El futuro religioso del hombre XIX

El futuro religioso del hombre (XIX)

Por: Armando de la Torre

            ¿Y la mujer?

            Aunque espero que haya resultado obvio para todos que el término “hombre” lo he entendido siempre en su tradicional sentido genérico equivalente a lo “humano”, es decir, sin acepción de género o sexo. Es indudable, sin embargo, que la situación de la mujer merece por separado un diálogo más a fondo.

            Pocos discuten que en los índices comparativos del sufrimiento humano a la mujer le ha tocado la peor parte, desde aquella inaugural condena “con dolor parirás tus hijos”…

            En las sociedades primitivas y en algunas contemporáneas todavía, el hombre con relativa facilidad ha abusado de su tercio de fuerza física mayor que lo distancia de la mujer.

            Además, contamos con el hecho reiterado de que en la historia universal de los pueblos la mitad masculina del género humano ha impuesto predominantemente a la otra mitad la escala de valores por la que ambos se habrían de coordinar. En ningún estadio de la evolución cultural se ha hecho más patente que en las sociedades seminomádicas que identificamos como “patriarcales”. Y como corolario progresivamente extemporáneo, el fenómeno de “la violencia doméstica” aún acaece estadísticamente con mayor o menor frecuencia en función de los años de escolaridad respectiva de hombres y mujeres, es decir, que a mayor capacidad para verbalizar conflictos menores es el recurso mutuo a la violencia física.

            Por otra parte, la veneración hacia la figura de la “madre” destaca como práctica global. El lazo emocional entre madre e hijo se ha mostrado siempre como el más intenso y duradero en las relaciones primarias. Y si Freud tuvo razón, el “complejo de Edipo” funciona en menor beneficio para las hermanas, quienes, encima, a partir de la pubertad tienden a priorizar sus relaciones con el padre sobre las que sostienen con su madre.

            A ello se añade que la división espontánea del trabajo – el varón proveedor, la hembra nutridora -, ha hecho más difícil a la mujer autorrealizarse con independencia del varón. 

            A todo ello habrían de tenerse en cuenta las correspondientes adaptaciones anatómicas, fisiológicas y psíquicas para el desempeño de sus tareas pertinentes, que en casi todo el reino animal tienen ecos similares.

La “igualdad integral de derechos de todos los humanos ante la ley”, una de las metas más importantes de la civilización actual, ha de superar esas obvias diferencias entre los sexos. La mujer, por ejemplo, se fija más en los “detalles” del trato con los demás que el hombre, y de ahí su imaginación la impulsan a muchos malentendidos que terminan con frecuencia por  victimizarla. 

También el sentimiento de la responsabilidad para con la prole es más fuerte en la mujer que en el hombre, lo que entraña para ella una carga adicional cuando se enfrenta a la bochornosa deserción paterna y queda profundamente herida en sus expectativas más importantes de cuando formó pareja:  protección, cariño y respeto.

La legislación correctiva ayuda en este contexto a remediar las desventajas que sufren las mujeres pero en poco; mucho más decisivos son los valores que se maman desde la cuna con la leche materna. Y aquí entra el tema religioso.

Hasta la aparición del judeocristianismo, la discriminación contra la integridad física y psicológica de la mujer en casi todas las culturas fue aplastante. El ascenso de la conciencia moral a este respecto ha sido lento y tortuoso, pero hoy podemos preciarnos de algunos logros compensatorios de retrocesos inesperados. Por ejemplo, ya no se tiende a ver tanto a la mujer desde la óptica simplista de úteros para fabricar futuros soldados como hasta hace un siglo se las veía por todos los poderes militares nacionalistas.

Ni como “descanso del guerrero” donde la belleza del cuerpo de la mujer era parte del premio del victorioso.

Mucho menos desde el ángulo ultramachista de un Schopenhauer  que las quiso ver como  “seres de cabellos largos e ideas cortas”…

Y el Cristianismo, ¿ha sido, o será, una ayuda o no?…

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