En torno a la despenalizaciòn de las drogas (II)

EN TORNO A LA DESPENALIZACIÓN DE LAS DROGAS (II)

Por: Armando de la Torre

            La derrota pronosticada para nuestra guerra al narcotráfico se me antoja como si aquellos en Inglaterra y demás democracias occidentales que para septiembre de 1940 sostenían (con razón aparente) que la guerra contra el nazismo ya estaba definitivamente perdida, y que urgían a la capitulación ante Hitler, hubieran logrado este propósito.

Pregunto: ¿y dónde estaríamos hoy ellos y nosotros?…

            O como si Copérnico en 1543, – o Galileo en 1633 -, hubieran declarado imposible de ganar su lucha intelectual contra la persuasión ptolemaica dominante entre los círculos más influyentes de su tiempo ¿qué hubieran devenido nuestra física y nuestra astronomía actuales?

            O si el tozudo Cristóbal Colón se hubiera rendido ante el reiterado rechazo por parte  de las monarquías de Francia, Portugal e, inicialmente, aun de la misma Castilla, a su proyecto visionario ¿en dónde estaría nuestro globalizado mundo atlántico de hoy?

            ¿Por qué tantos otros avances sociales, científicos, médicos, económicos, técnicos, en su día hubieron de enfrentar la incomprensión unánime de los demás? ¿No fue vox populi, por ejemplo, la inviabilidad del voto femenino? ¿O qué decir de la esclavitud, práctica tan común entre los pueblos que nadie menos que Aristóteles la declaró institución “de derecho natural”?  

            De la misma manera ¿alguna guerra contra las miserias morales ha sido ganada definitivamente?

            Por otra parte, la erradicación de la narcoactividad, incluída por ésa vía que nos es asequible, la de una legislación largoplacista, ¿por qué declararla a priori insostenible? Y en cuanto al razonamiento subyacente de que la moral no se puede legislar, ¿no están, acaso, prohibidos por ley la mentira, el hurto y el homicidio? ¿O no excluímos legalmente la poligamia?… ¿Hasta el estupro, aunque haya habido consentimiento por ambas partes? ¿Cómo explicar que un jurista tan eminente como Rudolf von Ihering haya podido concluir que “el Derecho es un mínimo de moral”?

Quienes van todavía más al fondo objetan, empero, que toda prohibición legal en contra del derecho fundamental y natural de todo adulto a escoger con libertad irrestricta su ruta particular hacia la felicidad, en nuestro caso, es decir, mediante la penalización del uso de las drogas (a menos que haya sido por fines terapéuticos y bajo prescripción médica), es inválida. Pero ¿de cuál libertad hablan si a ella ya abjuró el drogadicto por el simple hecho de haberse embarcado por esa ruta…?

Insisten, sin embargo, en recordarnos que rozamos en nuestro debate una esfera privadísima e intocable de nuestras vidas personales, donde no es menor nuestro derecho que en la paralela e inalienable a conducir nuestra vida sexual de acuerdo a nuestro libre albedrío. Lo que hacen extensivo a la prostitución, pues igualmente implica ésta transacciones libérrimas entre el consumidor y la proveedora de sexo,  sin que tenga que entrañar daños a terceros (“victimless crimes”). Por lo tanto, concluyen, toda penalización parcial o total de actividades individuales relacionadas con  la drogadicción resulta nugatoria de la autonomía racional del hombre. 

            Lo cual me lleva a un interrogante angustioso: ¿Nuestra singularidad  humana ya no ha de consistir en la libre plenitud de nuestra conciencia moral? Nuestras flaquezas éticas ¿en nada aminoran nuestra condición de hombres dueños del propio destino? ¿Habrá de verse todo según el automatismo de lo placentero, como en el resto del reino animal no racional?  En último análisis ¿qué nos define entonces: la conciencia o el instinto?

            A consideraciones utilitarias adicionales suelen recurrir: el costo económico, dicen, de la guerra contra el narcotráfico y la drogadicción supera con creces al de su despenalización.

            Confieso que no entiendo la aplicación de tales enfoques estadísticos a nuestro problema.  Pero me sospecho que ellos tampoco.

            Pues, ¿en cuánto puede ponderarse el valor “económico” de una familia destruida por la drogadicción de uno de sus miembros? O ¿cómo computar en términos dinerarios la pérdida consiguiente de toda esperanza de recuperación? ¿Somos, acaso, al final, cada uno de nosotros, de veras, “islas”? ¿Puedo abusar de las drogas sin consecuencias para quienes me rodean? ¿O para quienes conmigo trabajan o estudian? ¿O para con quienes por las calles y plazas coincido? ¿O para los menores de edad que me ven?

En este supuesto, amigos, abolamos de una vez por todas el Estado…

            (Continuará)  

 

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