El estudio y la pràctica de la Polìtica

El Estudio y la Práctica de la Política

Por: Armando de la Torre

            Se me pide que explique el sentido de las palabras que me sirven de título para esta charla ante un grupo de hombres de empresa. Procuraré mantener el tono de esta presentación lo más claro y llano que me sea posible.

            Empiezo por la política: entiendo por ella el conjunto de normas y decisiones públicas que se enderecen a facilitar por la vía más justa y eficiente la consecución y armonización de los fines de todos los miembros de la sociedad (en griego, “pólis”). Podría dar muchas otras definiciones tomadas de la historia de las ideas al respecto, por ejemplo la aristotélica de que la vida política se ha de orientar por el “bien común”. Definición que el economista y premio Nobel James Buchannan califica de “romántica”.  Pero quiero ceñirme aquí a lo más realista y pertinente para nosotros en la Guatemala de hoy.

            El rasgo distintivo y universal  de lo “político” es que legaliza para ciertos individuos y grupos al frente de la sociedad políticamente organizada en Estado el recurso a la coacción, es decir, al uso de la fuerza o a la amenaza del uso de la fuerza. Y la historia constata que nada puede hacer tanto daño -a veces, algún bien- como esa prerrogativa, que les es exclusiva, de valerse de la fuerza bruta para lograr la ejecución de sus objetivos. Por ello pudo afirmar Lord Acton que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

            Los hombres y mujeres comprometidos con las actividades “políticas” así entendidas suelen ser mayormente hombres y mujeres de acción, es decir, movidos por aspiraciones y resultados concretos. En otro contexto más bien sociológico nos referiríamos a ellos como hombres y mujeres predominantemente interesados en el manejo de “medios”, NO tanto en la contemplación desinteresada de “fines”, actividad esta última que caracteriza a los teóricos en su búsqueda desinteresada de la verdad (investigadores científicos y pensadores filosóficos).

            Un gran profesor de economía en la Universidad de Princenton, Claude Robinson,  (“Understanding Profits”, 1961) hizo una vez la distinción entre ambos tipos de actitudes de la siguiente manera: los teóricos inflan globos polícromos que nos deleitan y nos alientan con su belleza; los prácticos, en cambio, se acercan a esos mismos globos armados de alfileres, y los pinchan… En esta alegoría, contrastaba él la actividad digamos de los profesores universitarios y escritores humanistas con la de los hombres de comercio y de tecnologías útiles como las que usan los ingenieros para la solución de problemas inmediatos.

El mundo necesita de valores ideales, pero no menos de aquellos que se concentran en intentar hacerlos realidad en el día a día. Hombres contemplativos, pues, y hombres de acción…

            Los grandes diseños políticos de los contemplativos adolecen con demasiada frecuencia de falta de realismo al corto plazo; y las de los prácticos o activos, de metas más altas al largo plazo. La combinación ideal, por tanto, sería la de un estrecho intercambio entre ambos tipos de seres humanos, como sucede con frecuencia en los países que por eso llamamos “desarrollados”, y a los que jurídicamente les reconocemos ser auténticos Estados de Derecho, o sea, donde la libertad, la vida, la propiedad de cada cual están eficazmente garantizadas por quienes gobiernan. Guatemala está lejos, lejísimo, de figurar entre ellos… Los “políticos” entre nosotros todavía son analfabetas funcionales, y nuestros “intelectuales” ineptos escribientes faltos de logros, que a la hora de proponer una línea de acción parece que sólo disponen de dos manos zurdas…

            Pero la esperanza de algo mejor no nos está permitido perderla…

            En nuestro caso nacional contamos con una juventud minoritaria pero espléndida en ambas vertientes, la teórica y la práctica. Basta acercarlas aún más, como no lo ha sabido hacer hasta ahora nuestra generación y también las anteriores.

            Iberoamérica “celebra” el bicentenario de su independencia. A los ojos de muchos no habría mejor celebración que la del progreso hacia Estados de Derecho en todos nuestros países, lo que ya se asoma en la medida en que algunos se han aventurado a dar el primer paso, el logro de mercados crecientemente libres de inoportunas injerencias dañinas por parte de los políticos. Hay incluso quienes se nos han adelantado ampliamente: Chile, Perú, Colombia, El Salvador, Panamá… Pero la mayoría se ha rezagado, aun en comparación con nosotros, los guatemaltecos, porque sus hombres y mujeres de acción “política” permanecen anclados en los parámetros de los años cuarenta del siglo pasado. Ni siquiera parecen haberse enterado de que cayó el Muro de Berlín ni su por qué…

            En esta coyuntura creo que habría que apuntar en la mayoría de nuestras sociedades a reformas constitucionales que reduzcan el ámbito y el volumen de la discrecionalidad política y acepten como roca fundante de nuestros Estados el respeto irrestricto a la legítima propiedad privada -incluída la del subsuelo- y a los contratos de buena fe entre particulares.

            También habría de insistirse en un sistema de veras de separación de poderes, y muy en especial de genuína independencia del poder judicial.

            Hemos de enfatizar que los procesos constitucionales, tanto en la antigua Roma como en el mundo parlamentario moderno, sobre todo a partir de la “revolución gloriosa” en Inglaterra en 1688, no han tenido otro objetivo que limitar y reducir el uso del poder coactivo lo más posible.

El ideario liberal desde entonces no incluye una reconstrucción deliberada de las estructuras sociales sino un dejar hacer a lo que de entre los hombres surja como resultado espontáneo de sus libres escogencias individuales de fines y medios.

            No hay nada más consonante tampoco, sea dicho de paso, con el valor metafísico de la “persona”, tal cual se ha decantado a lo largo de milenios desde aquella fusión progresiva, hasta nuestros días, de la civilización clásica con la ética judeocristiana.

 

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