El futuro religioso del hombre IX

El futuro religioso del hombre (IX)

Por: Armando de la Torre

            ¿Qué se podría, por tanto, aventurar en definitiva acerca del futuro religioso del hombre?

            En primer lugar, que siempre lo habrá.

El entorno cultural puede por períodos no serle favorable, pero siempre serán interpretables en cuanto otras tantas “noches oscuras” del itinerario del cristiano.

            En segundo lugar, la vertiente “institucional”-su  Iglesia-, será probablemente más “elástica”, sin renunciar por eso a su estricta naturaleza jerárquica y sacramental, en la medida en que el culto a Dios se torna todavía más íntimo y menos público. Ello no implicaría que la abnegada proyección hacia el prójimo en la práctica de la caridad organizada,  venerable de dos milenios, habrá  de disminuir entre los feligreses, es decir, que el espíritu del buen samaritano permanecerá con nosotros si es posible en mayor calidad y número .

            En tercer lugar, esta condición humana nuestra, incesante en su búsqueda de intimidad trascedente -como la describiera Martin Buber-, nos ayudará a restaurar, en cada vez, el puente de acceso a lo sobrenatural que hubiésemos cortado con nuestras culpas. Me refiero a lo que los evangelistas dieron en llamar metanóia, es decir, el “arrepentimiento” sincero.

Para tales expectativas me valgo de ciertas conclusiones de la sociología contemporánea sobre las llamadas “crisis emocionales” del ciclo vital (la adolescencia, por ejemplo, o la primera muerte de un ser querido, o un grave accidente entre quienes nos son más allegados, o el divorcio, o hasta el anuncio de nuestra enfermedad terminal,…), y las del llamado ciclo social (desempleo, violencia callejera, quiebras económicas, guerras, revoluciones…), que acaban, por incentivarnos paradójicamente a recuperar nuestro equilibrio emocional, pues seguiremos conscientes de que, de no lograrlo, la alternativa pudiera ser precipitarnos por el  abismo de las “pasiones inútiles”, del alcohol, de las drogas, o hasta de las  actividades delincuenciales…

            Las filosofías morales del utilitarismo o del pragmatismo tampoco se han mostrado capaces de hacernos lo suficientemente fuertes ante tantos desafíos a nuestra fragilidad.

Sólo los preceptos incondicionales de una moral categórica, únicamente ubicable en la esfera interior de la fe del individuo, se han probado a la altura para resistir las tentaciones y, sobre todo, para enfrentar los dilemas éticos a los que hemos de responder cada hombre y mujer adulto.

¿Por qué habríamos de ser diferentes mañana?

El cristianismo, además, ha añadido al judaísmo del que se deriva, otra ulterior motivación: la del Cristo a diario crucificado.  Ni se nos ha dado otra visión tan revolucionariamente conmovedora, ni siquiera desde el mundo de los efectos especiales del  “entertainment”.

La cruz se constituye así en nuestra última ventana para asomarnos al misterio de la “Encarnación”. Sólo sobre tal premisa se puede esperar de nosotros que lleguemos al heroico perdón de nuestros enemigos. Sólo desde ella nos resulta exigible el amor voluntario y universal o  nuestra renuncia a tanto deseo prohibido, incluso la ablación deliberada de nuestro “yo” en  obsequio a un respeto sin excepciones al derecho ajeno.

El cristianismo no es una devoción que se eleve hacia lo imaginado divino, sino una entrega, con frecuencia atormentada, a la voluntad de un Padre que quiso descender hasta ésta áspera realidad humana.

No es, pues, uno más entre otros de aquellos toscos esbozos de piedad  calculadora de las culturas politeístas mediterráneas  que lo precedieron. Tampoco una fuga del dolor y de la responsabilidad individuales, como lo creyó entrever Nietzsche en las culturas de la India.

El cristianismo se reduce a un enérgico abrazarse a la cruz que nos redime y que,  al redimirnos, nos deja inmerecida e incomprensiblemente eternizados.

¿Qué uso harán al respecto nuestros bisnietos de todo ello a través de las “redes sociales” producto de la tecnología digital?…

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