quienquiera resienta el triunfo ajeno. Si tiene razón, entonces nuestro mundo contemporáneo resultaría uno de aplastantes adoradores de la igualdad hacia abajo, hasta a la del cementerio, antes que uno de la excelencia hacia arriba, hasta la vida plena que según Nietzsche se encarna sólo en el “Superhombre”.
No hace falta, sin embargo, de tal vitalismo darwiniano para concluir que nos hemos internado colectivamente por un camino equivocado hacia una supuesta igualdad de derechos cuando habríamos de encaminarnos hacia la igualdad de obligaciones.
La primera obligación universal es el respeto al derecho ajeno.
La segunda, responsabilizarnos ante los demás de nuestros actos.
Y la tercera, pensar para aclararnos el por qué de la una y de las otras.
Lamentablemente, en este ambiente contemporáneo en el que la preocupación máxima es la del derecho a “entretenerse”, la de pasarla bien a plazo corto tras plazo corto, necesitamos “gobierno” que nos lo garantice, el “pan y circo” de los antiguos romanos.
La alternativa olvidada a la democracia como fin, y no como un mero medio para escoger a quien gobierna, ha sido entonces y ahora la República, ese sistema de gobierno limitado de pesos y contrapesos, encargado de velar por que cada quien cumpla con sus obligaciones, esto es, que cada uno sepa autogobernarse sin detrimento para el autobierno de los demás.
Por ese olvido monumental, los gobiernos crecen y crecen, como lo explicó muy bien Bertrand de Jouvenel, y, peor aún, a petición de los mismos que se contarán un día entre la muchedumbre de sus víctimas: empresarios mercantilistas, agitadores sindicales, eclesiásticos “liberadores”, analfabetas funcionales, y el resto de holgazanes y parásitos de toda laya.
Eso se traduce a tanta corrupción generalizada, al omnipresente e inicuo abuso de poder, a la legislación irrespetable e irrespetada, a los estúpidos déficits fiscales, al tamaño desmesurado de deudas impagables tanto en el sector privado como el público, a los impuestos generadores de pobreza, a las “transferencias” opacas de fondos públicos con fines de lucro político personales, a la inhumana  violencia callejera, a la angustia desesperada que nos lleva a emigrar, hasta a la contínua erosión de la institución básica de la sociedad, la familia, y, en consecuencia, al vergonzoso  debilitamiento del carácter varonil en jóvenes y en viejos.
Las Repúblicas, empero, no han sido eternas (las democracias tampoco). Han caído después de haber florecido durante muchos años por una idéntica causa: la pretensión de querer redistribuir el éxito por la fuerza que había sido ganado por el esfuerzo individual y libre. Así sucedió, por ejemplo, en la Roma republicana a partir del año 133 A. de C., con la reforma agraria de los hermanos Gracco, y lo mismo parece repetirse en la república más exitosa del mundo moderno, los Estados Unidos, desde las políticas redistribuidoras del ingreso iniciadas por F. D. Roosevelt durante los años treinta.
Ya deberíamos haber aprendido todos que la clave de la convivencia próspera y pacífica no reside tanto en un énfasis ruidoso en la defensa de nuestros derechos -que, por supuesto, debe hacerse- sino en otro más íntimo de la conciencia en nuestras obligaciones.
La semana pasada el Congreso de los Estados Unidos decretó la obligatoriedad del seguro de salud para todos sus residentes. Paradójicamente, eso contribuirá a que ese gran magneto sea visto cada vez más como una democracia y cada vez menos como una república. En la misma proporción dejará de ser “the last best hope of humanity”, la última esperanza mejor de la humanidad, y contraerse a una sociedad de mediocres.
 
 
 

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