La Filosofìa: ¿ciencia inùtil o sabidurìa necesaria?

La Filosofía: ¿ciencia inútil o sabiduría necesaria?

Por. Armando de la Torre

 

            “Todo ser humano”, se ha dicho, “pasa por su mal cuarto de hora de filosofía”. Todo filósofo, parafraseo, también pasa por su cuarto de siglo de filosofía…

            Con ello lo que quiero expresar es que las preguntas que se hacen por  quienes queremos etiquetar de “filósofos” (amantes de la sabiduría) no son muy diferentes de las que se hace el hombre común y corriente, pero las hace sostenidamente y en profundidad.

            La filosofía NO es una actividad especializada “científica” en el sentido moderno de las “ciencias experimentales”.  Históricamente, la universal actitud filosófica ha evolucionado más bien hacia lo contrario, en cuanto madre originaria del saber hondo que se pretende coherente y abarcador del todo de la experiencia humana, del que se han desprendido sucesivamente las ciencias en cuanto áreas restringidas del conocimiento aplicables a solo porciones de la entera realidad, tanto la sensible como la suprasensible (metafísica).

            De los griegos nos ha llegado la distinción clásica, dentro de la misma actitud filosófica general de “asombro” y en contraste con “las ciencias” particulares, entre “lo teórico” (contemplativo) y lo práctico (interesado).

            Hoy en día, en cuanto “saber” teórico, el oficio del filósofo está irremisiblemente supeditado a los avances de esos “saberes” particulares, ya sea en sus vertiente teórica o en sus vertientes prácticas, a la cima de estas últimas la disciplina de la ética.

            Entonces, en cuanto “ciencia” práctica, la filosofía moral, formulada a través de juicios de valor, retiene su tradicional supremacía teleológica sobre todas las demás ramas del conocimiento, bajo el mismo nombre helenístico de “Sofía” (sabiduría).

            Es esta el leit motiv de esta reflexión.

            La sabiduría tiene un solo referente: el hombre mismo, aquel de Terencio, el que confiesa “homo sum et nihil humani a  me alienum puto”, “hombre soy y no tengo nada humano por ajeno a mí”. aunque no olvida al implícito que Ortega llamó parte integral de la existencia humana: sus “circunstancias” de tiempo y espacio.

Es más, la “sabiduría” en cuanto arranca de la espontánea curiosidad intelectual que busca interesadamente hallar la mejor armonía posible entre los “hombres” y sus “circunstancias” también es lo más “filosófico” no tanto del conocer en general como del actuar que de él se sigue.

En este sentido, todos los juicios de hecho (“matters of fact” o “verités de fait”) y los juicios de razón (“relations of ideas” o “verités de raison”) que estructuramos en cualquier lenguaje vernacular, no tienen otra finalidad que la de contribuír a la formulación de “mejores” juicios de valor.

            A su vez, el rasero por el cual medir la pretendida “armonía” de los hombres con sus circunstancias ha tendido a ser lo que cada “amante de la sabiduría” ha entendido por el muy ambiguo y vago término de “felicidad” (la “eudaimonía”, en Aristóteles, la “hedoné”, en Epicuro, el “conócete a tí mismo” del oráculo de Delfos, la “paz de la conciencia”, en Zenón, o la “consolación”, en Boecio, entre los antiguos, o “lo más útil para la mayor felicidad del mayor número posible”, según Bentham, o el cumplimiento incondicional del deber, de acuerdo a Kant, entre los “modernos”).

            La tradición hebrea sumó otro tipo de amantes de la sabiduría tal cual los entresacan anónimamente los libros “sapienciales” del Antiguo Testamento (Job, Proverbios, Eclesiastés…). La gran diferencia entre los unos de Atenas y los otros de Jerusalén consiste en que los segundos se apoyan en una dimensión “trascendente”, un Dios personal, que nos exhorta, ordena, increpa, aconseja, protege o castiga, desde una superioridad radicalmente “absoluta”: la de la sabiduría eterna y, por tanto, infinita, por parte del que todo ha creado y todo lo puede, devenido así el alfa y la omega, cual “imperativos categóricos” para la vida interior del hombre.

            Más aún: un Dios que, además, ha querido revelarse en momentos determinados y en espacios identificables, para complementar nuestras perspectivas con las hasta entonces insospechadas por nosotros en el laborioso aprendizaje de la humanidad toda.

            Tenemos, pues, dos fuentes de obligación moral diametralmente diferentes, dos versiones de inteligencia “práctica” sobre lo más “sabio” a escoger por nuestro libre albedrío, que en alguna forma ya fueron sintetizadas estupendamente, una vez por los autores de la patrística, otra por los escolásticos en el Occidente medieval, urgidas, sin embargo, ahora de una ulterior armonización con las “ciencias” llegadas a su mayoría de edad durante los últimos trescientos años, en especial con las ciencias “sociales” (o “del espíritu”, como las calificara más acertadamente Wilhelm Dilthey).

            Este es nuestro llamado.

            En nuestra situación actual de globalización (o de “compartir”) los valores de la “ética”, creo que nos urge como primer paso indispensable conocer precisamente lo que nos tipifica como judeocristianos. Porque la perspectiva original a esta actitud filosófica tan sumamente práctica ha sido y es la del “largo plazo”, la esencial e insustituible que nos legaron desde ángulos diferentes Atenas y Jerusalén, en nuestra perpetua búsqueda de ese “télos” último que nos resulta tan elusivo como ese pretendido contentamiento del hombre consigo mismo y con sus circunstancias.

            La educación en sentido estricto (formación de valores más que información sobre hechos o internalización de destrezas) en nuestros días adolece de un enorme descuido por la gradual asimilación de los mismos al largo plazo. Desde este punto de vista constituye la mayor carencia en la formación de nuestros profesionales, muy en particular, en las universidades estatales sujetas a los dogmas “ilustrados” del laicismo.

Por eso se repite tanto lo de que en nuestras sociedades urbanas-tecnológicas “lo urgente suele desplazar a lo importante”. Y ello está íntimamente ligado a la contemporánea descomposición de la familia como el más elocuente de sus efectos…, amén de las tan lamentadas instancias de desorganización social como el alcoholismo, la drogadicción, los suicidios, las desviaciones sexuales, la violencia doméstica, el terrorismo, el asesinato en masa de los no nacidos, el incumplimiento de la palabra dada, en especial en el mundo de los negocios, y la mentira como hábito para la conducción política de los pueblos…

            Y caemos por igual el Occidente y el Oriente, pese a Lao Tsé, San Agustín, Tomás de Kempis, Montaigne, Alexis Carrell, Emmanuel Mounier, Tagore o Kalil Gibran, porque “el espíritu sopla donde quiere” y nosotros lo aceptamos o rechazamos cuando queremos.

En verdad “no sólo de pan” vivimos, rasgo  universal y distintivo de la especie.

            El hombre, una vez superados los apremios más primitivos de techo y comida, no puede vivir sólo para el momento. Sin embargo, después de cuatro mil años de creatividad inaudita sobre ese supuesto, el “Zeitgeist” contemporáneo parece haberlo olvidado, o reducido a la satisfacción pasajera del “entertainment”, del pasar un buen rato, del “comamos y bebamos que mañana moriremos”…

            Despilfarro, en verdad, que hacemos, hijos pródigos de tan valiosa herencia.

            Tal actitud, paradójicamente, se nos ha evidenciado para números crecientes de pensantes como muy perniciosa para nuestra proclamada sed de “autorealización” humana. Esas adicciones que nos aquejan derivan de nuestros afanes al corto plazo, incluído ese nuevo molde del “dolce far niente” en el vagar turístico sin rumbo ni meta, sea por coordenadas geográficas o, más sutil, por las modas y posturas pasajeras de masas que hoy se califican de “políticamente correctas”. Tal ansiedad roba a nuestras vidas todo contenido duradero y, por lo mismo, toda paz interior. Peor aún, terminamos por estrellarnos contra los arrecifes íntimos de la envidia, el resentimiento, el rencor, el hastío y la desesperación anómica, la antesala temporal de un infierno eterno.

Nada, en fin, que no nos hubieran pronosticado los amantes de antaño “de la sabiduría”.

Recuerdo una lectura de mi adolescencia, “What makes Sammy run?”, de Budd Schulberg, (1941), en torno a la saga de un joven judío de Nueva York que de los harapos salta a la opulencia en Hollywood (caricatura de Samuel Goldwyn), para hallarse al final privado de toda fuente interior genuina de paz y sosiego.

La frenética competencia por satisfacer nuestras “adicciones” del corto, a veces cortísimo plazo, nos deja al largo plazo sin aquello que en primer lugar nos impulsó a ponernos en movimiento: la búsqueda de una plenitud propia y duradera. A ello enderezó sus esfuerzos Viktor Frankl con su “Logoterapia”. De ello dio el mejor ejemplo Mahatma Gandhi.

Hasta en las realidades más elementales del diario vivir, por ejemplo en la disyuntiva de gastar o ahorrar, se transparenta el sabio escoger de individuos y pueblos enteros, y así hoy nos corroe el hecho en nuestra Iberoamérica el ser pueblos deudores y, por consiguiente, al largo plazo, siempre pobres mientras, los llamados “tigres del Asia”, que partieron hace setenta años de una base más baja que la nuestra, son nuestros opulentos acreedores. La sabiduría tiene consecuencias; la estupidez también.   

Los hombres “de éxito” se muestran con demasiada frecuencia proclives a menospreciar la sabiduría de los que ellos llaman “teóricos”. Sin embargo, de uno de ellos (John Maynard Keynes) tomo la siguiente cita: “Los hombres prácticos, que se creen libres de toda influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista ya difunto”.

Lo mismo acaece en todas las demás esferas de la acción, muy en particular con respecto a las teorías éticas o morales. “El Príncipe” de Maquiavelo, por ejemplo, ha opacado entre nosotros a “la Etica a Nicómaco”…

Para nuestra desgracia.

Quizás una forma de resumir la posible respuesta a ésta, nuestra alocada carrera hodierna, propia de la “material girl” -como reza la canción-, la podríamos rescatar de regreso a una premisa del más moderno de los antiguos, Agustín de Hipona:

“Feciste nos, Domine, at Te et irrequietum est cor nostrum donec requiescat in Te”

            “Nos hiciste, Señor, para Ti, e inquieto anda nuestro corazón hasta que descansa en Tí”.

            ¿Demasiado teórico?…

 

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