Jueves Santo

Jueves Santo

Por: Armando de la Torre

            ¿Qué conmemoramos?

            Un adiós entre amigos, que cenaron juntos, y que al día siguiente, viernes, el más importante entre ellos  fue…  “lynchado”. 

Algo usual entre humanos, con tanta frecuencia incapaces de remontarnos más allá de nuestra herencia animal, que simplemente nos ratifica que hemos resultado los “más aptos” y, por lo tanto, los más llamados a sobrevivir a expensas de los “menos” aptos…  Jesús, por ejemplo, no era romano, luego, gritamos “¡crucifícalo!”…

            Somos, pues, parte de todas las mismas “masas justicieras” que durante la Edad Media gritaban “¡a la hoguera!” a cuanto supuesto disidente se les cruzaba en el camino. O de las que condenaban a gritos a las “brujas” del siglo XVII, no cualesquiera, sino sólo aquellas que los años ya habían marchitado.

Somos de ese temple, únicamente que por una sola vez también “ilustrados” cuando aullábamos “¡a la guillotina!” contra cualquier que se hubiera podido creer sernos superior. Somos los mismos de aquella “raza superior” que, en pleno siglo XX, a coro, y con el brazo en alto, rugían “¡Sieg heil!”, al tiempo que enviaba a los campos de exterminio a los ancianos, a las mujeres y a los niños de las razas “inferiores”… Fuimos, y somos todos los verdugos de todos los tribunales “populares”, como se dio en aquella sombría noche de un jueves…

La cena sirvió para los comensales de antesala al gesto amoroso del anfitrión al bajarse a lavar los pies de sus invitados, de un tal Judas Iscariote entre ellos,…“pues si yo” – les comentó-, “el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”.

El hombre nuevo.

El mismo que en otra ocasión le había oído decir (respecto a otra víctima del prejuicio): “Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra…”

 Hoy, en cuanto miembros de una “aldea” tecnológicamente “global”, nos arrogamos pedir desde Noruega la condena de un militar… en Guatemala –al tiempo que hacia Cuba permanecemos mudos testigos de la lenta asfixia de unas damas “vestidas de blanco” que osan pedir permiso a un burdo dictador para abrazar a sus hijos-. “Los más aptos”, con tamaño sentido de la “equidad”, encima decretan lo que para todos ha de ser lo correcto o lo incorrecto desde sus cómodas butacas en  Washington o Bruselas…

            Nos consta por escritos de contemporáneos que en repetidas ocasiones se le oyó a Jesús clamar a su Padre, “Abba”, y que también se le vió en compañía de su Madre viuda, María, en momentos excepcionales, por ejemplo, en una tierna ocasión de boda en Caná, cuando adelantó a petición de ella la hora del inicio de su vida pública.

Jesús pareció tener siempre ante sus ojos la que habría de ser la última de sus peticiones: “¡Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen!”.  

Pero el cúmulo de las injusticias le hacía hervir la sangre. Nosotros, a nuestro turno, hemos derivado de su ejemplo y de sus lecciones ciertos “correctivos” conceptuales acerca de la injusticia, que nuestro laicismo vergonzante ha querido revestir de un ropaje más aceptable para los tibios de corazón.

El “Estado de Derecho”, por ejemplo, podría valernos de ideal sustituto para el del “Reino de Dios”. Y nuestro concepto jurídico de “persona”, el equivalente del “individuo pecador redimido”. Aun nuestro “debido proceso” legal pudiera interpretarse como un intento secularizado por evitar la repetición de otra “Pasión”. Y hasta nuestros cacareados “derechos humanos” podrían entenderse como reformulaciones de los frutos de la gracia que nos mereció el Redentor.  Para los amigos libertarios, nuestra libertad ciudadana no es más que el eco literal de la libertad cristiana en la historia.

Pero no nos engañemos.

Porque el Maestro también aclaró ante el supremo representante del César que “mi reino no es de este mundo”.

Efectivamente, el poder coactivo no tiene espacio en él. Tampoco las intrigas o las zancadillas mutuas que se propinan los afanosos de poder.

Como lo expresó Isaías, seiscientos años antes, el Mesías “… juzgará entre las gentes, será el árbitro de pueblos numerosos que forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas… Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá…”  

¿El Estado constitucional?

Mucho más que eso. Porque Yahvé es misericordioso, y su Hijo, “manso y humilde de corazón”, “no vociferará ni alzará el tono…”. “Hará justicia lealmente; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho…”

El judeocristianismo, todavía tan desconocido por muchos, ha sido la raíz histórica determinante de nuestros modernos criterios morales. Lo mismo transparenta la deontología jurídica. Y aun ésa sensibilidad nuestra tan única ante la injusticia viene de la misma raíz. Todo, empero, soslayado por nuestro positivismo jurídico…

El espíritu, sin embargo, sopla donde quiere, y aquí en Guatemala lo siento bramar ahora con la fuerza de un huracán.

Que lo escuchemos todos a tiempo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *