El futuro religioso del hombre VI

El futuro religioso del hombre (VI)

Por: Armando de la Torre

            Considero errada la perspectiva de Rudolf Bultmann porque parto de la convicción empírica de que dioses, mitos y sus cultos respectivos en su honor se han probado, una y otra vez,  más consonantes con nuestra condición humana, incluida la de hoy, que el espiritualismo que entraña cualquiera de las manifestaciones históricas del monoteísmo judeocristianismo.

            Lo pretendo un mentís a Tertuliano, para quien el alma era “naturalmente” cristiana.

            Las “ideologías”, supuestamente ateas militantes, que arrasaron con buena parte de la humanidad durante los siglos XIX y XX –el nacionalismo, el socialismo, el fascismo, y hasta el anarquismo de su última versión contemporánea, la randiana-, han girado en torno a dogmas “infalseables” y, por lo tanto, nótese bien, ni religiosos ni científicos.

            Y han abundado entre ellas los cultos desenfrenados “a la personalidad”, aun a las de los más brutales y entonces todavía vivos (a Marat, Napoleón, Lenin, Stalin, Hitler, Musolini, Mao, Pol Pot, Perón, Castro, o al “Atlas” presuntamente empresarial, y así  a un larguísimo etcétera).

               El mérito de hipótesis como la de Bultmann está en que nos obliga a redirigir nuestra atención hacia lo que él llamó “die eigentliche Absicht”, la “intención intrínseca o genuina” de lo revelado en la Biblia y en la tradición.

Sobre el futuro de esa “intención”  versan estas líneas.

            Uno de los principales supuestos mitológicos del judeocristianismo, según el mismo autor, es la lucha incesante entre los personajes del “cielo” y del “inframundo” por la posesión definitiva de las almas de los hombres.

            Podría decirse que semejante conflicto sobrehumano tuvo un origen, al parecer, meramente en la imaginación ética de Zoroastro (o Zaratustra), mucho antes de Cristo. De acuerdo al cual la realidad fluye de dos principios metafísicos, personificados desde toda la eternidad, más allá del “tiempo” (que tiene, por el contrario, un “comienzo” y un “fin”) y del espacio en: Arimán, el “Mal”, y Ahura Mazda, el “Bien”, y que hacen su principal campo de batalla de las conciencias individuales de los hombres.

            Pero la crítica histórica ha aceptado que tan descomunal dicotomía fue incorporada evolutivamente al Antiguo Testamento por sus sucesivos autores “con la asistencia de Dios”. No menos aquellas por las otras parábolas alegóricas del Génesis sobre un paraíso, un primer hombre y una primera mujer,  un pecado original, un justo, Abel, asesinado por un resentido, Caín,  un diluvio al que sobrevivió por voluntad divina un personaje con los rasgos de Noé, un acto heroico de obediencia al gesto de Abraham, “el Padre de todos los creyentes”, la exterminación punitiva de los inicuos de Sodoma y Gomorra, o la premiación de la rectitud “según el corazón de Dios” en la literatura posterior llamados libros “sapienciales” en torno, a figurar como las de Job, David y los profetas…  Todo ello,  prenuncio de las bienaventuranzas del Sermón del Monte o  de las victorias sobre sí mismos del Cristo tentado en el desierto  o del Pablo hundido en su ansiedad “por todas las iglesias”.

            Para Bultmann, tales “mitos” de antaño son óbices para la fe en el hombre moderno… Los hodiernos, en cambio, son “realidades” a las que habríamos de “adaptarnos”.

            Disiento, pues, más bien, tiendo a interpretar cada una de esas “mitologías” contemporáneas  como otros tantos episodios en la guerra obvia, y sin pausa que libran el bien y el mal en nuestras propias conciencias, lo que reclama, a su vez, de  nuestra parte la  obligación moral de pensarlas.

             De vuelta a la construcción intelectual paralela de Thomas Kuhn sobre “paradigmas” a través de los cuales filtramos nuestras certezas, me permito añadir que, efectivamente, nos son identificables en cualquier reconstrucción teórica de nuestras experiencias, pero no  por eso menos comparables entre sí a partir de la capacidad última nuestra que constituye prueba adicional de esa “imagen y semejanza de Dios” que porta cada hombre consigo.

                       

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