El triunfo de Rios Montt

El triunfo de Ríos Montt

Por: Armando de la Torre

            “A blessing in disguise”, una bendición difrazada…

            La condena de Ríos Montt es su victoria. Triunfó en 1983 y vuelve a triunfar en el 2013. En aquél entonces, defendió firmemente la libertad y el bienestar de todo el pueblo;  y hoy sus enemigos de otrora confirman ante los ojos del entero planeta que él hizo en los ochenta lo digno y apropiado.

            La subversión de izquierda totalitaria acaba de evidenciarse plenamente como lo que es: ignorante, vulgar, estúpida, malvada.  La juez (y las dos inertes momias que la acompañaban) se mostraron elocuentes instrumentos de la “justicia” como ellos la “entienden”: prepotente y rapaz. De paso, le dieron, aunque tardíamente, la razón a todo lo actuado por Efraín Ríos Montt, es decir, que la subversión merecía ser derrotada.

             El, y un puñado de militares valientes, amén de un grupo amplio de civiles organizados en “patrullas de autodefensa civil”, pusieron fin a la insania guerrillera en 1983, y precisamente en el terreno que ellos habían escogido unilateralmente para el logro de sus nefastos fines: el enfrentamiento militar.

            Y,  de paso, como le correspondía constitucionalmente, nos libró a todos y cada uno de los demás habitantes de Guatemala, del espectro de esa misma inhumana justicia totalitaria.

El que esos enemigos de la humanidad recauden al corto plazo algunos dólares más o algunos euros adicionales de los bolsillos de los “tontos útiles” del extranjero, bajo el pretexto de un supuesto “genocidio”, no hace diferencia significativa alguna para el verdadero veredicto de la historia: Ríos Montt tenía la razón y la verdad de su parte.

Lo  más importante es que ya todos nos debemos dar por muy bien enterados de lo que estaba en juego por aquel entonces, nos tenían preparado los  guerrilleros de la URNG: la negación definitiva y absoluta de todo debido proceso judicial para la población honrada y laboriosa, por aquellos grupúsculos de secuestradores y asesinos al servicio del imperialismo primero soviético, y después castrista.

En otras palabras, la intención de ellos era aniquilar en este suelo esa joya y la mejor conquista de la civilización liberal de los últimos trescientos cincuenta años: el debido proceso. Casi me siento tentado a darles las gracias a esos extranjeros despistados, y a los “chapines” a su sueldo, por lo beneficioso que a largo plazo nos resultará de ésa, su última  explosión de histeria colectiva: el “juicio” por “genocidio”. Porque espero que, al fin, por esta vez, los guatemaltecos reivindiquen su dignidad y su soberanía y declaren “non gratos” a los cuatro o cinco representantes diplomáticos de los países que financiaron el tal circo.    

            De los malvados, al menos, nos queda un retrato fehaciente de sus perfiles psicológicos, sin retoques embellecedores.

            Desde ahora  ningún  hombre o mujer de  gobierno,  ni columnista de opinión, tendrá la excusa de su ignorancia – generalmente tan patente para todo el resto de los que tienen dos dedos de frente- cuando emitan juicios sobre “la bondad” o “el progresismo” de la violencia subversiva. Este último zarpazo de un Fidel Castro decrépito y humillado ya resulta anacrónico y descarado en demasía.

            Se nos acaba de ratificar que Efraín Ríos Montt cumplió con su deber como soldado, y de patriota genuino, cuando asumió la jefatura del Estado aquel 22 de marzo (para el que había sido legítimamente elegido en 1986 e ilegalmente despojado del mismo), y con el aplauso prácticamente unánime de quienes más tarde lo han vilipendiado.

            Algunos tontos útiles todavía vacilan, y hasta se contradicen. Por ejemplo, aquellos que se ufanan de haber gestionado los “acuerdos de paz firme y duradera” y que los proclamaron a bombo y platillo (horas después del “día mundial de los inocentes”), a saber: Alvaro Arzú, Luis Flores Asturias, Eduardo Stein, Gustavo Porras, Otto Pérez Molina, Oscar Berger, o quienes les habían precedido por la misma vía de la estulticia: Vinicio Cerezo, Jorge Serrano, Héctor Rosada, Mario Permuth, Héctor Gramajo, Rodolfo Quezada Toruño, “Moi” González, y otros pocos más; en una palabra, los conductores del entero “Establishment” de nuestra sociedad por  aquel tiempo.

            Porque la “tontería” a que aludo no es cuestión de cocientes intelectuales, que algunos de esos personajes mantienen alto, sino de la claridad y fortaleza de sus criterios éticos.  Por ejemplo, que el fin jamás justifica los medios, o que proceder al largo plazo es mucho mejor que guiarse por el corto, o que los cartones académicos, o lo abultado de las cuentas bancarias, no garantizan aciertos a la hora de elegir, y ciertamente no con tanta seguridad como el azadón del analfabeta laborioso, o que la abolición de todos los “privilegios” es lo más conducente al bien común, etc. etc…son las convicciones de los inteligentes y sabios.

            Efraín Ríos Montt tuvo razón con su “plan Victoria”… Lo que la algarabía en torno a un “genocidio” (que no se dio) comprueba una vez más.  Y que, en cambio, esa “izquierda sentimental”, tan cómodamente instalada en la Universidad de San Carlos, en la Conferencia Episcopal Católica, en algunos rincones de hipócritas en el CACIF,  en ciertos sindicatos,  o en falsos partidos políticos clientelistas, o hasta entre los constituyentes de 1985, se han mostrado totalmente incapaces de entender…

            Lo felicito, Don Efraín, por esta victoria, aunque al corto plazo le resulte amarga.

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