Guatemala, otro paìs intervenido, pero por culpa propia

Guatemala, otro país también intervenido…

pero por culpa propia

Por: Armando de la Torre

            Desde el 29 de diciembre de 1996 Guatemala dejó de ser país soberano. No es el único, por supuesto. Haití lo ha sido por buena parte de su historia.  Y hoy se discute apasionadamente si todavía lo es Ucrania, o si lo ha sido Afganistán a lo largo de todo el siglo XX.

El caso de Guatemala, empero, se me ofrece como muy peculiar: porque han sido los mismos guatemaltecos quienes han tenido la iniciativa para ser intervenidos por extranjeros, y perseveran en lo mismo.

¿Imagina el lector a México suplicando la presencia  de una CICIG ensu suelo?

¿O a Israel de rodillas ante algún equivalente a la…MINUGUA?

¿O la Argentina, sujeta sin chistar a las continuas y groseras intromisiones en sus asuntos internos, como lo acostumbra a hacer el Departamento de Estado  con nosotros?

Peor aún, ¿puede alguien en sus cabales concebir que un “héroe nacional” regale de un tajo sesenta mil kilómetros cuadrados de patria a un “vecino” abusivo?

¿Conoce usted de algún caso paralelo en la historia como el de aquella sumisión voluntaria al poder de un déspota, de nombre Agustín Iturbide, por adultos “encendidos en patrio ardimiento”?

¿Ha leído algo comparable a lo de un tal Jorge Serrano, que le hizo el juego a un Imperio ladrón y le cedió una porción de su propia herencia llamada “Belice” y, lo más bochornoso, lleva desde entonces una vida plácida en Panamá…e impune?

Algo grave le pasa a la colectividad humana en esta bella tierra.

O algo le falta.

El extranjero -y yo soy uno de ellos- que llega a Guatemala, pero sólo de paso, y a sueldo de otro gobierno, sin propósito alguno de asentarse aquí ni de pagar impuestos al Estado guatemalteco, y que tras una rápida inspección ocular sobre el terreno por unos días, o semanas, o meses, emite, quizás en la mayoría de los casos de buena fe, sus opiniones, y hasta se arroga hacer  “recomendaciones” en su índole de “cooperante” más o menos improvisado, no está, naturalmente, interesado en hacer patria guatemalteca. Eso se entiende…

Pero el problema fundamental yace entre los que aquí  residimospermanentemente. Un visitante temporal suele limitarse a estudiar efectossuperficiales, pero casi nunca dispone del tiempo suficiente para identificar “causas” últimas.  Este, entre muchos otros riesgos, es el mayor en el que incurrimos al mendigar “cooperación” o “ayuda” internacional de políticos de otras latitudes.

Por tanto, lo más grave para todos nosotros en Guatemala son esos pocos chapines guatemaltecos que se han habituado fácilmente a la “tutela” por parte de otros. Entre ellos sobresalen hoy quienes más presumen ser “de izquierda”: los del CUC, CALDEH, “Sobrevivientes”, Pobladores “en resistencia”, y demás variada fauna. Semejante malinchismo  pudo haber sido comprensible en la etapa colonial, pero es del todo inadmisible una vez que se accedió a la Independencia nacional.

Hay otra razón más sutil para lo mismo: la ausencia histórica de un precio pagado en sangre por la independencia. Puede sonar cruel, pero tal es la realidad de nuestra naturaleza: lo fácil no se aprecia, a lo cruento, en cambio, se le custodia celosamente.

En efecto, para la fecha de la Independencia patria los caídos en su búsqueda fueron sepultados en camposantos mexicanos, venezolanos, colombianos, peruanos o argentinos…, no guatemaltecos. A nosotros nos llegó la independencia de rebote desde esas tierras.

Cuando, al fin, tuvieron los chapines la oportunidad heroica de mostrar de veras su amor por quienes les habían heredado este magnífico trozo del globo terráqueo, ocurrió más bien a partir del gobierno de Jacobo Arbenz.  Desde entonces, hasta hoy, muchos guatemaltecos se han visto obligados a escoger entre ideales patrios alternativos y opuestos, y ademásmuy caros: al costo de la propia vida.

De esos años se podría datar el derecho a un verdadero Estado soberano en Guatemala. Pero, de nuevo, ese crecimiento tan esperado se frustró en aquel fatídico 29 de diciembre de 1996, cuando Guatemala regresó a la tutela extranjera, como si sus hijos creyeran estar condenados a permanecer menores de edad en la comunidad internacional para siempre.

Después de treinta y ocho años de residencia legítima, sin ningún antecedente penal, habiendo pagado año tras año los impuestos debidos, con esposa, hijos y nietos chapines, me tomo la libertad de exhortarles:

Recuperen, guatemaltecos, la autonomía, y con ella, el orgullo de serlo.

Sacúdanse de encima toda esa “ayuda”, sólo a veces bien intencionada, que al final jamás resulta habérsenos dada gratuitamente.

Gánense el respeto de los demás pueblos, como por momentos lo merecieron antes de aquel infausto 29 de diciembre de 1996. Hagan de nuevo de la patria altar, no pedestal.

Piensen, estudien, laboren, esfuércense tenazmente, no cual llamaradas de tusa, para obtener los mismos derechos de los pueblos libres, los derechos que se ganan con la vista en alto, puesta en la mira del largo plazo, no del corto, el único digno del adulto que aporta, no cuando vegeta.

Sigan el buen ejemplo de tantos hombres y mujeres íntegros que han figurado entre sus padres y abuelos.

Y entonces sí podrán cantar de pie y sin fingimientos:

Libre al viento tu hermosa bandera
a vencer o a morir llamará;
que tu pueblo con ánima fiera
antes muerto que esclavo será
”.

 

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