El futuro religioso del hombre XI

El futuro religioso del hombre (XI)

Por: Armando de la Torre

            Preguntarnos por el futuro religioso del hombre es parte de nuestra obligación natural de ayudar con nuestras experiencias y reflexiones, aun después de muertos, a las generaciones por venir.

Equivale a anticiparnos al mundo en el que ellas habrán  de hacer historia. La religión en general, y el cristianismo muy en particular, han sido la fuente principal de los juicios llamados “de valor”, sobre todo los éticos o morales, y jamás se les ha encontrado alternativas que les sean comparables a pesar de numerosos ensayos por parte de conductistas y deterministas de toda laya.

            En el Occidente se ha prolongado desde el siglo XVIII un encendido debate filosófico sobre el “status” epistemológico de tales juicios. Algunos han llegado a negarles realidad objetiva alguna a los criterios por los que decidimos de lo bueno o de lo malo, de lo bello o de lo feo, de lo útil  o de lo inútil, porque, arguyen, tales formulaciones  responden a percepciones enteramente subjetivas y, por lo tanto, infalseables. Aquellos otros juicios, en cambio, que declaran o describen “hechos” comprobables por cualquiera, o enuncian relaciones  abstractas entre ideas (como en la lógica y las matemáticas) y cuyas verdades no pueden ser contradichas, ésos sí son universalmente válidos.

            Sostengo lo contrario: que todas las cadenas de razonamientos lógicos-matemáticos a partir de hechos precisamente no tienen otra meta última que el que podamos arribar mediante ellos a mejores juicios de valor.

            El cristianismo ha sido instrumental para que a tales juicios podamos añadirles una dimensión trascendente. No matar, por ejemplo, o no robar,  no mentir, u honrar  padre y madre, no sólo nos han sido imprescindibles para la pacífica convivencia civilizada sino también para nuestra ulterior reconciliación filial  con el Padre que ha querido revelarnos esa filiación.

            A esto se le ha calificado, con razón, el proceso de “interiorización” de la ética, pues lejos de haberse detenido esta especialización académica en los  juicios de valor sobre lo moralmente aceptable o inaceptable desde una perspectiva meramente “prudencial” (como entre los griegos clásicos), o “utilitaria” (entre los modernos), desde la que sólo se juzgan relevantes las consecuencias o efectos visibles de nuestros actos libres, se les asigna, en cambio,  el peso decisivo a nuestras  intenciones subjetivas (de cumplir o no con la voluntad divina).     

            En el vocabulario de Kant se les llama a los primeros moral  hipotética” y a los segundos moral  categórica”.

            La más simple introspección – hecha con seriedad – nos enseña que un mandato o una prohibición categóricos nos motivan con más eficacia que el mismo contenido envuelto en un ropaje “prudencial” o “utilitario”.

            Por eso al relativismo axiológico de nuestros días no le veo futuro.

            La siguiente pregunta clave sería al servicio de cuál absoluto, entonces, estará el entramado de nuestros juicios de valor éticos, en ésta, la ya incoada “era espacial”.

            Apostaría a que tal “absoluto” habrá de incluir necesariamente la vida, y de ella enlazar con su Autor. Porque es el “escenario” de todo el gran teatro del mundo en el que fungimos por turnos de personajes, unas veces importantes, otras secundarios.

Ni tampoco la creo racionalmente reducible a una presunta “ley” eterna (!) de expansiones y contracciones sucesivas – por lapsos de miles de millones de años cada una – de la materia del entero Universo, mucho menos a la supervivencia evolutiva de los más aptos. 

Tampoco hay rastro alguno de automatismo biológico que explique un salto al azar de lo inerte a lo “consciente”, alrededor de lo cual giremos los dotados de conocimiento. Menos aún una “conciencia” moral o ética que nos signifique obligaciones incondicionales.

El misterio persiste, más hondo, más ancho.

Mientras nosotros nos vemos bajo el apremio, en palabras de Protágoras, de juzgar de todo porque somos la única “medida de todas las cosas”.      

 

 

 

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