La despenalizaciòn de las drogas (III)

LA DESPENALIZACIÓN DE LAS DROGAS (III)

Por: Armando de la Torre

¿En qué podría consistir el balance monetario de accidentes de ruta bajo el influjo de las drogas? ¿O el de quienes sobreviven cuadripléjicos? O ¿cómo medir en unidades y fracciones el fin prematuro de la inocencia en los niños? ¿O la proliferación del desánimo entre los jóvenes sanos tras cada escándalo de adultos por abusar de las drogas?… Y ¿qué decir de esa sangre que se vierte a diario entre quienes compiten por tan mortal mercado? …

Es evidente que la raíz del mal reside en el consumo de drogas, y a tales irresponsables consumidores, y a quienes se las suministran se les habría de castigar (en Europa y en los EE.UU.) ejemplarmente. Nosotros, en cambio, residentes de los países de tránsito para tan infame comercio somos quienes hoy por hoy terminamos por pagar ese precio mortal que hacia nosotros desvían. 

Pero esto tampoco es argumento válido para otorgarles una licencia universal.

Pues me queda una virtud que defender y que tengo entre las de más peso: la de la solidaridad mínima de esperarse entre hombres libres y sensatos, aquella del buen samaritano, la del que ríe con los que ríen y llora con los que lloran, y que hasta se adelantan a pagar anticipadamente por la salud de  otros, sin la certeza de que les será devuelto. Es esa empatía espontánea hacia el menos favorecido, por todos – de labios afuera- tan alabada, que encima parece llenar el espíritu del mandamiento más difícil y olvidado de  todos, el de “amar al prójimo como a nosotros mismos”… 

            Creo tal solidaridad la cumbre del ascenso de lo humano hacia Dios. Nada la supera en nobleza, ni algo le es comparable en el entero cosmos, excepto el antecedente descenso de Dios hasta nosotros cuando se hizo Hombre.

            Solidaridad que rara vez discierno en tantos humanos, demasiado humanos, inmersos en sus hojas de balance… Al parecer, muchos parecen haberse  dejado arrastrar por el fácil apotegma de que “el egoísmo es virtud”. Si así lo fuera, deberíamos alegrarnos más bien de que nos haya tocado ser remolcados a lo largo de una de las eras más “virtuosas” de la historia,… la de Auschwitz, Treblinka y Dachau.

            Las drogas, naturales o sintéticas, obnubilan con eficacia progresiva la razón;  en verdad,  para eso se toman. Fuera de la peligrosa curiosidad juvenil que juguetea con ellas, se busca una “expansión artificial de los sentidos”, con desmedro, por supuesto, de la claridad y corrección de nuestro criterio moral. Todo equivale, al final, a una “cápitis diminutio” como la entendía el derecho romano, esto es, a una disminución en  nosotros  de nuestra talla inteligente.

            El drogadicto, más que el alcohólico, se adentra por un sendero oscuro que le cautiva más cuanto menos sabe de él. Suele empezar con escarceos superficiales, por ejemplo, con la marihuana, para después deslizarse hacia otros alucinógenos más potentes como la cocaína, que facilitan la vida “social”, lo que a su turno empujará hacia la prosecución  de vivencias más intensas en la heroína, el opio, o las drogas sintéticas (LSD y “crack”) hasta un punto sin posible retorno. 

Al harapo humano se le calificará, entonces, de “enfermo mental”, de incapaz de crecer más allá de su autogenerada minoría de edad ética, un fardo para los demás. Ni siquiera con la mejor probada solidaridad – la que se estila entre “alcohólicos anónimos” –  se le podrá abrir una posibilidad de redención, de escape a ese destino trágico del que ha sido su propio arquitecto.

Me consta todo esto, porque han sido demasiadas las vivencias desgarradoras ajenas que he sufrido durante mi larga vida.

            Se me insinúa que exagero, porque algunos saben tan sólo de esas primeras etapas de la drogadicción y desde ellas juzgan, o también porque son muchos los hombres de negocios “exitosos” que dicen sentirse más inmunes al cansancio, o hasta que descubren en sí mismos una mayor creatividad tras abusar de la cocaína o del “éxtasis”. Pero el riesgo moral de tamaños ensayos (y su correspondiente despilfarro económico) cuelga horriblemente ominoso sobre el usuario y su familia… 

            Ni existe cura perdurable, excepto a través de la prevención de su hábito por medio de la formación individual del carácter, es decir, del fortalecimiento de nuestra capacidad para responder con un NO firme a los cantos de sirena del placer engañoso.

Nada me resulta más aconsejable ahora para los caídos que aquella sabia reflexión de San Agustín acerca de su propia adicción al sexo: “Me ha sido más fácil abstenerme que contenerme”.

10 thoughts on “La despenalizaciòn de las drogas (III)

  1. La adicción es un gran problema, pero estoy de acuerdo, el mayor problema es la educación que damos a nuestros hijos que son incapaces de decir no, por una cuestión de agradar a los demás. Nadie prueba las drogas de un día para otro sin razón, existe una influencia que no es capaz de superar la persona y eso es lo verdaderamente preocupante.
    Yo de joven salia con mis amigos y estos consumían, ellos eran felices así, o por lo menos creían que eran felices.
    La educación sin duda y no la del colegio, la educación que damos nosotros a nuestros hijos es la solución, es difícil, pero a mi entender, la única que funciona.

    Estoy encantado con el articulo, un saludo.

  2. Todas las adiciones son malas, ya sean drogas o no, pero el tema de las dogras en un tema bastante peliagudo ya que una buena prevencion a tiempo es mejor que cualquier terapia o programa de de desintoxicacion, gracias y un saludo.

  3. ¿Puedo ver su punto y es bastante lógico, pero no estoy seguro si el joven podía entender de esa manera. Debemos empezar a pensar como lo hacen, si queremos hacer una diferencia para ellos.

  4. El principal contribuyente a los accidentes de tráfico sigue siendo el alcohol, seguido por el consumo de drogas. Creo que más acciones e iniciativas en contra de conductores ebrios deben organizarse para la prevención.

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