El futuro religioso del hombre XVIII

El futuro religioso del hombre (XVIII)

Por: Armando de la Torre

El concepto de “gracia” es correlativo al de nuestra impotencia para el bien.

Porque nos sabemos incapaces de vivir consistentemente a la altura de nuestras convicciones. Lo confesó San Pablo a los romanos: “Realmente, no comprendo mi proceder; pues no hago lo que quiero, pero sí obro lo que no quiero”.

En nuestro tiempo, lo reiteraríamos con la evidencia de tantas generalizadas “adicciones” (al alcohol, a las drogas, al sexo, al dinero, al “entertainment”, al juego político privilegiante…), además de las muchas otras por las que nos hallamos, subconsciente o conscientemente, condicionados.

Basten Freud y Eric Fromm para elucidarnos la realidad  de esas perpetuas servidumbres íntimas.

Desde el siglo XVI, sin embargo, la fé del cristiano, que siempre se reconoció “libre por la verdad”, se escindió entre aquellos que presumen que el imprescindible nutrimento sobrenatural para hacernos de veras libres nos llega gratis por la vía exclusiva de la palabra escrita  (del “libre examen” de la Biblia), y aquellos otros mayoritarios, más acordes con la tradición, que  esperan lo mismo a través de la recepción de los sacramentos. De la fecundidad de ambos credos dan constancia millones de fieles sobre lo que sólo a ellos atañe porque sólo ellos lo vivencian.

El efecto más inmediato de tales enfoques divergentes a partir de un viejo acervo doctrinal compartido desde San Agustín (Siglos IV y V), son las comunidades – en el original griego “asambleas”-  de los creyentes a las que nos referimos como “iglesias”. Entre los “protestantes” resulta un acaecimiento periférico, del que hasta se puede en ocasiones prescindir con tal de asegurarse la prístina comunicación directa entre la conciencia individual y su Dios -como lo tradujo a los hechos el existencialista Kierkegaard -, mientras que para los “católicos” (romanos, ortodoxos, anglicanos) se constituye en un colectivo “sui generis”, el “sacramento radical” último, sin el cual le es muy difícilmente asequible al hombre caído alcanzar su “salus” – salvación – eterna.

Todo ello va de la mano de la “insuficiencia  que le asignemos a la voluntad individual para cumplir con lo que le pide la divina. En Lutero, más pronunciadamente aún en Calvino, es total: pero por la “gracia divina lo puedo todo” (… “en aquél que me conforta”). Desde la óptica “católica”, en cambio, algún resquicio se deja abierto, además, a la bondad natural del hombre de tejas abajo, no para lo que lo trascienda.

Esta reasignación “católica” de la libertad del hombre a dos jurisdicciones enteramente diversas, la canónica y la civil, ha tenido históricamente un efecto inesperado y del todo beneficioso. Según Harold Berman, de Harvard, la libertad de los modernos se retrotrae a lo que él denominó “la revolución gregoriana” (de los siglos X y XI), cuando los Papas, a partir de Gregorio VII, se plantaron contundentemente en contra del entrelazamiento de la Iglesia con el régimen feudal que les era contemporáneo.

La sujeción, entonces, del hombre a dos autoridades supremas y mutuamente irreducibles entre sí, la de la comunidad civil y la de la eclesial, abrió a las personas bajo sus jurisdicciones el espacio mínimo para apoyarse alternativamente en la  una o en la  otra y con ello labrarse su propia libertad consuetudinaria (la del ius commune).  

Por lo tanto, sin esa Iglesia sacramental ecuménica (no nacional), los miembros de la sociedad no gozarían de la tan pregonada igual protección, bajo la Ley para la amplia esfera privada de actuar libre, siempre intocable, que hoy identificamos como nuestros “derechos humanos”.

Pero resurge la angustia: la institución de las Naciones Unidas se  proyecta progresivamente como la única jurisdicción universal que amenaza sofocar las locales.

  ¿Podremos, en semejante contexto, retener nuestras libertades individuales básicas, que empezaran a consolidarse calladamente desde una abadía benedictina en un rincón olvidado por nombre “Cluny”? 

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