La guerra contra la civilizaciòn

La guerra contra la civilización

Por: Armando de la Torre

            Una manera, creo, muy apropiada para referirme a nuestra situación. 

            Un Alcalde en Sololá, donde uno de cada cuatro habitantes es analfabeta, se permite exigir el cierre de la única extensión universitaria en su territorio.  ¡Bárbaro en el sentido más literal del término! 

            Todo un obispo de la Iglesia Católica que agita, sin cesar, contra la minería, las hidroeléctricas y la industria del cemento. ¡Oscurantista bien nutrido que se permite ignorar la importancia que todo empleo tiene para los que no menos que él también quieren comer! 

Una Fiscal General, fiada anticipadamente de su impunidad personal por una muy peculiar benevolencia hacia ella del Presidente de la República, y que por eso mismo se arroga violar  leyes y cuanto derecho ajeno se le interponga en su ambicioso juego ideológico, ¿acaso  quiere que terminemos con ella en un “Lejano Oeste” de vaqueros y pieles rojas de fantasía?

Y un Jefe del ejecutivo manco, que se dice “de mano dura”. ¿Sabrá usar de nuestros impuestos para protegernos eficazmente?

Ciento ocho diputados que nos imponen un presupuesto descabellado y que de paso despliega sin pausa el espectáculo de reyertas de jaurías de perros que se disputan a dentelladas los huesos.

“Intelectuales” y periodistas que se ceban calumniosamente en las mayorías silenciosas, eso es, de quienes trabajamos con honradez en silencio y que sabemos cuidar de nuestros hijos. ¿revolucionarios retrógrados que, encima, se creen ilustrados muy al día?

¡Contrabandistas que entran y salen por nuestras porosas fronteras, en cuyas aduanas se fabrican millonarios mientras a los demás se nos exigen visados!

“Profesionales” asalariados de usurpadores de propiedades ajenas, u otros,  “desempleados”, que privan a los demás de su derecho a la libre locomoción, ¡empobrecedores de los más pobres al estilo de los piratas de los mares de hace tres siglos!

Campos pagados embusteros, discursos vacíos de verdad, mentiras encubridoras de malos manejos por doquier, públicos o privados. ¡Cuánta falsa “corrección política”!

En último término, ¡cuánta ausencia de carácter! ¡Cuánto olvido de la hombría!…

¿Dónde terminaremos?… ¡A la nueva barbarie!

Los buenos, ciertamente somos más, lo reiteró un candidato en una de tantas campañas electorales. Pero no lo vemos porque intercambiamos las culpas recíprocamente, nos descalificamos por turnos, toleramos que grupúsculos de caraduras pseudo griten en nuestro nombre. Somos suspicaces de todos: los pobres de los ricos y los ricos de los pobres, los indígenas de los ladinos y los ladinos de los indígenas, los alfabetas de los analfabetas, los jóvenes de los viejos,  los de un partido de los de otro, y siempre a la viceversa… 

Nos hemos vuelto avestruces, que esconden la cabeza en la arena para no ver lo que se les viene encima, para que otros, todavía más avestruces que nosotros mismos, “velen” por nuestro bien.

Guatemala, por supuesto, no es única en todo esto. La guerra contra la civilización, y a nivel global, pronto cumplirá un siglo de iniciada.  Empezó en 1914 con el primer intento serio de los europeos por suicidarse colectivamente. Se reanudó todavía a mayor escala destructiva en 1939… Y en el entretanto, se metaformoseó con múltiples ropajes de la “cultura de la muerte”: la bomba atómica, la “guerra fría”, las de “guerrillas”, las del narcotráfico, las de los abortos indiscriminados, las de los criminales organizados, y las no tan organizadas de los políticos “populistas”, y tantas otras más.

Y, sin embargo, retenemos la obligación moral, y el derecho intransferible a defendernos. 

En realidad constituímos la parte más vital de la sociedad y, empero, nos dejamos pisotear. Estamos bajo el asedio de indignos privilegiados, tanto de la izquierda como de la derecha, paradójicamente hoy confabulados con el objetivo de promover sus intereses de corto plazo al costo de los nuestros al largo plazo.

Y nos concentramos en nuestros asuntos privados, y callamos.

Nos viene bien releer aquella epístola satírica de Francisco de Quevedo, muy indignado bajo circunstancias parecidas:

                                    No he de callar por más que con el dedo,

                                    ya tocando la boca o ya la frente,

                                    silencio avises o amenaces miedo.

                                    ¿No ha de haber un espíritu valiente?

                                    ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

                                    ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Alcemos nuestra voz, civilizadamente, contra quienes dicen representarnos.  Sólo así nos contaremos entre los justos y prósperos.

 

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