El Rearme Moral de Guatemala

El Rearme Moral de Guatemala

Por: Armando de la Torre

            “Nunca un momento aburrido”.

            Tal podría ser el lema turístico de Guatemala.  Lo cual en absoluto significa estar siempre agradablemente entretenidos, pues una buena parte de esa constante “distracción” la hacen muchas frecuentes noticias repugnantes como la reciente acerca de Facundo Cabral.

            Sin embargo, creo discernir en todo ello una tendencia positiva.  La indignación generalizada y creciente contra los gobernantes y la clase política la considero un buen signo de recuperación moral.  Por su puesto, la cosa no debería quedarse ahí.  A la indignación habrán de seguirse los actos de justicia conducentes a la reparación del tejido social, lo más enérgico y tenaz que nos sean posible.

            Para mí, idealmente habrían de culminar en el proyecto Pro Reforma de la Constitución que se presentó al Congreso de la República el año pasado y que irresponsablemente fue engavetado por el Poder Legislativo.

            Al menos, me consuela haber leído algunas condenas a los mal llamados “Acuerdos de Paz” hipócritamente promovidos como paz “firme y duradera” que, por supuesto, no hemos tenido.  Pero cada vez son más los que reconocen ese gigantesco fraude como un engaño terriblemente inmoral.

            También eso es un signo positivo.  Porque siempre es laudatorio cualquier intento de enmendar un error, sobre todo si ha sido garrafal.

            Hacia los años treinta del siglo pasado surgió en Europa un movimiento de opinión llamado “El rearme moral”. Apenas terminada la Segunda Guerra mundial resurgió con más fuerza.  Siempre estuvo enderezado a la paz entre los pueblos, pero en especial apelaba a todos los estadistas a regresar a los principios éticos y jurídicos de toda convivencia civilizada, que había sido de pronto decapitada en 1914.

            En Guatemala hoy necesitamos de algo parecido.  Es verdad que el debate público entre nosotros se ha elevado en unas décimas de calidad, y hasta algunos candidatos para las próximas elecciones generales parecen recurrir con más fuerza a los criterios éticos a la base de toda civilización.

            Pero no basta.

            En mi opinión, producto de una larga experiencia de vida, lo primero que tenemos que dejar de lado es el desaliento, impropio de los adultos.  Todo lo podemos si nos lo proponemos con la  seriedad de hombres y mujeres hechos y derechos. 

            Además, habremos afrontar ciertos riesgos inevitables, frente a una minoría delincuencial incrustada en el poder político de nuestro país. 

            Este momento es de “ahora o nunca”.

            ¿Nuestro mayor obstáculo?… nosotros mismos, por desidiosos, inconstantes y hasta cobardes.

            De ahí estas conclusiones que intentan despertar lo mejor en nosotros mismos.  Sobre todo si nos decimos responsables hacia nuestros hijos, disciplinados en nuestro trabajo y sensatos en nuestras maneras de escoger.

            Empecemos por ser drásticos ante las opciones electorales que se nos ofrecen. Mientras más propaganda multimillonaria se malgaste, menor habría de ser nuestra propensión a con fiarles el gobierno. Sobre todo en el caso de los partidos oficiales con acceso fácil al erario público.

            Pero también de los opositores que con rostros nuevos nos prometen más de lo mismo.  Nada habría de darse por definitivo en los sondeos de opinión.  Al fin y al cabo, la capacidad de reflexión se mantiene hasta el momento de depositar nuestras boletas en la urna electoral.

            En verdad, desde mi óptica, nuestro criterio último para elegir autoridades esta vez habría de identificarse con un cambio sustancial de las reglas del juego político, erigidas sobre la supuesta roca de la Constitución.

            Hemos hecho demasiados ensayos constituyentes, y siempre sobre las mismas premisas catastróficas de confianza excesiva en los que detentan el poder, que nos les limitamos suficientemente. Es hora de que, en cambio, nos fiemos más del sentido común del pueblo, que con toda razón se niega a pagar más impuestos si no se mejora la calidad del gasto público.

Arremetamos, pues, con el cambio del obsoleto paradigma político que todavía defiende que el Gobierno es la solución cuando en realidad es la parte principal del problema.  Deshagámonos del nocivo positivismo jurídico, que todo lo politiza, aun hasta la administración de la justicia. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *