El “Big Government” está de vuelta

 

Por: Armando de la Torre

La victoria del Partido Demócrata en los Estados Unidos no augura bien para los amantes de la libertad individual.

Los avances legales del último cuarto de siglo en favor de la autonomía personal quedan ahora en entredicho. Muy probablemente habremos de esperar cuatro años, por lo menos, para que el péndulo regrese a la dirección opuesta.

No dejan de llamar la atención ciertos paralelismos con la situación en 1933.

En aquel entonces un republicano, ingeniero de profesión, Herbert Hoover, cedió el liderazgo de un incipiente Estado benefactor a un demócrata miembro de la aristocracia social y política de Nueva York. Hoy, otro republicano, petrolero de Texas, se lo pasa a un activista comunitario de Chicago insertado en la élite intelectual del “Eastern Establishment”.

Roosevelt, con su “Nuevo Trato”, amplió a lo grande los poderes del gobierno federal a costa de los Estados miembros de la Unión y de sus ciudadanos. Obama casi seguramente hará algo parecido con esa presidencia imperial que le hereda George “W”. Bush.

Sus recetas para la coyuntura financiera entrañarán más de la misma equivocación: la multiplicación de controles. Al fin y al cabo, la dirigencia “demócrata” se hará eco de las prioridades proteccionistas de los sindicatos, nunca reacios por su parte a recurrir a la falacia “ad baculum”.

También serán juzgados Roosevelt y Obama los prisioneros de erradas visiones, keynesianas el uno y de neokeynesianas el otro.

El “Big Government” está de vuelta.

Pero también ambos Presidentes se habrán vistos abrumados por amenazas a escala mundial: Roosevelt por las de la Unión Soviética y la Alemania nazi, Obama, por las del terrorismo islámico y el reto nuclear de Irán y Corea del Norte.

El libre comercio ya estaba para 1932 estrangulado. En la versión del 2008, la ronda de Doha, de la Organización Mundial del Comercio, supuestamente enderezada a liberar al mundo de los injustos subsidios agrícolas nacionales y de las barreras arancelarias y no-arancelarias, seguirá empantanada, dada la antipatía de los sindicatos aún a modestos acuerdos bilaterales.

Otro tanto se diga de la reducción de impuestos para lo que se entienda como “clase media”. Así también lo prometió Bill Clinton en 1992 y hubo de desecharlo 10  meses después. En su contexto doméstico actual, esa promesa será dentro de un  año como pluma de ave que el viento se llevó.

En el marco internacional, sin embargo, vale la pena subrayar ciertas circunstancias que los diferencian.

En la década de los treinta desapareció la Liga de las Naciones por falta de voluntad  política entre sus Estados miembros. En la presente, en cambio, la tendencia general es a privilegiar el multilateralismo precisamente a través de las NN.UU.

El planeta, además, se halla hoy muchísimo más interconectado, lo que reduce sustancialmente la posibilidad de imposiciones aisladas por egoísmos nacionales.

Más aún, el tema de los derechos humanos ha mellado en la mayoría de las naciones las aristas cortantes de los regímenes autoritarios. Y la solidaridad internacional se promueve urbi etorbi, por lo menos del diente al labio, como lo políticamente correcto.

Creo que mantener la disciplina dentro de su propio partido será el más intratable de los problemas para Obama. Al Congreso han llegado radicales del ala izquierda demócrata que, cual hippies trasnochados, creen poder cambiar el mundo al ritmo de las vehemencias de sus corazones. La primera prueba la tendremos en la socialización de la medicina, y los EE.UU. dejarán de ser el magneto para la fuga de talentos médicos de todo el mundo.

Nuestra insignificancia iberoamericana para el Departamento de Estado -desde la caída del Muro de Berlín- se prolongará por todo el próximo período presidencial.

En cuanto a la Guatemala bajo el gobierno de Alvaro Colom, en franco retroceso institucional,  tal pronóstico le será todavía más aplicable.

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