“ILUSTRACION” Y SOCIEDAD

“ILUSTRACION” Y SOCIEDAD

Por: Armando de la Torre

            La “Ilustración” – the “Enlightenment”, die “Aufklaerung”- fue un poderosísimo movimiento cultural que barrió el entero mundo atlántico en el siglo XVIII.

            La era de la Ilustración ha sido llamada así por sus entusiastas cultores, dado que  consideraban que la “luz” de la razón científica (“light”, “klarheit”), de entonces en adelante, habría de guiar los pasos de la humanidad.  

Fue subsiguiente a dos fenómenos históricos de enorme trascendencia: la Guerra -por mutuas  intolerancias religiosas entre “reformados” y “católicos” durante Treinta Años (1618-1648), y el dilatado proceso, sin violencias y con más tolerancia, de la Revolución Científica, de Copérnico a Newton.

            Realmente fue una corriente a su raíz aristocrática, muy diferente a la democrática revolución industrial, revolución hecha por artesanos, que de ella hubo de derivarse.

            Siempre  la representa el arte con un rostro “feliz”, como lo observa el gran historiador británico del arte, Sir Kenneth Clark, en su magnum opus “Civilization” (1969) a propósito del busto de Voltaire esculpido por Houdon, y en el que ese crítico quiso llamar la atención hacia  su paradigmática “sourire de la raison”. En el espíritu del comentario, casi medio siglo después, un nostálgico Talleyrand: “Nadie que no hubiese nacido antes de la Revolución podría formarse la más mínima idea de la dulzura de la vida en Francia”.        

            Fue, en realidad, un redescubrimiento de “la razón” clásica helénica, erigida en el parámetro supremo  también para nuestro mundo moderno por Johann Joachim Winckelmann.

Pero también del brazo de cierta simpatía por algunas manifestaciones del paganismo clásico, sobre todo las de carácter epicúreo. Se hizo, además, esa “Ilustración”, crecientemente anticlerical  y anticristiana. Y en el orden político, inició el culto a la autonomía racional del hombre por la que supo abogar con elegante elocuencia su pensador cumbre, Inmanuel Kant.  Lo que  implicó,  con el paso del tiempo, la separación hostil entre  la Iglesia y el Estado.  Igualmente la práctica democrática de la igualdad  universal de todos los hombres ante la Ley y con menor referencia a la igualdad del llamado bíblico de Dios a todas sus criaturas racionales.  

            Fue una época, encima, de la exaltación del utilitarismo y de la experimentación científica, pero asímismo, de condena vigorosa hacia toda clase de  tradiciones (“supersticiones”), en primer lugar de aquellas basadas en la fe religiosa del cristiano, del judío y del musulmán.

Y en esa dirección secularizante se montó la primera gran Enciclopedia de todas las artes y oficios bajo la dirección del humanista Denis Diderot, el “ilustrado” por excelencia.

            La “Ilustración” vino a significar un incesante desafío a toda autoridad “por derecho divino”, que, por cierto, terminó por desembocar en los millares de ejecuciones bajo  la novedosa  guillotina durante el “Terror” (1792-1794).  Robespierre, “el Incorruptible” segó la vida de unas treinta mil personas, incluidos obispos y sacerdotes, y hasta los mismos reyes de la milenaria dinastía francesa de los Capeto.  

            Por otra parte, liberó programáticamente de viejas cadenas a la burguesía, que pasó a ser la clase social dominante hasta nuestros días. Igualmente, amplió igualmente el ámbito de acción de las personas individuales con su declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, con sus primeros pasos hacia la abolición formal de la esclavitud,  y con su progresiva extensión de la franquicia del sufragio electoral a los plebeyos.

Bajo el mismo signo se humanizó grandemente el trato de los presos y de los enfermos recluidos en hospicios por enfermedades mentales.

Todo ello sirvió de punto de partida para el individualismo romántico, que estuvo  vigente durante los dos primeros tercios del siglo XIX. Incluso hay quienes afirman que la “infancia”, en cuanto etapa distintiva  en la vida de todo hombre, y digna, por lo tanto, de un trato diferenciado del futuro adulto, fue un descubrimiento de aquella burguesía triunfante. Por ello la aparición en esa época de la literatura infantil con los hermanos Grimm.

Dentro del marco de la Revolución Francesa, que intentó llevar a la práctica social y política las ideas de la Ilustración, hicieron enérgico acto de presencia, por primera vez, las cuatro principales ideologías del liberalismo, del nacionalismo, del socialismo y del conservadurismo, que hubieron de dar color a los avances y retrocesos de las sociedades de los siglos XIX y XX.  Sobre sus premisas respectivas se dieron  trágicos ocasos tras dos grandes guerras mundiales e innumerables otros conflictos y cruentos desgarramientos sociales. Pudiera concluirse que de tales “modas” ahora axiológicas, circunscritas  a los  hechos económicos y sociales de la sociedad urbano-industrial, se ha producido un  desplazamiento de las preocupaciones predominantemente de índole religiosa de los hombres de las sociedades agrarias que la habían  precedido.   

La idea más original que nos legó la “Ilustración” fue la del progreso, sugerida por primera vez por Turgot hacia 1750 y explicitada por Condorcet en su atrevido ensayo “Esbozo de una historia del progreso humano” (1794).

            Tal idea se ha visto pacífica pero monumentalmente revolucionaria, pues todas las culturas hasta ese momento habían tendido a una visión opuesta  conservadora, esto es, que sus modelos óptimos yacían en el pasado, mientras que la misma idea del progreso entraña que lo optimo este más bien por venir.  Por ejemplo, para Platón, los verdaderos héroes griegos se habían dado entre los aqueos de la Ilíada y de la Odisea, siete u ocho siglos anteriores a su propio tiempo. Y para Confucio, en China los verdaderos “hombres superiores” a emular habían precedido a sus contemporáneos hacia los inicios de la dinastía Chou. Por otra parte, ¿qué de diferente implicó  el término “Renacimiento” sino la recuperación de los modelos clásicos greco romanos de mil quinientos años atrás? Inclusive, para el monoteísmo judeocristiano, ¿qué mayor nostalgia que la del hombre en el Paraíso perdido?

En cambio, la idea del “progreso” sitúa lo mejor en el futuro, gracias, esperaban ellos, a las proezas ya palpablemente demostradas de la capacidad de la razón científica experimental  desde hacía  siglo y medio.

En todo ello, los “Ilustrados” pecaron de mucha ingenuidad, como lo arguye F. A. von Hayek en su ensayo “La Contrarrevolución de la Ciencia”. Creyeron, efectivamente, que la razón individual lo podía prácticamente todo, con desmedro –cosa que nos resulta hoy muy  curiosa-, de lo “social” (parte de su aversión a todo lo “tradicional” colectivo). Ese “constructivismo” desbocado atribuído a la mente humana,  habría de constituirse, sin embargo, en su hara-kiri en este siglo posmoderno.

            Nos quedó, sin embargo, de todo ello los inicios del constitucionalismo (Montesquieu, Madison),  del positivismo (Código Civil y Comte), de la democracia igualitaria (Sieyés), del laicismo (Marat), de la educación universal (D´Alembert), obligatoria y gratuita, hasta coronar en Alemania hacia 1860 con el ideal del Estado de Derecho. De ellos no menos nos vienen la fragmentación de las creencias, “la rebelión de las masas” en el sentido de Ortega, la anomía y el vacío existencial de muchos,  la disolución de la familia extensa, y hasta la globalización del crimen.

Sin olvidar, empero, los estupendos avances de las ciencias en los últimos doscientos años, tales como los de la evolución biológica hasta la configuración del genoma humano, las conquistas de la física y de la química que han hecho posible la exploración espacial y los brillantes logros de la astrofísica contemporánea, además del salto exponencial en productividad de los últimos dos siglos y el confort inaudito e inédito hasta nuestros días consiguiente.

Un último punto, creo vale la pena aludir a las dos vertientes culturales de la Ilustración, la francesa y la británica, y la monumental síntesis que de ellas hizo Kant.

La “Ilustración” francesa tendió a ser más bien dogmática; la británica, en cambio, más dubitante y cuestionadora.  La primera, anclada en el despotismo regio “ilustrado” (Federico de Prusia, José I. de Austria, Carlos III de España, Catalina la Grande de Rusia, el marqués de Pombal, de Portugal…); la segunda, que arrancó significativamente del puritanismo escocés, descansaba en el “sentido común” que John Locke reconocía a la mayoría de los hombres. 

Hoy el Mundo es otro y muy escarmentado.  Y nuestra “ilustración” menos arrogante.

La lección para nosotros del “Siglo de las Luces”.

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