En Venezuela…ganó el subsuelo

En Venezuela… ganó el subsuelo

Por: Armando de la Torre

            Una vez más, el monopolio del subsuelo se ha impuesto por la fuerza de los números, que no por la calidad de sus integrantes.

            De hecho, el votante decisivo en la recién celebradas elecciones presidenciales de Venezuela fue Don Dinero, el “poderoso caballero del petróleo”…

            Pero en esta ocasión se trata de un Don Dinero con alcurnia, pues primero se robó el subsuelo tiempo atrás en cuanto monarca imperial de las Españas para blindar su monopolio del poder político, y aún lo retiene bajo su exclusivo dominio, adornado con una aureola “constitucional”.

            En efecto, los constituyentes políticos en toda Iberoamérica parecen no haber caído en la cuenta de lo ominoso de ese factor. Realidad que los rebaja a la condición de alcahuetas de ladrones, aunque de abolengo imperial, primero por Carlos V, y por último, Hugo Chávez.

            Con tales despojos, los Hasburgos financiaron guerras entre cristianos en la  Europa de los siglos XVI y XVII y, concurrentemente, contra el temido turco. Es verdad que además erigieron templos, edificaron fortalezas que nos protegieron de los piratas, construyeron puertos favorables al intercambio comercial,  y sostuvieron una amplia burocracia administrativa y judicial, centrada fuera de nuestros confines, en Sevilla.

            Pero ninguno de tales logros se hizo a voluntad de los que se habían visto forzados a traspasarle lo suyo al Estado. De todas maneras, tampoco se les consultó. Los dueños oligárquicos de la fuerza simplemente consolidaron sus dominios al estilo monopólico, hacia abajo, hacia el subsuelo, validos, además, de una mano de obra dócil y muy barata, la de los negros esclavos y la de los indígenas reducidos a servidumbre.  

            Historia a un tiempo vieja y sorprendentemente actual.

            Simón Bolívar, y el resto de los héroes independentistas, no parecen haber caído en la cuenta de la amenaza que para la libertad individual podría encerrar en el futuro aquel robo colonial del subsuelo, y hasta lo copiaron en todas partes de nuestra “republicana” América. Para entonces, el petróleo aún no se había asomado como sustituto del oro y de la plata con los que se sufragaban nuestras cadenas…  

            Hoy la amenaza potencial de ayer es realidad: en Bolivia, por el estaño y el gas, en Chile, por el cobre, y en México, Ecuador, la Argentina, y muy en especial Venezuela, por el petróleo diz que “estatizado”.

            Pero ¿por qué habría de ser el Estado el propietario único del subsuelo? ¿Por qué la explotación de tanta riqueza con la que se podría sacar a tantos millones de la miseria se la reservan los políticos para sí?  ¿Por qué han cortado el posible acceso a tales bienes a los hombres y mujeres comunes y corrientes, habituados a competir con eficiencia en cualquier mercado donde las reglas del juego se apliquen por igual a todos, es decir, sin privilegios?  

            En Venezuela, más del 80% de los ingresos públicos provienen de ese inícuo monopólico, corrupto e ineficiente. Esto hace, en la práctica, que el Gobierno de turno, se sienta casi del todo independiente de la minoría de  verdaderos sufragantes al fisco nacional, y que, por lo mismo, pueda hacer todo lo que se le venga en gana, sin necesidad de recurrir a la aprobación popular. Peor aún, porque esos contribuyentes apenas sienten inmediatamente los efectos de tanto despilfarro de las riquezas nacionales en sus bolsillos, la mayoría de ellos tampoco se siente llamada a protestar. Sobre todo cuanto que la porción más considerable de tanto manejo inescrupuloso por parte de los  ineptos que los gobiernan ha sido trasladado previamente a los bolsillos de quienes ya se habían manifestado de antemano dispuestos a vender su voto.  

            ¡Pobre Venezuela, tan opulenta y tan quebrada!

            El ejemplo de Venezuela ha hecho escuela, como suele suceder con los malos ejemplos, el de Fidel y Raúl Castro en Cuba como primer antecedente.

Con tal perversa confiscación histórica del subsuelo, hemos “logrado” mantenernos a los niveles más altos de miseria en el mundo occidental, mientras los “tigres” asiáticos, que abrieron sus entrañas al esfuerzo honrado y productivo desde hace medio siglo, como, por ejemplo, Malasia, nos han dejado rezagados.

Por eso, cada vez que oigo a un demagogo declamar sobre “nuestro oro”, “nuestro cobre”, “nuestro níquel”, “nuestro hierro”, o “nuestro petróleo”, sé que me hallo ante las piruetas de un farsante, casi seguramente pagado, de entre los que robaron tamaña riqueza a los más urgidos a salir de la pobreza.

 

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