La injusticia globalizada en el siglo XXI

Por: Armando de la Torre

Desde Poncio Pilatos sabemos de la calidad moral de la “justicia” meramente humana.

Y no hay excusas para sus protagonistas: tirios y troyanos, ateos y devotos, izquierdistas y derechistas, todos cargamos a nuestras espaldas un pasado indecible.

Recuerdo los films confidenciales, tomados por la Gestapo, que se me dio ocasión de ver, hace muchos años, como le fue al “Estado de Derecho” en Alemania bajo Adolfo Hitler. Recuerdo algo más de lejos las “purgas” de Stalin en los años treinta, pero también, mucho más de cerca, la justicia “popular” de los Castro o el “proceso” por genocidio a Ríos Montt…

He leído la “Apología pro Domo Sua”, de Sócrates. Y un largo etcétera de condenas, como las de Savonarola, Tomás Moro, Giordano Bruno y Galileo, este último ante  un tribunal presidido por un santo más tarde elevado a los altares, Roberto Belarmino.

No quiero hacer juicio aquí de los condenados sino de sus acusadores… que en cierto modo lo somos todos, cuando internalizamos sin mucho cuestionamiento lo que los historiadores nos relatan.

A una escala históricamente microscópica, quiero hacer juicio ahora de la acusadora omnipotente que avergüenza a Guatemala, Claudia Paz y Paz, y me quiero solidarizar con la valiente denuncia que de su injusta prepotencia ha hecho una de sus víctimas, la ex-Fiscal Gilda Aguilar, “la voz que clama en el desierto” de nuestra realidad.

Paz y Paz ha violado la Constitución y las leyes en muy repetidas ocasiones; ha transformado el Ministerio Público en un cementerio de carreras profesionales para abogados y fiscales públicos; ha amparado a los agresores más violentos contra la ley y los inocentes, y ha quedado impune… por cuatro largos años.

Y el “Establishment” de Guatemala ha callado, empezando por sus máximas autoridades electas: el Presidente de la República, su Ministro de Gobernación, el Congreso y los tribunales de justicia. También el CACIF, que apenas se ha dejado oír, así como la mayoría de los medios masivos de comunicación, tanto radial como televisivos, al igual que los por escrito, y los partidos políticos, la jerarquía eclesiástica, los sindicatos, por no hablar de nuestro infeliz Procurador actual de los Derechos Humanos, Jorge Eduardo de León Duque… La misma coalición, en fin, que puso el punto final al Estado de Derecho en Guatemala con la conclusión de unos “Acuerdos” de una paz que, encima, nos prometieron mendazmente de carácter “firme y duradero”, aquel ominoso 29 de diciembre de 1996.

También me trae a la memoria el escandaloso caso “Dreyfus”, en la Francia nada menos que de la “Belle Époque”. Para mis lectores, permítaseme un cortísimo resumen.

En 1894 fue acusado de traición a la patria el único oficial judío que para aquel entonces tenía el ejército francés. Fue públicamente degradado y condenado de por vida a la Isla del Diablo, en la Guayana francesa.

El traidor era otro, pero el cómodo “Establishment” de la época se quiso cebar en él, para deleite de los antisemitas de siempre: la derecha católica ultramontana, los militares nacionalistas de la época,  y los prohombres de la industria y del comercio.

Gracias a la familia del condenado, de nombre Alfred Dreyfus, y también a un oficial íntegro del servicio de contraespionaje francés, el Teniente Coronel Georges Picquart, pero, sobre todo, a la corajuda pluma de un novelista “libre pensador”, Émile Zola, y, también es de reconocérseles, al apoyo de los socialistas franceses de aquel tiempo, tras cinco años de agitación encendida y de un cisma profundísimo en la sociedad (que hubo de prolongarse hasta la segunda guerra mundial), se logró la repetición del juicio, en el que contra toda elemental justicia se le reiteró a Dreyfus la condena, pero más suave, a pesar de ya ser del dominio público la identidad del verdadero traidor, el Coronel Ferdinand Esterhazy.

No fue sino hasta 1906 que se le restauró a Dreyfus su honor, su posición en la jerarquía militar y su completa libertad. Doce años de infierno inmerecido le quedaron definitivamente atrás.

Durante todo ese tiempo Dreyfus había reafirmado su inocencia, pero su insistencia no llegó a la opinión pública por vía de la prensa escrita durante cuatro años, dada la indiferencia culpable de los poderosos de aquel entonces.

Volvamos a Guatemala, país convulso desde que lo gobernó Jacobo Arbenz.

En nuestro caso, el “Establishment” de la izquierda internacional, la de Europa y la de las Américas, Barack Obama en ella incluido, calla los desmanes de Claudia Paz y Paz. Los más vociferantes a su favor, en cambio, son ciertos ex-guerrilleros, “malinchistas” a la zurda, como el salvadoreño naturalizado Frank La Rue.

Pero gracias a una solitaria heroína guatemalteca, Gilda Aguilar, la verdad ha empezado a resonar en el ámbito nacional y muy pronto, espero, también en el internacional.

1 thought on “La injusticia globalizada en el siglo XXI

  1. “Pensar es crecer” muy buena frase y muy interesante nota. Aunque no comparta al 100% todo lo escrito aquí, creo que eso es mucho mejor y más enriquecedor que si hubiera sido lo contrario.

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