El futuro religioso del hombre II

El futuro religioso del hombre (II)

Por: Armando de la Torre

            Corren muchas versiones de lo que se entiende por “religión” que contradicen lo que yo entiendo por ella. Naturalmente, no pretendo ser el dueño de la verdad, mucho menos imponerla.

            Pero a propósito de la traslación entre nosotros por unos días de los restos de Don Bosco, leí de un columnista de opinión bien conocido por su antipatía visceral a todo lo eclesiástico, que la veneración de tales reliquias rayaba en la “necrofilia”. Manera grosera, me pareció y lo sostengo,  de descalificar lo que no se entiende.

            Al precio de distraer en exceso a mis lectores, quiero aquí remontarme a precedentes que nos pueden parecer remotos.

            Quienes se confiesan “evangélicos”, por ejemplo, también critican la veneración de reliquias humanas, como sucedió en ese caso reciente de Don Bosco, pero desde un plano mucho más elevado y, ciertamente, menos bilioso. Para ellos, según entiendo, sólo a Dios y a su Hijo Encarnado  ha de dársele con exclusividad todo honor y toda gloria, posición teológicamente sostenible pero en extremo calvinista a partir del siglo XVI. Por supuesto que en un plano de fe en abstracto intensamente monoteísta esa postura espiritual tiene su lógica. Lo mismo podría decirse de la ortodoxia judía contemporánea e igualmente de la islámica.

            Pero los católicos parecen haber tomado mucho más en serio, sobre todo desde las encendidas  prédicas de San Bernardo de Claraval en el siglo XII, las implicaciones concretas de la fé en el misterio de la Encarnación. Es decir, que Dios, en la persona de Jesucristo, ha querido históricamente divinizar a lo humano  y para ello empezó por incluir en su providencia una Madre netamente humana para su Verbo divino,  hacer misteriosamente uno lo Infinito y lo finito.

            Ello hubo de traducirse ulteriormente al muy debatido punto entre creyentes “de la fé con obras”, en la que tanto  insistió Santiago, el judaizante “hermano” mayor de Jesús de Nazaret, y la pura fé sin ellas, que parece inferirse de la prédica de San Pablo.

Esto, a los ojos de los adalides de la Reforma protestante, parecía sugerir un mentís a la supuesta tesis paulina de que sólo la fé sin obras salva, y constituirse en un salto atrás hacia la servidumbre de “la Ley” de la que Jesucristo, precisamente por su generosísimo sacrificio, nos liberó de una vez por todas.

            En lo personal, creo que la tradición católica ha sabido hacer un logro magnífico de la síntesis entre ambas posturas apostólicas, que últimamente habría de terminar por rozar con el carácter de lo  sacramental de la comunidad de los creyentes, por ello erigida en “Iglesia”, o “Cuerpo místico”, del Redentor.    

            Perdóneseme esta digresión teológica en esta nota para la muy mundana y temporal prensa diaria. Pero la creo premisa necesaria para concluír que el llamado “culto a los santos” no es más  que una extensión del culto explícito y único a Dios, en cuanto cada uno de nosotros  ha podido ser llamado por Él  no sólo por nuestro carácter individual radicado en el espíritu sino también por nuestra naturaleza creada de carne y hueso, a través de la cual nos hacemos  miembros visibles de una comunidad invisible, en otras palabras, insertos al colectivo humano bajo la óptica teológica de que nos es sacramento “radical”.

            En este supuesto, todo hombre o mujer declarado “santo” por la Iglesia no es más que un simple ejemplo de entrega heroica a Dios, que la Iglesia nos propone a los demás para su imitación.  De ahí el fervor respetuoso con que se acogen cualquier resto que de ellos nos quede y que eventualmente nos relaciona con el Autor de tamaños heroísmos.

            Todo muy de nuestra condición de compuestos de materia y espíritu. Similar a aquel impulso que llevó a nuestros contemporáneos que se decían ateos a momificar el cadáver de Lenín en Moscú, o a preservar los despojos mortales de Napoleón en el Hospital de los Inválidos en París.

            Cuestión de fé, en último análisis,  en los meros hombres o en el Dios que nos diviniza. 

            Opto por lo segundo.

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