La ira de los justos IV

La ira de los justos (IV)

Por: Armando de la torre

            La ira de los justos es también la de una buena parte de la población contra la otra.

            Vitalmente, nuestros conciudadanos se desplazan por dos vertientes de la realidad nacional muy diferentes entre sí y algo antagónicas: la productiva y la rentista.

            La primera, más identificada con la autonomía individual, y la segunda, más bien colectivista, con tendencia a concentrarse y al mismo tiempo a difuminarse en  lo “público”,  o en lo que políticamente se resume como “estatal”.

            Son dos experiencias de vida universalizables, a veces la una en ascenso, a veces la otra.

            Y cada una de ellas fomenta en los humanos, a lo largo del tiempo, actitudes muy diversas entre sí, los unos más proclives a la acción, los otros, en cambio, más pasivos y maleables. Se refleja en la clásica dicotomía entre “líderes” y “seguidores”, o, en palabras de Ortega, “selectos” y “masas”.

En el ámbito de lo privado – para cada cual-, ha de primar cierta confianza en sí mismo y  el estar dispuesto a pagar el correspondiente precio por atreverse a rivalizar con otros;  en el de lo público u “oficial”, empero, el futuro de cada uno tiende a ser relegado a la benevolencia de otros (del estadista, del profesional, de las autoridades eclesiásticas,…), dentro de una jerarquía.

            Los “individualistas”, por eso mismo, ponen más énfasis en la preservación y ampliación de la mayor libertad personal posible; los “colectivistas”, a su turno, lo ponen en la seguridad del apoyo por otros, a la expectativa de las inevitables crisis biológicas y sociales que ha de enfrentar todo ser humano.

            En los hechos, dada la generalizada mentalidad hodierna de “bienestar” garantizado por el Estado, esos últimos terminan, sin quererlo, en parásitos rentistas a costa de los primeros. Pues las innovaciones casi todas, la creación de capital circulante a cuya cuenta se pagan los salarios, la beneficencia voluntaria, cualquier proyecto concebido y ejecutado sin coacción ni amenaza para nadie, los inician y llevan adelante individuos de temple emprendedor, dispuestos a afrontar peligros y adversidades a solas.

            Según Claude Robinson, de la universidad de Princeton, el “lucro” pacíficamente logrado por ese individuo en competencia con los demás, pero bajo leyes iguales para todos, es su meta o incentivo. Para los otros, en cambio, rentas, salarios, pensiones, jubilaciones, tansferencias, privilegios, y demás “derechos” sociales (“entitlements”) a los que se obliga el Estado, son su seguro refugio.

            El profesor Robinson añade que es el influjo de los  grandes “soñadores” utópicos del pasado, aquellos de las monumentales arquitecturas teóricas y de los gigantescos proyectos de ingeniería social hasta sobre la propia naturaleza humana, Platón,  Tomás Moro, George Owen, Karl Marx, Mao, Pigou, los motivadores de las masas hacia tal “Estado benefactor”.  

En cambio, los auténticos motores históricos del progreso, siempre una minoría, se localizan entre aquellos que contemporáneamente Ayn Rand englobó bajo el acápite del “Atlas”, el personaje mitológico sobre cuyos hombros descansa el entero globo terráqueo. Así son los emprendedores de toda índole, tan imprescindibles para el proceso de destrucción y creación de riqueza en que consiste, como muy bien lo señaló  Joseph Schumpeter, el verdadero ascenso del hombre. 

            Federico Bastiat también se valió de esa hendidura básica del carácter humano para enriquecer con ella su filosofía del Derecho y llegar a la conclusión de que el concepto de la “ley” ha degenerado en nuestro tiempo al de un simple medio “legal” para que unos y otros nos expoliemos recíprocamente. Idos son los tiempos en que la “Ley” era toda norma natural, o consuetudinaria, que reglaba voluntades autónomas, iguales entre sí ante Dios y ante la sociedad.

            En Guatemala tenemos hombres y mujeres clasificables en el uno y el otro sentido. La actitud más generalizada tiende a identificarse con la rentista, no con la productiva. Siglos de explotación de los débiles por élites poco escrupulosas y cultivadas nos han encadenado al inevitable resultado final: el “Tercer Mundo”.

Ahora se trataría de romper esas cadenas con las elecciones generales dentro de unos meses. Pero, para ello  el principal obstáculo nos permanecerá la inercia de esos últimos siglos.

            Otra vez espejitos, de nuevo personalidades mediocres, se repiten los discursos monótonamente vacíos, frente a un electorado cínico y apático.

            De ahí, una vez más, la indignación de los justos.

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