El futuro religioso del hombre XII

El futuro religioso del hombre (XII)

Por: Armando de la Torre

La presencia del  Espíritu se transparenta en los acontecimientos imprevistos y repentinos más que en los esperados y rutinarios.  

Inspira, además, paz y alegría.  Pero nunca abruma del todo nuestra naturaleza inconforme y  cortoplacista.  De ahí que ahora quiera darle su turno a sus protestas y reclamos. 

De lejos me asombra la libertad de los judíos cuando cuestionan a  Dios. Esa actitud de familiaridad casi blasfema la veo resumida en aquel incidente narrado en el capítulo 32 del Génesis, que narra una pesadilla de Jacob durante la cual libra una lucha corporal toda la noche con una misteriosa figura divina, que le hubo de valer su nuevo nombre de Israel, “porque has sido fuerte contra Dios y contra los hombres, y le has vencido”.

Elie Wiesel, distinguido con el Nobel de literatura en 1993, aludió a cierto “juicio a Dios” montado por algunas víctimas judías  del Holocausto en Auschwitz,  el más mortífero de los campos de concentración nazis, que concluyó por hallarlo culpable de haber faltado a su promesa a Moisés de velar por la bienaventuranza de su pueblo escogido.

¿Y después?… Oraron como de costumbre.

Para el común de los mortales, el primer y más obvio de nuestros  usuales  gruñidos tiene que ver hasta con la mera razón de nuestro existir. Pues ninguno de nosotros ha pedido venir a este mundo;  nuestros padres lo decidieron por nosotros.

Tampoco escogimos el ropaje de impulsos prohibidos,  ni la testosterona que nos hace tan agresivos, ni la imaginación loca que nos vuelve tan petulantes, ni el mismo amor espontáneo a nosotros mismos, sin cuyas exageraciones  no habríamos sobrevivido. En verdad, nada de lo que genéticamente nos constituye y nos afea  ha sido  fruto de elección deliberadas nuestra.       

Mucho menos habríamos de cargar con los resbalones éticos de quienes nos los heredaron.  Tampoco vemos culpa en  nuestra inquisitiva lógica, que nos empuja a exigir del Creador pruebas  claras, más racionales, de su omnipotencia  y su justicia.

Y hemos permanecido ajenos a supuestas rebeliones de ángeles, o a adversarios de Dios cuya función no haya sido otra que tentarnos a que lo rechacemos.

La tierra no es marco de nuestra hechura,  ni hemos abusado de genios “celestiales” que pudieran habernos ayudado al logro de la máxima sabiduría compatible con nuestro limitado acervo intelectual.  

Ejercemos en consecuencia nuestra libertad a tientas,  con los tropiezos que son de esperar.

Y la llamada Historia “Sagrada” de las migraciones  hebreas se nos antoja un recuento mitológico más, mientras los preceptos que de ella se desprenden los propios de una sociedad subdesarrollada,  autoritaria y brutal, generalizaciones de versiones varias de la ley del Talión, ignaras de nuestras motivaciones conscientes, cuanto más de las  subconscientes.

Su cosmología,  primitiva y errada, nos la hace, para colmo, aún más sospechosa de alucinar. 

Y se nos tilda de adoradores de becerros de oro y de usurpadores irresponsables de la heredad que competería únicamente a los hijos de Dios.

El  choque  con el legítimo orgullo humano que se abrió paso gozoso durante el Renacimiento, o aquel entusiasmo eufórico por el saber en la Ilustración, no puede ser más frontal.

Por no hablar de la insuficiencia de los días que se nos asignan para merecer o desmerecer la eternidad.

¿Y qué  de la masa de Cro-magnones,  dispersa sobre la faz de la tierra desde su cuna mediterránea, hace 35 mil años, sin el gozo amansador de la “Buena Nueva”?

¡Cuánta pena desde entonces inútil, cuántas humillaciones insoportables que sentimos habernos degradado,  cuánta desesperación  que acuñó el punto final a tantas vidas!

¿Acaso hemos sido sólo  victimarios, nunca víctimas? ¿Ingratos, o será sencillamente que estamos hartos? ¿Que no nos es excesiva esa carga de  parir con dolor y comer  al precio de nuestro sudor? ¿Merecemos, tal vez, cada desgarrón de esos con los que se nos arrebatan uno a uno  nuestros seres queridos, en cada caso, siempre demasiado pronto?               

Las apariencias, sin embargo, engañan…

 

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