El futuro religioso del hombre

El futuro religioso del hombre

Por: Armando de la Torre

            Por una vez quiero aludir a un tema intemporal en éste, el más fugaz y pasajero de los medios escritos: un periódico diario.

            La ocasión me la brinda el arribo a tierra guatemalteca de los restos de un santo varón italiano, Juan Bosco, popular patrono católico a escala mundial de las juventudes obreras.

            El catolicismo, la mayor y más venerable de las tradiciones cristianas del Occidente es, como la misma raíz semántica del griego connota, la versión universal de “la Buena Nueva” que empezó a ser predicada hace dos mil años por toda la cuenca del Mediterráneo.

            A Don Bosco se nos propone como un hombre de virtudes heroicas,  modelo a un tiempo de piedad para un modo de juventud que emergió con la revolución industrial no menos sedienta de Dios en esa cambiada condición humana.

            La sociedad urbana de entonces a hoy, sin embargo, se ha hecho emocionalmente más fría que la de las  generaciones anteriores. Como lo explicara Max Weber, conformamos un mundo burocratizado y laico, sobre principios racionales y calculadores de eficiencia. Por eso nos puede acaecer que un acontecimiento  tan emotivo como la inmediación de una reliquia se nos pierda entre crónicas de violencia, de altibajos del mercado, de escándalos políticos o de desfiles de modas.

Somos, en verdad, “la ciudad secular” que nos pronosticó Harvey Cox en los años cincuenta. Más aún, atolondrados en el trajín de cada día, el Dios de los santos se nos hace más remoto, muerto, quizás, como lo proclamó Federico Nietzsche a fines de ese mismo siglo.

Sin embargo, esos venerados restos desde Turín se nos hacen accesibles tras la etapa más violentamente anticristiana de la historia, y cuando Guatemala ni siquiera ha acabado de restañar por completo esas heridas del conflicto ideológico entre razón y fé que nos abriera la Revolución Liberal de 1871.

Por otra parte, nos acaece en un mundo ya liberado de los totalitarismos ateos, como lo atestiguan las campanas al vuelo cada domingo en las catedrales del Kremlin. En su comparación, los golpes recientes del terrorismo islámico, y aun de su escalación posible al nivel nuclear, se me antojan llevaderos.

Lo que me trae de regreso al tema siempre actual de la fe religiosa entre las generaciones por venir.

Porque el monoteísmo es el prisma religioso predominante en el mundo de hoy. Pero ¿lo será en el futuro?…

Con la ventaja de dos milenios a nuestras espaldas, y en lo personal de una vida larga, he llegado al convencimiento de que la práctica cristiana jamás desaparecerá ni aun en los rincones de la galaxia a los que un día podamos arribar ilesos.

Esa atrevida afirmación la sostengo sobre premisas que me parecen de entre las más sólidas, pues las percibo enraizadas en nuestra propia naturaleza. Que conste, también he vivido los altibajos de la esperanza y de la desesperación en torno a un Dios que, como decía Dostoievski, siempre nos inquieta.

Primera lección aprendida: la vida interior de cada cual fluye con independencia  irreduciblemente última de las de los demás. Su sello es tan individual como el de la misma personalidad humana. Y no menos radicalmente libre. ¿Impredecible,  pues? Así lo entiendo. De ahí mi acogida a  la verdad de que “el espíritu sopla donde quiere”.

Cuando uno llega a conclusiones que le parecen definitivas, al otro le  asaltan las primeras dudas, en una danza inconclusa entre horarios personales siempre desiguales. Como nos ocurre ante la muerte de un ser querido: cuando nos parece que el mundo se ha detenido abruptamente, para los demás prosigue en su vertiginosa elipse.

De Martin Buber, encima, aprendí que la vida de la fe es diálogo íntimo, sin ecos ni retumbos que reboten desde riscos ajenos…

Nuestra vida interior, concluyo, puede fluir encapsulada como la de aquel Secretario General de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, que se valía del lenguaje de los místicos medievales para hablar con Dios en su intimidad mientras atendía en inglés al mundo de los negocios profanos.

(Continuará)

 

 

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