El futuro religioso del hombre VII

El futuro religioso del hombre (VII)

Por: Armando de la Torre

            Karl Rahner, el teólogo católico del siglo XX que quizás más ha influido en el pensamiento   moderno, escribió hacia el final de su vida un ensayo titulado “Espiritualidad Antigua y Actual” (1968) en el que afirmó que el cristiano del futuro “o será un místico… o no será cristiano”.

            Me dejó perplejo.  Porque la vivencia mística es un don muy excepcional, no asequible a cualquiera. La lectura, sin embargo, de otro texto suyo en torno al “invierno eclesial” en nuestros tiempos, simultáneamente con la del más reconocido de los grandes místicos, San Juan de la Cruz, me ayudó a descifrarlo. Pues nadie como este último ha sabido trasladarnos al castellano, con tanta sensibilidad y hondura, el itinerario personal de un alma a Dios.

            Recientemente, también se han hecho públicas ciertas reflexiones acerca de lo que nos revela el diario de la Madre Teresa de Calcuta -para sorpresa de quienes admiraban sus pasos por los caminos de la caridad heroica-, esto es, de sus lacerantes dolores íntimos mientras luchaba a solas con sus dudas de fe y con el sentimiento de haber sido rechazada por el mismo Dios.

            Testimonio de la cruz interior, tan frecuente en la vida espiritual, y comparable a una depresión anímica que lleva a la pérdida de todo gozo, que los expertos, incluídos los mismos místicos, califican de “noche oscura del alma”.

            Permítaseme citar unos versos en los que San Juan de la Cruz recogió su particular vivencia redentora:

            “Aquella eterna fonte está escondida,

            que bien sé yo dó tiene su manida,

                 aunque es de noche.

            En esta noche oscura de esta vida,

            que bien sé yo por fe la fonte frida

                  aunque es de noche.

            Su origen no lo sé, pues no le tiene,

            más que todo origen della viene,

                 aunque es de noche.

            Sé que no puede ser cosa tan bella

            y que cielos y tierra beben della,

                 aunque es de noche.

            Bien sé que suelo en ella no se halla

            y que ninguno puede vadealla,

                 aunque es de noche.

            Su claridad nunca es oscurecida,

            y sé que toda luz de ella es venida,

                 aunque es de noche.

            Sé ser tan caudalosas sus corrientes,

            Que infiernos, cielos riegan, y a las gentes,

                 aunque es de noche.

            La corriente que nace desta fuente

            Bien sé que es tan capaz y omnipotente,

                 aunque es de noche.

            La corriente que de estas dos procede,

            Sé que ninguna de ellas le precede,

                 aunque es de noche.

            Bien sé que tres en sola una agua viva

            Residen, y una de otra se deriva,

                 aunque es de noche.

            Aquesta eterna fonte está escondida

            En este vivo pan por darnos vida,

                 aunque es de noche.

            Aquí se está llamando a las criaturas,

            Y de esta agua se hartan, aunque a oscuras,

                  aunque es de noche.

            Arquesta viva fuente que deseo,

            En este pan de vida yo la veo,

                 aunque es de noche.”

 

            Saber, aunque sea de noche, lo que sólo a la luz del mediodía nos es cognoscible, es “fe”. Pero la frialdad helada que a ratos la circunda nos la puede tornar noche insufrible… Recordatorio nada sutil de que en el bagaje de todo peregrino cristiano nunca deja de estar presente la cruz, como en aquel grito de un Jesús agonizante: “¡Señor, Señor, por qué me has abandonado!”

            El auténtico venero, se ha probado, del carácter cristiano.

¿Será ésa la fe mística a la que será llamado el cristiano del futuro que es nuestra actualidad?

             A veces, con Rahner, tiendo a pensar que sí… La historia, por otra parte, me sugiere que no. La alegría del agradecido no ha sido menos conducente a Dios que la tristeza del que se ha creído rechazado.

Al fin y al cabo, a eso se reduce “la Buena Nueva” de la llegada del “Reino de Dios”, Pasión y Transfiguración, como lo ha sostenido desde siempre la entera tradición mística del Occidente.

           

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