“La circulaciòn de las èlites”, de acuerdo a Vilfredo Pareto

“La circulación de las élites”, de acuerdo a Vilfredo Pareto

 

Por: Armando de la Torre

           

Después de la Revolución Francesa, con su énfasis tan novedoso entonces sobre el principio de  la igualdad entre los hombres, surgieron otras corrientes de pensamiento que la adversaron con gran fuerza. Una de ellas, a principios del Siglo XX, es la que hoy nos ocupa.

            Vilfredo Pareto (1848 – 1923) fue un ingeniero destacado y un economista muy influyente franco–italiano. De persuasión filosófica liberal, y de acuerdo, además, a los principios republicanos de Mazzini, sumó a sus análisis de la situación política que le era contemporánea, los de los economistas clásicos británicos y franceses. De ello surgió un pensamiento altamente creativo, uno de cuyos conceptos básicos, “el óptimo de Pareto”, se ha vuelto de nuevo sumamente actual entre las corrientes de los economistas marginalistas contemporáneos.

            Pero la contribución intelectual de Pareto no se circunscribió sólo a sus extraordinarios aportes a las teorías de la economía política clásica de su tiempo sino que también incursionó por el campo  adyacente de la sociología, con destellos no menos innovadores y, en menor escala, al estudio de la frustrante política nacional italiana de fines del siglo XIX.

            Para Pareto, la “economía política” es la especialidad del conocimiento que escudriña el mundo de las acciones racionales, es decir, de las decisiones deliberadas que giran en torno a los medios a elegir para alcanzar, al mínimo costo posible, los fines próximos y remotos que se persiguen, y con recursos siempre escasos. La sociología, en cambio, para él habría de estudiar las acciones humanas “irracionales” en cuanto motivadas por emociones y prejuicios a expensas del frío realismo económico, y por los que también se suele escoger un curso de acción con escasa o ninguna consideración para las consecuencias al largo plazo de la misma (sin mencionar las posibles imprevisibles, “unforseen consecuences”, que en esa época no figuraban con tanto peso como hoy en la teoría de las instituciones).

            La “circulación de las élites” fue una de sus últimas contribuciones novedosas a la sociología así entendida. De acuerdo a Pareto, las sociedades siempre terminan por ser gobernadas y administradas por “élites”, o minorías sociales, de cualquier índole ideológica, y que no responden a cálculo racional previo alguno. La historia de los regímenes políticos deviene así en cuna y cementerio a la vez de “élites” sucesivas.

“Las aristocracias no duran”, afirmó, “cualquiera que sean las causas, es innegable que después de un determinado tiempo desaparecen. La historia es un cementerio de aristocracias” (Tratado de Sociología General, 2053)

Y para ilustrar mejor su punto recurrió a la metáfora de élites constituídas por “Leones” y “Zorras” en cuanto integradas por “tipos” de élites que se imponen por la fuerza o por la astucia, y que se alternan incesantemente en el control del monopolio coactivo del Estado. El objetivo final en todos los casos es asegurarse legalmente para sí mismas “privilegios” y “prerrogativas” a expensas del bien común.

            Según Pareto, los pioneros, por ejemplo, de los cambios sociales y económicos en cualquier sociedad son aquellos guiados por el “instinto” de combinar opciones imaginarias y de preveer escenarios políticos que les faciliten su ascenso personal. De ahí que los denomine “zorras”.

De ellos se distinguen a su vez los “leones”, es decir, los inclinados por tendencias que les son innatas a procurar la persistencia de los grupos y a sacrificarse por ello, en la prosecución de cualquier “bien” común que se desprenda de la tradición colectiva, la patria o aun la religión. También estos son “elitistas” en el sentido de querer retener las posiciones de privilegio de que gozan.

            En el primer tipo de élite habrían de incluirse los grandes financieros, los inventores audaces, los explotadores de tierras nuevas, los diseñadores de estrategias de mercadeo político, o quienes hayan abierto nuevos surcos en áreas del saber del que han derivado exitosamente rentas y status, no menos que los eternos ambiciosos que conspiran contra el orden social establecido.

En el segundo, en cambio, habrían de ser tenidos en cuenta los conservadores de todo status quo, ya sea social, militar, familiar, religioso o de cualquiera ortodoxia ideal.

            Los unos, pues, validos de su picardía; los otros, de su fuerza y de su capacidad de entrega.

            Ninguna sociedad, según Pareto, escapa a tal dicotomía entre sus ciudadanos sobresalientes -los “selectos”, como los llamaría más tarde Ortega-, por mostrarse capaces de  exigirse más a sí mismos de lo que exigen ellos de los demás.

            La alternancia en el disfrute del poder soberano por grupos dominantes tan diferentes es, en parte, una cuestión genética o, al menos, subconsciente. Y si los que mandan de momento se anquilosan en el ejercicio del poder por graves fallos morales o por mera inercia social, entonces entre la élite subordinada inevitablemente surgirán individuos mejor dispuestos, más creativos y osados en la lucha por la supremacía, que acabarán por imponerse, revolucionaria o evolutivamente, y con ello iniciarán un nuevo ciclo de liderazgo.

Mussolini se creyó discípulo de Pareto, a quien nombró Senador vitalicio del Reino de Italia un año antes del fallecimiento de Pareto. Este último, sin embargo, liberal convencido hubiera ciertamente desaprobado el nacionalismo restrictivo del libre comercio y de la libre expresión del fascismo estrenado por el Duce.

En el mismo ánimo de Pareto me permito ahora ensayar un esbozo de adaptación de esa teoría suya sobre “la circulación de las élites” al estado interno postconciliar de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Para ello escojo arrancar del hecho bíblicamente bien documentado de la tensión permanente entre el espíritu “profético” y la jerarquía “sacerdotal”, tan evidente a lo largo del Antiguo Testamento, y que ha asomado también por momentos en la bimilenaria historia de la Iglesia. Savonarola versus Alejandro VI. O Giordano Bruno frente al Gran Inquisidor. Esto me lleva, por ejemplo, a discernir cierto contraste entre el espíritu del Papa Juan XXIII y el del  actual Sumo Pontífice, Benedicto XVI, ambos, a sus maneras respectivas beneméritos custodios del depositum fidei evangélico.

Bajo la perspectiva de Pareto, Juan XXIII pudiera ser visto como el profeta fugaz del, aggiornamento – todavía en proceso-, mientras Benedicto XVI sería el sacerdote no menos minuciosamente fiel a  una vocación anclada en San Mateo 16:18.

¿La zorra y el león?

Por otra parte, nosotros los “hombres–masa” de la Iglesia, convergemos desde generaciones muy diferentes, a su vez marcadas por los Concilios respectivamente de Trento y Vaticano I, la una, y por el Vaticano II, la otra. El Concilio de Trento no conoció una curia de “leones” tan bien estructurada como aquella a la que hubieron de hacer frente los obispos “zorras” del Vaticano II, como el Cardenal Arzobispo Suenens, de Lovaina.

Además, el Concilio celebrado en el siglo XVI en Trento se llevó a cabo en varias etapas pero con una dirección monárquica muy firme. El Concilio Vaticano II, en cambio, se desenvolvió por tres años sin interrupciones, movido por cierto espíritu conciliarista y más ecuménico. Fue, en realidad, el Concilio de la irrupción de una tolerancia de raigambre democrática en la cabeza y el corazón de la Iglesia.

La “élite” de los Papas vaticanos (de Pío Nono, el prisionero, a Pío XII, el libérrimo) ha sido lenta pero discretamente desplazada por la “élite” de los Papas vaticanos últimos, que han visto salir de nuevo de las catacumbas soviéticas a la Iglesia, y más apreciativos del respeto a los derechos humanos por el orden secular constitucionalmente vigente.

El más sencillo de los síntomas de esa transición creo poderlo localizar en el cambio de la Liturgia del latín al idioma vernacular. Pero también en aquel “descuido benigno” de Paulo VI  hacia el movimiento llamado “teología de la liberación”. Encima, la accesibilidad tecnológica del Sumo Pontífice a las masas de los fieles en cualquier rincón del mundo de hoy es un indicio adicional de la circulación de las élites eclesiásticas, como lo atestigua la creciente presencia de la mujer en la Iglesia, y de los laicos en general en la pastoral.

La gran diferencia en el caso de la Iglesia estriba en que en esa alternancia en el espíritu de servicio que ha animado a casi todos los Sumos Pontífices desde Trento ha hecho de todos y cada uno “leones” en la defensa de la posición privilegiada del clero en la sociedad urbano-industrial  de nuestros días. Por ello, los “Concordatos” de la Santa Sede con los Estados nacionales, que solían garantizar inmunidades y exenciones  a las instituciones eclesiásticas, pasan lentamente de moda, y en este sentido se evaporan las “élites” de los leones fieles a la tradición de Pedro.

El futuro de la Iglesia nos es, por supuesto, del todo impredecible,  pero cuenta con una certeza ajena a la razón humana, a saber: que “las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella” (San Mateo: 16,18).

Pero también sabemos que “el Espíritu sopla donde quiere”, (San Juan 3:8) y podemos esperar confiados en que otras élites serán seguramente elevadas por Él a ser “la luz del mundo y la sal de la tierra” (San Mateo 5:13-14), lo que naturalmente no pudo figurar entre las proyecciones sociológicas de Pareto.

O como lo insinúa aquella otra declaración evangélica de que “la mies es mucha y los operarios pocos” (San Mateo 10:2), de que, al fin y al cabo, las élites producto de los acuerdos entre hombres son ajenas  “al Reino que no es de este mundo” (San Juan 18:36)

Salvada, pues, esa enorme distancia entre lo natural y lo sobrenatural, aún nos es lícito  preguntarnos: A la luz de las ciencias humanas, entre ellas la sociología de Pareto, ¿quo vadimus?

Con respecto a Guatemala, se han hecho ya numeroso análisis sobre la circulación histórica de nuestras “élites”, principalmente por pensadores neo-marxistas que ponen al centro de sus enfoques la lucha de clases. Pero, que yo sepa, no a la luz de la circulación de minorías que abusan cada cual del poder adquirido en su propio beneficio.

Las antiguas élites “mayas” se eliminaron por sí mismas del escenario mesoamericano  hacia el siglo decimo después de Cristo, aparentemente por el uso excesivo que hicieron de su suelo. Lo que vino después parece haber sido una sucesión de tribus procedentes  del área tolteca de México, hasta la llegada de los españoles en el siglo XVI que le puso fin. 

La Conquista española estableció la conocida jerarquía de peninsulares e indios que con el tiempo hubo de ser enriquecida también con  la de los “criollos”.  La Independencia no cambió mucho en el estado de cosas, excepto por el hecho político de que con la Independencia los peninsulares dejaron de concentrar en sus manos el monopolio del poder oficial.

Hasta este siglo XXI, las élites de criollos han dominado la escena nacional acumulando privilegios en dos vertientes paralelas: la de las “zorras” del sector privado de la economía y la de los “leones” en el sector público del Estado.  Sobre esto último precisa añadir que el Ejército, el brazo armado del Estado, se ha mostrado como la vía de movilidad vertical hacia arriba más eficaz para las poblaciones autóctonas generalmente discriminadas.

Con la llegada a la presidencia de la República del doctor Juan José Arévalo Bermejo en 1945, a la élite pública se añadió la del sector académico centrado en la universidad de San Carlos.  El mismo fenómeno se extendió en 1961 al sector privado con la fundación de la primera universidad privada del país, la universidad “Rafael Landivar”.

El horizonte de élites compuesto de un sector privado, otro público y un tercero académico público y privado, se ha enriquecido también con nuevos desplazamientos de beneficios para las clases sociales, entre las que  sobresale la clase media urbana que ha llegado a ser, vía legislación, la más determinante.

El mundo ahora empieza a moverse en otra dirección.

El afán por una mayor libertad de competir bajo reglas iguales se ha incrementado notablemente desde finales de “la Guerra Fría”.

Los avances del liberalismo, paralelos a los retrocesos de las distintas versiones del socialismo en todos los continentes, auguran una mayor igualdad de condiciones para todos, sin ventajas legales, ni impunidades de hecho, ni transferencias injustas de rentas, que han acompañado siempre a la usual “circulación de las élites”.

Incluso movimientos aparentemente algo frívolos, como las campañas electorales de las “redes sociales”, o el reciente  Tea Party en los Estados Unidos, o el proyecto de “ciudades libres” para Honduras, o hasta esos caóticos e inéditos levantamientos entre los musulmanes del Norte de Africa y del Cercano Oriente, apuntan todos en la misma dirección, es decir, la de la instauración de una sociedad mundial libre de favores arbitrarios preparados ya  por “las zorras” o defendidos ya por “los leones”.

Es un anhelo universal por la  que las cámara de comercio en todas partes han sido las primeras en abogar.  Pero también los promotores del ideal del “Estado de Derecho” en cuanto a la  actualización de la “rule of law” de los “whigs” británicos del siglo XVII.

Ante esa encrucijada estamos, también en Guatemala, en este año electoral del 2011.

5 thoughts on ““La circulaciòn de las èlites”, de acuerdo a Vilfredo Pareto

  1. En primer lugar me gustaría darle las gracias por la gran entrada e informativo. Tengo que admitir que nunca he oído hablar de esta información me he dado cuenta muchos hechos nuevos para mí. Me gustaría dar las gracias a Edición de Ensayo para ayudarme en mis estudios. Sin ellos, nada soy. Gracias!

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