Dentro de cuarenta años

Dentro de cuarenta años…

Por: Armando de la Torre

            Vivimos tiempos de aceleración histórica. El mundo, y todo lo que en él se contiene, cambia y vuelve a cambiar… Especular, por tanto, sobre lo que de hoy al año 2053 pueda haber ocurrido, aunque sólo sea en este incambiable bello rincón del planeta que llamamos Guatemala, se me antoja un ejercicio mental de suicidio inútil.

            Sin embargo, me atreveré.

            Mi punto de partida estaría en que nuestro mañana depende de lo que hagamos hoy. En otras palabras, todo futuro, entre seres humanos responsables, se halla ya en embrión en el presente de nuestras capacidades.

            Sobre tal supuesto, me permito esperar que nuestra población se habrá duplicado para ese entonces, o sea, que rondaremos los treinta millones alrededor  del año 2053. Y también que nuestros mayores de edad para esas fechas serán más adultos que los de hoy, con una media de alrededor de veintitrés años (frente a la de los 18 años en la actualidad).

            Nuestra escolaridad espero que ya habrá rebasado la meta del presente, para rozar optimistamente los cinco años de alguna forma de educación formal secundaria. No menos importante, la mortalidad materna se habrá contraído al mismo tiempo al nivel de lo común en otros países que consideramos más desarrollados que el nuestro.

            Y así, espero, tendremos hombres y mujeres más sabios, porque sabrán comparar mejor entre eventos y personas, antes de haber arribado a la media futura de los ochenta años de edad.

            Tales pronósticos podríamos mejorarlos, o igualmente empeorarlos, de acuerdo a otros parámetros, los jurídico-políticos, por ejemplo, que tan radicalmente inciden en nuestro crecimiento, económico y de todo tipo, y, por ende, asímismo en nuestros logros civilizados.

Toda esta apreciación la considero de suma importancia.

Una bien pensada Constitución política nueva, por ejemplo, ya nos es, para empezar,  del  todo asequible pero sólo si poseemos la voluntad de querer hacerla. 

En ese sentido, lo que más nos urge es blindar la independencia del Poder Judicial ante la de cualquier otro de los poderes soberanos del Estado. Para ello habrían de suprimirse constitucionalmente los innumerables  privilegios vigentes a favor de grupos o personas, más aún, de suprimir de raíz toda posible  potestad de otorgarlos.   

            Es éste un mensaje difícil de vender en cualquier rincón del planeta. Los privilegiados nunca renuncian sin pelear a sus privilegios. Pero ya nos resulta imprescindible si queremos ganarnos una sociedad mucho mejor que esta con la que contamos hoy.

            El mensaje fundamental para todos los hoy privilegiados y apegados a tales ventajas ilegítimas sería que ellos mismos, igual que el resto, estarían mucho mejor y más satisfechos en una sociedad en donde no existan privilegios para nadie. Y así se habrá erradicado, de una vez por todas la causa principal de la conflictividad social.

            Además, tendríamos ¡por fin! un verdadero sistema de justicia pronta e igual para todos. Y sus frutos tampoco tardarían en llegarnos al muy corto plazo: un mucho más alto nivel de vida generalizado, la reversión de la corriente migratoria de nuestros mejores laborantes de hacia afuera a hacia adentro; un salto cualitativo más arriba, en cantidad y en calidad, de la inversión foránea per cápita, y en el número y excelencia de los servicios de salud y educación a la disposición de todos, acompañado de un muchísimo menor dispendio de recursos para la seguridad personal.

            Por otra parte, si priorizamos las libertades individuales por encima de la supremacía imperial del Estado (quitándole, digamos, ese monopolio inicuo del subsuelo), habremos recortado de tajo la profusión de políticos embusteros y ladrones – además de ignorantes y toscos-, y facilitado la llegada al poder de ciudadanos laboriosos y cumplidores con la palabra dada.

Otro cambio estructural muy beneficioso sería el que la discrecionalidad  de que hoy disfrutan los sindicatos de maestros sobre la educación de los jóvenes retornase a nosotros, los padres de familia, debidamente asesorados, que somos quienes con nuestros impuestos sufragamos todos los gastos  y salarios de los docentes.   

No menos ayudaría el cambio de una estructura unitaria del Estado nacional a otra de tipo federal, para que todas nuestras etnias, sin excepción, se sientan copartícipes en la dirección de nuestro destino colectivo. Ello, además, nos llevaría a una mayor integración cívica y cultural, de la que todos y cada uno saldríamos recíprocamente enriquecidos.

E igualmente muy importante es que todos aprendamos de los beneficios de la libre competencia entre quienes se saben comportar, sin violencia alguna, como iguales ante las leyes (que, por lo mismo, de antemano nunca habrán de ser discriminatorias). Pues no hay persona que no pueda aventajar a los otros en algún aspecto, alguna destreza, o algún rasgo de carácter.

También eso se constituiría en parte esencial de nuestra comprensión del derecho universal a la propiedad. Y devendría prioritario para cada cual saberla emplear dentro de los más absolutos cánones de honradez profesional.

Porque, como encima ya nos lo advirtió de tiempo atrás Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es… la paz”.    

 

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