El futuro religioso del hombre XV

El futuro religioso del hombre (XV)

Por: Armando de la Torre

            El universo, tal como se le concibe científicamente hoy, parece ser un todo hermético. Eso es lo que han implicado muchos al suponer que nos rigen leyes naturales que no admiten de excepciones.

            Por otra parte, las geometrías no – euclidianas, a la base de las cosmologías contemporáneas, hacen suponer un todo cóncavo sobre sí mismo o convexo en todas direcciones. En cualquiera de esos casos, el cosmos estará eternamente aislado  de cualquier fuerza que le pudiera llegar de un punto exterior a él. Eso excluiría en absoluto la posibilidad de milagros y de otras intervenciones “sobrenaturales”.

            Pero hasta aquí sólo hemos hablado de un universo en sólo cuatro dimensiones, las tres del espacio y la del tiempo.

            Yo me permito proponer la existencia obvia e inmediata de una quinta: la de la consciencia. Es la sola dimensión abierta a lo más allá del tiempo y del espacio. Es la que nos constituye seres humanos anclados en la materia espacio temporal, y que al mismo tiempo la trasciende.

            Somos los humanos los receptores a través de esa quinta dimensión de cualquiera revelación, de cualquier mensaje, que pueda llegar al universo desde fuera.

            Lo que llamamos revelación judeo – cristiana nos ha alcanzado únicamente a través de la consciencia. No es una revelación en términos físico – matemáticos, ni siquiera meramente en términos biológicos. Es un contacto con una consciencia infinita, que se dirige a la nuestra inteligente y a nuestra conducta, y no a descifrarnos lo que hemos dado en llamar equívocamente “leyes” de la naturaleza.

            Por esas mismas razones, el lenguaje bíblico es figurado, poesía repleta de metáforas y alegorías, que más “sugiere” que “declara”. De ahí la difícil hermenéutica de los textos sagrados. Es, incluso, lenguaje de comando, más que de explicación. Es lo que nos llega por esa quinta dimensión, la consciencia.

            Somos los únicos seres que sabemos que hemos de morir. Si hay otros, en otros mundos, que también sean conscientes de su propia temporalidad, todavía no nos ha sido dado el hallarlos.

            Los únicos que sabemos que sabemos, los sin par capaces de escoger entre opciones diversas que aun pueden ir contra las urgencias de  nuestros instintos y reflejos más automáticos. Solamente a nosotros se nos llama a escapar del aquí y ahora hacia lo ilimitado y eterno. A nosotros, en cuanto especie, no en cuanto género primate, se nos ha llamado porque somos los señeros al hacer historia, somos, por encima de todo, vivencias de libertad, y por ende, de méritos y castigos. Somos los hábiles en cambiar de culturas, y por eso mismo, responsables de nuestros actos y sus consecuencias más remotas.

            Nuestra insignificancia corpórea es nada más que el punto de apoyo para una trascendencia que roza con lo científicamente inesperado e inaudito. También con el rechazo y la negación.

            Por eso esa “quinta” dimensión es paradoja obnubilante: muerte que es vida, dolor que se nos hace felicidad, guerra que nos trae la paz… Quizás lo que se nos hace más difícil es tener que colaborar casi a ciegas con ése misterio porque, así lo expresó San Agustín, “quien te creo sin ti no se salvará sin ti”. Es la duplicación del mandato “comerás el pan del sudor de tu frente”.

            Es el rediseño de acarrear cada uno con su cruz, la re-creación de lo ya creado, el “ora y labora” benedictino, la llamada que se nos hace según Calvino a completar la Creación, nuestra parte voluntaria del lenguaje de cada yo con el Tú que nos ha tomado del todo por sorpresa al invitarnos a un diálogo sin fin ni ulteriores propósitos.

            Puede ser que las generaciones venideras tengan una “consciencia” más clara de todo esto a medida que se internen por los espacios estelares.

            Pero el puerto de atraque de sus romerías coincidirá con el mismo hacia el que nos encaminamos desde Abraham y los profetas de Israel y por el flujo de la sangre redentora de Jesús de Nazaret, Alfa y Omega de nuestra existencia dialogante.

            Intelligenti pauca. 

 

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