La ira de los justos III

La ira de los justos (III)

Por Armando de la Torre

            A los justos – los que creen que todo contrato ambas partes han de ganar –  no les importan los cambios de gobierno, pero sí le preocupan los cambios de sistema.

La generalizada indignación que corre hoy por entre los electores guatemaltecos  solo puede ser atribuible a una erosión continuada del sistema constitucional vigente por las repetidas acciones impulsivas (poco meditadas) de nuestros gobernantes, uno tras otro, desde 1986.

            Y ¿qué entiendo aquí por “sistema”? Ese conjunto de las reglas del juego político que nos dimos democráticamente con toda solemnidad 26 años atrás.

            Poco respetables habrán sido todas  cuando tras dos siglos de análogos ensayos todavía nos hallamos en el mismo punto de partida de aquel entonces, un gobierno inepto, corrupto, arbitrario, y,  lo que es peor y en lo que muchos no caen en la cuenta: corruptores.

            De alguna manera confusa lo perciben, sin embargo, las masas, pues durante los últimos sesenta años ningún partido o movimiento político en el poder ha sido reelecto.

            Tras cada elección general se  regresa a la misma insatisfacción con el nuevo  gobierno de turno y por los mismos motivos.  Por eso creo que la opción radical para  los guatemaltecos este año no habría de ser un  cambio de equipo gobernante sino de sistema.

Se supone al actual fundamentado en esa Constitución de 1985, durante cuya vigencia hemos sufrido análogas decepciones a las que sufrieron nuestros padres y  abuelos durante la vigencia respectiva de cada una de las anteriores: 1808 (Bayona), 1825 (Centroamérica), 1851 (Carrera), 1875 (Liberal), 1945 (Socialdemócrata), y 1965 (¿Contrainsurgente?).

¿Por qué el reiterado fracaso?

Porque nuestros constituyentes siempre han parecido suponer la bondad innata de nuestra naturaleza (Rousseau) y no haber conocido que el propósito elemental de la Constitución escrita es limitar los poderes de los gobernantes cuya naturaleza, como la de todos nosotros, es muy imperfecta y propensa al abuso.  Así depositamos constitucionalmente facultades exorbitantes en ellos sin los suficientes contrapesos.

Error garrafal.

Eso explica el clientelismo generalizado de los “partidos” políticos, la impunidad de sus violaciones  a cualquier ley,  desde el presidente de la República y los  diputados al Congreso para abajo, y hasta el desprestigio de la administración de la justicia por manos de los  Magistrados  de las Cortes Suprema y de Constitucionalidad.

El efecto de tan pésimos precedentes no puede dejar de ser terriblemente deletéreo para la moral  ciudadana,  sobre todo entre los más jóvenes, lo que quiere decir que la máxima “el fin justifica los medios” termina por ser adoptada por todos. 

Para la impunidad de  los demás criminales  medianos de  las calles, y de los grandotes del crimen organizado, así le ha sido allanado el camino. 

Más remotos,  también de ahí se derivan la evidente falta de amor  patrio entre los más, lo tenue del respeto de los derechos ajenos, lo raquítico del espíritu de servicio entre los funcionarios del Estado, aun la irresponsabilidad hacia los propios hijos de tanto padre desertor, y el cinismo resignado de la población.

Por eso permanecemos pobres, ignorantes, y enfermos de cuerpo y alma.

Esa es la evidencia más aplastante de lo nefasto de nuestro “sistema” político.

Mi esperanza radica en la juventud, siempre entusiasta, generosa de sí, curiosa intelectualmente, y disciplinada en  sus estudios si se les sabe guiar.  

Pensadores que se etiquetan a sí mismos de “izquierda” reservan sus vituperios para las minorías económicamente “privilegiadas” como las que integran el CACIF. Error de un análisis demasiado superficial.  Pues existen otros muchos  grupos privilegiados, otras oligarquías, no menos influyentes en los ámbitos de la  política, la academia y  los sindicatos,  a cuya cabeza figuran ellos.

La solución estaría en la eliminación de todos los privilegios, esto es, esas  ventajas por decreto a favor de un colectivo o el otro, a las que, naturalmente, tampoco ninguno de ellos quiere renunciar.

Eso entraña para cada cual  exámenes de conciencia serenos, sinceros, y valientes.

Pero en la campaña  nadie oirá una alusión a tal problema de fondo: pues todos, unos más, otros menos, nos  hemos afanado por asegurarnos políticamente nuestra porción de privilegios y,  una vez obtenidos, a ellos nos aferramos.

 

 

2 thoughts on “La ira de los justos III

  1. Los privilegios, la segregación, el marginísmo son producto de nuestra propia conducta, los seres humanos vivimos de manera superficial en donde los valores humanos y más básicos no tienen “valor” alguno valga la redundancia de la palabra.
    “El día que la mierda tenga algún valor, los pobres naceran sin culo” – Gabriel García Marquéz

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *