El gobierno más nefasto

 

            Con tal epíteto descalificador del gobierno de su predecesor, Oscar Berger, estrenó Alvaro Colóm el suyo.

 

            A casi año y medio de su gestión me inclino por mi parte a pensar, de consuno con una creciente mayoría de guatemaltecos, que es precisamente el de Álvaro Colóm, el que quizás acabe por ser señalado el más nefasto de todos los que hemos padecido desde enero de 1986.

 

            Durante su primer año de gestión tuvo a su disposición el presupuesto hasta entonces más dispendioso de la historia de la Guatemala independiente. Con él empezó por sufragar una marea de nepotismo y clientelismo sin precedentes. En infraestructura no tuvo casi nada de qué gloriarse; ni siquiera supo completar el proyecto del aeropuerto de La Aurora. Y los demás índices de ejecución en general han sido los más bajos hasta ahora (los del Ministerio de Agricultura los más escandalosos).

 

            Desatendió del todo la obligación primordial de todo gobernante, la seguridad ciudadana, -con o sin “inteligencia”-. Parapetados ellos tras hordas de guardaespaldas, ha mostrado una cínica indiferencia hacia la vida y el dolor ajenos, muy parecida a la de Alfonso Portillo en su momento, de cuyo mandato, sea dicho de paso, es su reedición.

 

            Para este año, en plena crisis internacional financiera, se le ocurrió recetarse un descomunal presupuesto aún más mayúsculo, en buena parte financiado por más deuda externa. Obviamente el interés por “salir de pobres” de sus allegados, familiares o políticos, en el Ejecutivo o en el Congreso, prima sobre la generación de riqueza al largo plazo para los más.

 

            Lo que me lleva al peor de sus esquemas: el tan mentado Consejo de Cohesión Social.

 

            El propósito inicial pudo ser tenido por muy bueno: concentrar el papel subsidiario del Estado en los 75 municipios más pobres y atrasados del país.

 

            Pero el carácter pusilánime del Presidente le ha pasado en esto, como en casi todo, una muy mala jugada. Al frente de su realización colocó nada menos que a su esposa, en la que ha delegado, inconstitucionalmente, parte de sus funciones, con total menosprecio autoritario para la indignada opinión pública.

 

            La ayuda “social” prevista se ha traducido a la metódica erosión total del carácter de esos necesitados. En vez de metafóricamente “enseñarles a pescar” les reparte “pescados” y a su discreción. Al fin y al cabo, podría argüir alguno en su defensa, el artículo cuarto de la Constitución nunca ha contado para ningún gobernante. Pero no deja de ser lamentable esta “danza de los millones” como otras no menos ruinosas, financiadas todas no de bolsillos generosos sino a través de saqueos coactivos a los de los contribuyentes.    

 

            Por supuesto, con la intención colateral, siempre muy a la vista de los políticos, de asegurarse los votos de esos infelices para las próximas elecciones. Lo que en cualquier Estado verdadero de Derecho sería conceptuado lisa y llanamente como compraventa de votos.

 

            Nos quedan algo más de dos años y medio de lo mismo. Por eso nos urge proceder por fin a una reforma parcial de la Constitución vigente que imposibilite la repetición de tales oprobiosos proyectos y favorezca, en cambio, un ejercicio del poder más legítimo, ético y, por ende, respetable.

 

            Y no nos consolemos con el mal de otros. Acabo de regresar de Quito, y el mismo proceso degenerativo está más avanzado allá, al igual que en Venezuela.

 

            El drama contemporáneo de nuestros pueblos, se evidencia, radica en una debilidad generalizada de carácter recogida en nuestros diseños constitucionales, que permite a los flojos e inescrupulosos vegetar con impunidad a costa de los laboriosos y cumplidores de sus obligaciones.

 

            Una auténtica “rebelión de las masas”, que diría Ortega.

 

            Una reedición, añadiría yo, del “pan y circo” de que los demagogos romanos se valieron para poner fin a la república e instaurar el despotismo imperial que condenó a muerte a aquella espléndida civilización.

 

(Continuará)

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