El futuro religioso del hombre IV

El futuro religioso del hombre (IV)

Por: Armando de la Torre

 

            En plena segunda guerra mundial un teólogo “protestante”, Rudolf Bultmann, muy influído por su compatriota, el filósofo existencialista Martin Heidegger, publicó un estimulante  artículo con el título “El Nuevo Testamento y la Mitología”.

            Cuarenta años después otro pensador, el norteamericano Thomas Kuhn,  añadió por su cuenta un condicionamiento, que devino célebre, para todo lo que en cada era se tiene por verdades “científicas” porque son productos de previos compromisos intelectuales, compartidos por la comunidad de los científicos, que él llamó “paradigmas”, de  los cuales, empero, no son explícitamente conscientes.

            Estos dos contemporáneos enfoques los tomo de la mano para apoyarme ahora en esta breve reflexión acerca del futuro religioso del hombre, en particular del hombre que se confiesa monoteísta dentro de los cánones de la tradición judeocristiana.

            Por un lado, el acervo de la llamada “revelación” de Dios a sus humanas criaturas ha sido, y es, el tesoro más rico e inagotable de conocimientos sobre nosotros mismos, sobre nuestros lugares respectivos en el tiempo y el espacio, sobre el sentido de nuestras vidas individuales, y sobre lo que entrañan llamados tan diferentes para el ascenso inmerecido de cual a cual desde este mundo sensible, que nos es natural, a ese inalcanzable, y por siempre insondable, del sobrenatural.

            La palabra escrita y la tradición oral por las que ha discurrido tan fenomenal “Buena Nueva” no son, por otro lado, hipótesis científicas falseables en laboratorios experimentales según el método usual de ensayos y errores. Son más bien “interpelaciones” históricas que hace un Creador, misteriosamente tripersonal, a sus criaturas unipersonales, a cada una dentro de concretas coordenadas de tiempo y espacio. Más desafiante aún, que nos sugieren una manera analógica de “fusión”, igualmente más allá de lo comprensible, entre el Uno Infinito y los múltiples finitos.

            Tal  “Revelación”, pues, nunca nos hubiera podido alumbrar el intelecto sin una intervención extra (es decir, allende al mero acto de haber creado de la nada) por parte de la divinidad creadora y, además, redentora.

            Lo que también requiere a nuestra vez de algo “extra”: ese asentimiento voluntario, que llamamos coloquialmente “acto de fe”. Así queda establecido el diálogo entre las personas divinas y las humanas a lo cual, en palabras de Martin Buber, somos llamados ontológicamente todos.

            Por lo tanto, al tratar el tema de la “Revelación” no lo podemos encuadrar hoy dentro de una teoría más del conocimiento, sino dentro de “vivencias” existenciales que rozan lo imprevisible y aun en ocasiones lo casi paranormal “místico”, que el hombre común y corriente verbaliza como “Dios me dijo”. Inclusive otro teólogo alemán, Friedrich Schleiermacher, ya se había adelantado a los existencialistas del siglo XX a principios del XIX con su énfasis radical en el indiscutible “sentimiento” de nuestra dependencia de un Ser Superior, y que solemos identificar con el concepto de “providencia”. Y antes de él, el físico matemático Blaise Pascal lo había intimado en el XVII con aquello de que “el corazón tiene razones que la razón no comprende”.

            Ha sido igualmente la vivencia de profetas, pero asimismo de conversos y contritos. Chesterton, con su muy británica flema, lo resumió en aquello de que “a la Fe me atrajo lo que de ella debería haberme alejado”. Pensamiento similar al del cuento del mucho más cínico  Bocaccio, acerca de un Visir islámico en Egipto que envió a un embajador a investigar las costumbres morales de la Roma de los Papas del Renacimiento y retornó, años después, horrorizado… y cristiano,  porque, arguyó, si la fe en Dios persistía a pesar de decadencia moral de los creyentes en El, no podía haber dejado de estar allí presente.

            Es ésta una ruta muy diferente a la de la Patrística o a la de los escolásticos medievales, Santo Tomás de Aquino a la cabeza. Pero es “la devotio moderna”…

 

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