JOEY

“Joey”

Por: Armando de la Torre

            Así le llamaron sus más íntimos, igual que sus amigos desde la escuela primaria.  También con ese nombre se ha incorporado a nuestra historia.

            Hombre grande, al estilo de Ramiro Castillo Love o de Manuel Ayau, que tanto nos  enriquecieron.     Como otros que no lo han sido menos, pero desde el modesto silencio del anonimato.

            Que han terminado por hacer de Guatemala un tapiz polícromo,  de multitud de etnias, y de genios de variadas raíces. 

La realidad chapina que hunde sus raíces en surcos remotos mongólicos y caucásicos que les fueron, a su turno,  trampolines para América.  Hoy nación moderna, consolidada tras trasplantes adicionales de españoles, italianos, belgas, alemanes, cubanos, chinos, coreanos,  que se enriquecen a sí mismos y a otros con renovadas infusiones de sangre  provenientes de los cuatro puntos cardinales. Pueblo mestizo de imponente  pasado maya y de futuro promisorio.

Don Alberto Habie Mishaan, el padre de “Joey”, fue elegido Presidente de la Cámara de Industria por sus colegas porque  supo montar un imperio textil que hubo de revelarse en su día como el principal renglón entre las exportaciones fabriles del país.

            Ahí encajó igualmente la persona de “Joey”, su hijo,  cuya biografía propiamente arranca con la llegada de su abuelo sefardí, de la comunidad más creativa y maltratada de la historia. Su trayectoria se explaya en la anterior de su padre, y aportó su arduo y disciplinado esfuerzo creador, trágicamente escogido por eso mismo como objetivo a silenciar por los perennes envidiosos del triunfo ajeno. Esa fue para “Joey” su ingreso a la mayoría de edad.

            Que tampoco le fue fácil.  Recuerdo sus lágrimas amargas en la ocasión del sepelio de su padre y su cólera ante tanta ingratitud.

            Sufrió otros sinsabores de índole familiar, que superó corajudamente con la ayuda, entre otros, de Carlos Tapiero, el más carismático de los rabinos de su comunidad.

            Ensanchó fenomenalmente el imperio textil heredado de su familia y lo diversificó hacia nuevos horizontes tales como hidroeléctricas, aerolíneas, bienes raíces y hoteles.

            En todo supo hacer partícipes de su buena fortuna a quienes le ayudaron leal y eficientemente a lograrlo.  Su sentido de responsabilidad todavía se nos hace evidente en los centenares de casas bellas y funcionales que construyó para sus trabajadores asalariados.

            Generoso hasta con quienes se le antojaban del todo extraños a él, lo fue sin excepciones siempre y cuando le evidenciaban hallarse urgidos de su ayuda.

            Alegre y burlón en el trato con sus más allegados, exigente, y hasta impaciente con sus subordinados, fue ejemplo de disciplina, de sencillez, de perfil bajo, en contraste con tanto “nuevo rico” de origen dudoso que pulula por nuestros escenarios sociales.

            De casta le viene al galgo… Su abuelo materno, Don Juan Nigrín, fue también un comerciante sobrio y cortés que, ya octogenario y casi ciego, atendía, empero, puntual a sus clientes, al pie de la máquina contadora de su empresa, y hasta reconocía al tacto el monto de cada billete en cada transacción.

            A su madre, Sarita, siempre la he tenido como una preciosa mujer, a la par que dama respetable, de ojitos alegres y tiernos, de notable curiosidad intelectual, y compenetrada sin pausa al cien por ciento con sus obligaciones de esposa y madre. Su hermana Lissi, de alma de artista, le precedió a la eternidad en la plenitud de su vida de fotógrafa casi profesional. Y a su  otra hermana, Leah, recatada y discreta, la recuerdo deferente en todo momento, con su aporte a la familia de un toque internacional al alternar su hogar entre la Florida y Guatemala.  Mariana, por otra parte, su esposa argentina, igualmente le añadió de lo suyo en cuanto madre y catedrática, encima, de Psicología en la Universidad Marroquín.

             A los pueblos los forman tales prohombres. 

            He tenido la dicha de conocer algunos, aunque para mi sorpresa con frecuencia olvidados por los medios masivos de comunicación.

            Ahora, por ejemplo, lucha por su vida Mario Castejón, Quijote si ha habido alguno. Hace tres semanas se nos fue Jorge Sarmientos, y dos meses más atrás Efraín Recinos.  Carlos Montes, igualmente, nos acaba de añadir otro hondo vacío a nuestra galería de figuras históricas. Por ni siquiera mencionar al inolvidable Joseph Keckeissen,  hacedor del saber  humilde. Y a tantos otros, a quienes por falta de espacio ni aludirles puedo.

            Pero de “Joey” guardaremos el recuerdo de su roce con nuestras vidas en agradecida nostalgia.

 

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