El fuuro religioso del hombre XX

El futuro religioso del hombre (XX)

Por: Armando de la Torre

            Vísperas de la Navidad,  fecha oportuna que me sirve para marco del tema de la Mujer y el cristianismo del futuro, pues fueron ella y su Hijo  protagonistas de ese alumbramiento, el más portentoso de la historia. 

            Pero antes permítaseme  una rápida vista al pasado.  

            La fe de los cristianos se propagó por un mundo en nada apreciativo de la viuda y los huérfanos. Como si en cualquier  mujer, privada de un hombre a su lado, hubiera de ser borrada  toda valía. Sólo el varón, en aquel entonces, era visto, al cubrirla con su sombra y extenderle su apellido,  el venero de aceptabilidad  para la  esposa, la hija, la hermana… Incluso al “paterfamilias”, de acuerdo al   derecho romano de las XII tablas,  se le había otorgado en un principio  poder discrecional de vida o muerte sobre su  cónyuge y prole. Y peor  le iba a la mujer  en el Oriente  mesopotámico, el  árabe, el hindú o  el chino.

            Los primeros atisbos de cambio radical se dieron con los profetas de Israel. Otros más concluyentes se habrían de  asomar más tarde por las páginas de los  Evangelios.

 María y ésa su excepcionalidad única desde la Anunciación, igual que al  acunar su recién nacido en un pesebre a las afueras de Belén, o en  su  subida de rigor al Templo de Jerusalén seguida de  un descenso angustioso, y en aquella discreta intermediación para una fiesta de bodas en Caná, además de sus heroicos silencios y de su entereza a los pies de la cruz, o en su amorosa recolección final de apóstoles y discípulos de su Hijo en torno suyo, a la espera de Pentecostés, brilló como la sola estrella enteramente  humana en el  horizonte de la divina inocencia.

            Y le  siguió el desfile de personajes femeninos como María Magdalena, de la que tanto se habla hoy tras el hallazgo en 1945 de un evangelio manuscrito, probablemente de origen gnóstico,  hallado en Nag Hammadi, Egipto. 

            Hoy sabemos que otras mujeres figuraron activamente en el grupo de seguidores itinerantes de Jesús. Y desde sus enseñanzas amorosas y realistas  hacía la adúltera – “quien esté libre de culpa que tire la primera piedra” –  brotó una actitud nueva que contrastaba frontalmente con el machismo implacable de aquel entorno.

            Pasaron los siglos, y en el IV de nuestra era, un prefecto imperial en Milán de admirable integridad de cáracter, San Ambrosio, en ese mismo espíritu dio un paso adelante- aunque  no parece haber caído en la cuenta de su tracendencia-, al liberar a las vírgenes cristianas de la obligación de aceptar los maridos que sus padres les hubieren escogido. Por primera vez las mujeres obtuvieron así una alternativa al matrimonio, en cuanto consagradas esposas espirituales de Jesús. 

            Otro barrunto de tiempos mejores lo fue el trágico romance clandestino de finales del siglo XI entre la eminencia intelectual de la Universidad de Paris, Abelardo, y la culta e inteligente Heloísa, que ya transparentaba el  incipiente avance en la educación superior de la mujer al inicio  de la Baja Edad Media.

            Pero quizá  la figura más determinante para la elevación  del “status” social de la mujer fue Bernardo de Claraval, el predicador más impactante de sus días  (siglo XII). El desvió el centro de la reflexión teológica hacia  la pregunta seminal de Anselmo de Canterbury: Cur Deus homo?, por qué Dios se hizo hombre?

            De este misterio medular  subrayó  la inserción del Verbo divino en la condición humana por  medio de una mujer. A partir de sus impresionantes prédicas se erigieron en toda Europa más de doscientas majestuosas catedrales góticas, todas en homenaje a María. Ese culto mariano fue secularizado para las masas por  los juglares como otra vertiente de la idealización del sexo femenino entre los pueblos germánicos (la “Frauanbetung”, veneración de la mujer).

            Desde ese momento, cada caballero andante guardaría una devoción peculiar hacia su ideal de mujer, amada  sólo a distancia, como lo ejemplificaron el Dante con su Beatriz  y Petrarca con su Laura.

Lo que hizo  posible hasta lo  impensable: una doncella, Juana de Arco, capitana de los rudos soldados del Rey  de Francia…

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