El engaño

Por: Armando de la Torre

 

¿Cómo pudo Fidel Castro llegar a un poder dictatorial primero, totalitario después, y retenerlo por medio siglo?

 

Entró triunfante en La Habana en enero de 1959 rodeado de la adulación de las masas. Joven apuesto y en extremo inteligente, simpático además (“… ¿Voy bien, Camilo?”), y que había obligado a retirarse a un gobernante impopular, encarnó por un momento todas las aspiraciones políticas de la floreciente clase media.

 

Pero la mentira estaba al acecho. “No he venido a sustituir un despotismo por otro, sino a aplicar el mensaje social del Evangelio”, creyeron oír jóvenes adoradores y madres. Es más, su “desinterés” se les hizo más evidente cuando al inicio renunció integrarse al gobierno de sus secuaces. Además, para escarmiento de muchos se estrenó con fusilamientos en masa y juicios “populares de circo romano” -como lo calificó una de sus víctimas-, sin ningún debido proceso. “No hace falta”, exclamó el Presidente designado a dedo por él, nada menos que un antiguo magistrado del Tribunal Supremo, “¡porque la revolución es fuente de derechos!”

 

Todo el que pareciera sugerir que aquella marea cívica más que política parecía derivar  hacia una dictadura de corte comunista era, tachado automáticamente de “contrarrevolucionario”. Con ese pretexto liquidó en pocos meses la libertad de expresión radial, escrita y televisada. Y para dejar las cosas claras y en su lugar, a uno de sus lugartenientes más cercanos, Hub





er Matos, lo denunció públicamente ¡y le impuso treinta años de cárcel por habérselo insinuado por carta en privado!

 

En abril de 1961 declaró que él era, y siempre había sido (otra mentira), “comunista”.

 

Cuba debía sus avances a dos factores primordiales: a la enorme inmigración española del primer tercio del siglo XX, y a su cercanía geográfica a la primera potencia tecnológica del mundo: los Estados Unidos. Contra ambos se volvió, incluídos sus medio hermanos por el primer matrimonio de su padre (español) y que les había heredado millones de dólares.

 

El “niño bonito” de los jesuitas les confiscó sus colegios y el de los hermanos De La Salle en el que había cursado su primaria. Condenó al Arzobispo de Santiago de Cuba, Pérez Serantes, que había intercedido con éxito siete años antes para que no fuera él ejecutado por las fuerzas de Batista, luego del fracasado asalto al cuartel Moncada, y expulsó a todas las órdenes religiosas enseñantes. Pasó por las armas al jefe de su guardia personal, Morgan, al que infligió la innominia final de ni siquiera permitirle despedirse por teléfono de su madre, lo mismo que habría de hacer más tarde con su “héroe” de África, que ya le hacía sombra, Arnaldo Ochoa. Cuando al “Ché” Guevara (no menos asesino) lo consideró inservible, lo abandonó a su suerte en Bolivia. Como Stalin, como Hitler, su inmenso ego no reconoce otro junto al propio…

 

¿Por qué se ha mantenido tanto tiempo? Por dos razones: por su astuta elección hacia el exterior de una postura antiyanqui -rara entre los cubanos-, que le valió el apoyo reflejo de todos los resentidos del mundo (a la vanguardia, los políticos del PRI mexicano) y por la supresión hacia el interior del derecho a la propiedad. Pues los esclavos no se rebelan. ¿Con qué lo podrían hacer…?

 

He tenido la impresión de que el caso cubano es incomprendido por la mayoría de nuestros “hermanos” (?) iberoamericanos. Pero esa actitud, a su turno, la comprendo: ninguno ha pasado por esa experiencia.

 

La índole de esta variante totalitaria del despotismo, inédita hasta el siglo XX, tampoco fue comprendida por la mayoría de los europeos que vivían de este lado del muro. Todavía hoy quedan ingenuos que lo conceptúan como uno más entre muchos. Evidentemente no han leído a Hannah Arendt…

 

A propósito, el antisemitismo que ella juzga componente vital del totalitarismo ya asoma su fea cabeza en Venezuela y Bolivia.

 

En Cuba, no. Ya no quedan judíos, ni se retiene contacto alguno con Israel.

 

 

 

 

 

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