DE CUANTAS MANERAS HACEN LA GUERRA LOS GOBIERNOS A SUS PUEBLOS II

Por: Armando de la Torre
Además de que nadie gusta que le mientan, tampoco gusta de que le fuercen a competir  por lo suyo.
El deportista aficionado compite por el flujo de adrenalina del que disfruta, igual que los niños al jugar. Pero el trabajo disciplinado y productivo no es un juego, es mera rutina para la supervivencia.    
            Ese fue, por cierto, el gran vacío en la memoria de Marx cuando creyó factible su utopía de la “sociedad sin clases”, esto es, sin competidores, sobre el supuesto de que en una comunidad entre iguales cada uno daría libremente a los demás según sus habilidades y recibiría de ellos según sus necesidades.
Pero desde Darwin estamos sabidos de que eso no puede ser así.
Esto último, al contrario, lo hemos sobrellevado como la aflicción permanente en la existencia humana, la bíblica imperiosidad de tener que ganarnos el pan con el sudor de nuestras frentes.
En la específica cuestión tributaria se traduce al regateo incesante entre la fuerza de los contribuyentes al fisco y la de sus gobernantes, siempre enfrentados por disponer de esos mismos recursos escasos. Más desagradable aún cuando la calidad del gasto público se torna pésima.
            Los políticos, con los burócratas a su servicio, abusan de su monopolio del poder coactivo para extraer lo máximo de los bolsillos de quienes producimos la riqueza de las naciones. Y si se les soporta, incluso se reservan una tajada de león para sí mismos.
Una alternativa seductora se nos ha planteado con la anarquía, o ausencia del Estado. Sin embargo, se ha comprobado otra extravagancia utópica, dados los extremosos precedentes en algunos de sus más exaltados seguidores durante el siglo XIX y principios del XX, que encima, se autotitularon “libertarios”.
            Entonces, cuando a través de partidos políticos se nos preceptúan constituciones escritas, se olvidan esas lecciones de las utopías y, en su lugar, se nos obsequian propuestas teóricas por las que minuciosamente se intenta coordinar nuestras iniciativas de acuerdo a los criterios hipotéticamente racionales de quienes legislan.
Para implementarlas necesitan de nuestros escasos recursos. Y así explicó Federico Bastiat por qué el augusto concepto de “Ley” había degenerado ya en su tiempo al nivel de excusa legal para que un grupo de ciudadanos expoliara a los demás primordialmente en beneficio de sus propios intereses particulares o gremiales.
            Príncipes, presidentes, dictadores, y aun genuinos demócratas, casi siempre creen que tales recursos les son insuficientes para cumplir con las metas expansivas y detalladas que otros políticos les habían asignado mediante Constituciones que hoy se califican de “desarrolladas”.
            De ahí que el costo de tener gobierno se haya acrecentado sin tregua, al amparo de tales facultades discrecionales que, en cambio, suelen utilizar con la misma energía contra los adversarios y violadores de los derechos ajenos, y para el logro de lo cual habría de costearse un sistema de justicia pronta y de veras imparcial.
La lucha durante el siglo XVII de los liberales ingleses estuvo precisamente enderezada a poner límites a los políticos para el uso de la fuerza.  Y la primera constitución escrita, un siglo después en suelo americano, se concentró en lo mismo: poner candados a los posibles abusos de quienes detentan la fuerza legal. Ello se constituyó, en realidad, en el intento oblicuo de salvaguardar aquel principio fundante que formularon los griegos bajo el término de isonomía, es decir, el de la igualdad de todos ante la ley, siempre inconciliable con el abuso privilegiante de la fuerza por parte del Estado. 
Para el logro de este ideal, 73,000 votantes guatemaltecos han propuesto al Congreso de la República unas enmiendas (www.proreforma.org.gt) que los satisfechos con el “status quo” adversan.
De no ser aprobadas, el poder coactivo asequible a las autoridades continuará en manos de enemigos de la sociedad abierta.

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