Ese empeño comùn… que llamamos Guatemala

Ese empeño común… que llamamos Guatemala

Por: Armando de la Torre

            Guatemala es nuestro logro.

Mi tónica, confieso haber sido siempre optimista a ese respecto. Y ello a pesar de que  nuestro presente sea incierto -también lo concedo- y tengamos un Gobierno desmoralizado, que pretende, como otros anteriores, ganarse la voluntad de algunos al precio del derroche irresponsable, con una deuda externa en acelerado y ruinoso incremento, y estemos en medio de una crisis económica internacional, de la que todavía no percibimos sus rebotes más fuertes. 

Y, encima, bajo un renovado asalto de ciertos marxistoides, como siempre ilusos, en el mejor de los casos, tanto de aquí como foráneos, lo que a la postre acaba por enderezarse en contra del bienestar de quienes sí laboramos y ayudamos lo mejor que podemos.

¿Por qué, por ejemplo, ya en pleno siglo XXI, seguimos anclados todavía en ese miserable agrarismo de los años coloniales?

Ese constante mirar por el retrovisor se nos ha vuelto un fardo inmenso, que compartimos lamentablemente con los pueblos y culturas del calificado como “tercer mundo”. Vivencia injustificable ésta, que se ha traducido a una minoría productiva de letrados –y de analfabetos-,  sobrevivientes a los múltiples e injustos reproches de quienes poco o nada aportan al bien común.

            Otros datos, sin embargo, alimentan mi optimismo. Guatemala cuenta todavía con reservas morales sorprendentemente altas y activas, y una población joven con una edad promedio de dieciocho años. Añadámosle, una escolarización primaria -aunque sólo sea de los primeros cuatro grados- por primera vez casi universal, y una clase media en permanente expansión, incluso en el Altiplano, que se traduce en una empresarialidad contagiosa y cada vez más obvia, sin dejar de mencionar a esos meritorios emigrantes que, a fuerza de puro sudor y lágrimas, suplementan la economía nacional con millardos de dólares al año.

            Lo mismo ocurre con la clase media profesional, que no deja de crecer, y también con la formación universitaria.

            Recojo la impresión de círculos -cada vez mayores- de quienes se muestran más seguros de sí mismos, y evidencian, además, haber entendido nuestra urgencia de un verdadero Estado de derecho -es decir, de la igualdad efectiva de todos ante la ley- o, lo que es lo mismo, la supresión progresiva de los privilegios de grupos e individuos.

En mi caso, me alegro también de la enorme multiplicación de las iniciativas comerciales e industriales y de que cada día parezca que se les hacen más obvios a muchos los beneficios de mercados formales y más libres.  

Por último, el nuevo y creciente vigor del debate público, pues muy bien se ha dicho que “de la discusión brota la luz”. Sólo las cucarachas, y los humanos que se les asemejan, prefieren la oscuridad.

            Guatemala, pues, será lo que esta nueva generación quiera hacer de ella.  He ahí la principal razón de mi optimismo.

            Veo a diario el ejemplo gratificante de innumerables hombres y mujeres que ni hostigan, ni envidian, ni se resienten contra quienes honradamente perciben que les va mejor que a ellos mismos.

            Pero el sector público continúa entre nosotros su proceso incontenible de desintegración. Creo que la raíz más venenosa reside en que lo “público” se ha reducido cada vez más a una masa de clientelismos entrelazados de todo género, y por eso mismo, ajenos a toda competencia del mercado. 

            Pues es la competencia, según normas iguales para todos, y en absoluto sujetas a cambios  bruscos y arbitrarios por quienes se turnan en el control del monopolio coactivo del Estado, lo único sin excepciones que se ha comprobado de veras eficaz, cuando queremos elevar el nivel de vida de los más, con el mayor consentimiento de todos. Se han ensayado otras recetas que reiteradamente se han confirmado inefectivas. El último intento de esto a gran escala fue protagonizado por el bloque soviético (de 1917 a 1991). La moraleja se impone: ningún monopolio del poder ha funcionado para el bien de todos.  

            Tenemos que lograr que todos los adultos entre nosotros trabajen y produzcan, sin detrimento alguno para el derecho ajeno. De ahí la importancia clave de un Poder Judicial sano y transparente, que vigile para que así sea.

            Hemos de despolitizar nuestras vidas, para que la verdad campee por todos los ámbitos.  

            Cultivar nuestra visión a largo plazo, para que ahorremos más y no nos anticipemos a abusar de lo que un día habrán de heredar nuestros hijos.

            Desinflar los globos de tantas utopías que nos han hecho improductivos, y aun parasitarios, del esfuerzo de los demás.

            ¿Tan difícil nos resulta esto?

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